Atardecer a tu lado Capítulo 9 #3
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Capítulo 9 #3

La ruta los acogió, y entre risas y planes llegaron al rancho sobre la puesta del sol y no se detuvieron en la casa grande, sino que recorrieron el camino del bosque hasta el lago, pues Jeremy amaba contemplar el atardecer desde allí.

Tomaron el camino angosto y el cielo se abrió a sus ojos.

La puesta del sol era increíble. El bosque se proyectaba con sus sombras largas y azuladas sobre el agua quieta; el cielo se encendía en tonos de oro viejo, ámbar y un rosa pálido que se diluía en la penumbra del este; el aire frío de mediados de diciembre transportaba el olor a tierra seca, pino y la promesa de una noche estrellada.

Los últimos rayos de luz se filtraban entre las ramas desnudas de los robles, resplandeciendo como destellos de fuego sobre la superficie del lago.

Un silencio espeso, solo roto por el crujir de las ruedas sobre la grava y el canto lejano de las aves nocturnas, terminó por envolverlos en una atmósfera interminable de confianza y amor.

—Siempre he considerado a este lugar mi hogar. Hoy..., ahora, puedo dejarlo atrás y refugiarme en ti. Tú eres mi hogar, Sienna, el tiempo que tú quieras serlo.

Los ojos violetas de ella brillaron al cristalizar sus lágrimas.

El impacto de sus palabras la enmudeció y comprendió la profundidad del amor de Jeremy.

Se mordió el labio inferior para luego enarbolar una sonrisa de alegría que derivó en un llanto descontrolado.

Toda su vida había estado sola. Noche tras noche.

Día tras día. Con sus miserias, su dolor y sus lágrimas.

Y él insistía en ser parte de ella. Sabía su historia y sabía que su corazón estaría quebrado siempre, y aun así buscaba estar a su lado.

Se sintió amada por primera vez. Se abalanzó sobre él, envolviéndolo en un abrazo desesperado.

Escondió el rostro en su pecho y dejó que las lágrimas fluyeran; él simplemente la sostuvo, acariciándole el cabello en un silencio protector.

Después de unos momentos de calma, se incorporó despacio, reteniendo el aire en pequeños espasmos. Lo miró a los ojos y supo con exactitud lo que él estaba pensando.

—No sirve de nada lamentarse por lo que ya no podremos recuperar. El ayer nos enseña a moldear, de alguna manera, el mañana.

—Es verdad. Y no quiero seguir perdiendo el tiempo. ¡Vayamos por mi maleta!

—Estás loco —susurró ella.

—Por ti.

Dejaron atrás el esplendor del cielo y regresaron a la casa grande.

Allí Maggie, la madre de Jeremy, y sus amigas, Maddie y Lilia, los recibieron sin asombro y con alegría.

Es que ya intuían que la cosa iba en serio, pues el muchacho —como ellas le decían a Jeremy— no había regresado al rancho desde el sábado por la tarde y ya estaban a lunes por la noche.

Y si ahora estaba allí con Sienna era por una única razón y Lilia lo sabía: él se iría.

Se iría como siempre había querido. Ella entendía que no le agradaba la vida en el rancho y por eso había desarrollado una admiración profunda por Jeremy, porque sabía que se había encargado de todo, contra su voluntad, por amor a sus hijos.

Era momento, luego de treinta y tres años de agobio, de que fuera feliz.

—Ya te he preparado la maleta. —Sonrió Lilia—. Tienes lo esencial. —Se la tendió, pues ya sabía que iría por ella—. En el transcurso de los días te irás dando cuenta de lo que no me he percatado y lo comprarás. Empieza tu nueva vida con cosas nuevas. No arrastres lo viejo. No lo hagas.

Jeremy sabía que Lilia tenía sus creencias. Si bien era católica, su abuela era nativa de América y sus credos se habían sincretizado, y sostenía que había que despojarse de lo antiguo para lograr un buen comienzo.

—Gracias, Li. Mamá. Maddie. Ha sido un honor vivir con ustedes, ahora lo haré con Sienna.

Desde hace unas horas, es mi novia. —La cara de su madre era de cuento, no entendía y quería respuestas—.

No, mamá, no hablaré de mi vida en estos momentos.

Ya habrá una oportunidad. Nos vemos en Navidad.

—Le dio un beso a su madre y a las demás—.

Lilia, dile a James que mañana por la mañana me vea en la oficina luego de que ponga el rancho en marcha.

La mujer asintió.

Jeremy tomó a Sienna de la mano y la ayudó a subir a la camioneta.

Se montó en el vehículo y se marcharon.

Para el mundo exterior podría haber sido precipitado refugiarse bajo el mismo techo, edificar un hogar mutuo; sin embargo, para ellos era el alivio inevitable tras tantos años de silencios compartidos.

No necesitaban los meses de gracia que se conceden los extraños para descubrir qué café prefiere el otro por la mañana o cómo reacciona cada uno ante el mal humor del otro o ante la mismísima alegría.

Habían pasado más horas juntos conviviendo en el trabajo que en sus propios hogares.

Se habían visto cansados, enfermos, con el polvo del camino de la vida pegado a sus espaldas, con las ojeras del insomnio marcadas en sus rostros.

Funcionaban con la precisión de un reloj suizo y la complicidad de un matrimonio viejo.

Una mirada bastaba para que ella supiera qué le aquejaba a él, tanto en lo físico como en lo emocional.

Y lo mismo le sucedía a Jeremy, solo bastaba mirarla para saber cómo estaba ella.

Conocían sus miserias, sus accesos de orgullo y sus virtudes más silenciosas.

Lo único que les faltaba era cruzar el umbral de la intimidad de sus cuerpos.

Mudarse bajo el mismo techo no era un salto al vacío, sino la entrega definitiva al lugar que siempre les había pertenecido, porque al derribar los muros de sus secretos se había extinguido la última barrera que sostenía sus vidas separadas.

Y Jeremy se despojó de todo lo suyo y abrazó el refugio de la mujer que amaba.

Y Sienna se dejó amar.