Atardecer a tu lado Epílogo
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Epílogo

El tiempo en Wixon Valley continuó su marcha.

La Navidad cobró un nuevo sentido para Sienna al verse rodeada de una familia y disfrutando de la calidez de un hogar junto a su hijo, sin que él sospechara el lazo que los unía, y ese fue el día más emotivo de su vida.

Y comprendió que debía atreverse a los cambios.

Que cambiar no significaba dejar atrás, sino complementar, atreverse a salir del confort del espacio que ella misma había creado para descubrir que el amor no pide sacrificios eternos en la soledad.

Comprendió que la vida, después de haberle arrebatado tanto, le estaba devolviendo pedazos en forma de un nuevo comienzo.

Al mirar a Jeremy parado junto a la ventana, observando con absoluta devoción el milagro silencioso que acababa de ocurrir en su sala, Sienna supo que ya no tenía que protegerse del mundo.

Cambiar era permitir que la mano firme de ese hombre sostuviera su mano herida.

Y por primera vez en diecisiete años, el futuro dejó de ser una posibilidad dolorosa para convertirse en el hogar que estaba lista para habitar.

Aceptó que podía ser feliz siendo una madre en las sombras y una mujer plena con Jeremy.

Ahora, en la intimidad de su hogar, las ventanas de la casa reflejaban el frío enero de Wixon Valley, pero en su interior, el invierno de sus vidas había dejado de existir.

Ya no había deudas con el pasado ni silencios que proteger; las sombras de los últimos diecisiete años se disiparon ante la luz de un presente compartido que no exigía explicaciones, solo presencia.

Sienna miró el anillo en su dedo, no como un pacto con el destino, sino como el faro que la traía de vuelta a la vida.

La herida seguía allí, pero ahora, sostenida por la mano de Jeremy y bendecida por la cercanía silenciosa de su hijo, se había transformado en el cimiento de su propia paz.

Y Jeremy encontraba en ella el remanso espiritual que le había sido arrebatado en su juventud.

Él se acercó a ella y la rodeó con sus brazos.

La miró de esa manera como solo él lo hacía.

Y la besó.

Y fue un beso que evocaba no solo el amor, sino la pasión que los envolvía.

—Sabes que adoro besarte, ¿no? —susurró él a su oído.

—Ya me lo has demostrado. Vas bien, Jeremy Moore. —Él sonrió recordando lo que ella le había dicho: «Tendrás que demostrarme que me amas».

—Soy el hombre más feliz del universo. Y creo que ha llegado el momento de decidir dónde queremos vivir. ¿Deseas hacerlo aquí?

Sienna lo miró con intriga, entrelazando las manos detrás de su cuello.

—No me importa el lugar. Me importa el espacio que comparta contigo. ¿Tú qué quieres?

Jeremy inclinó la frente hasta rozar la de ella, aspirando el aroma de su cabello.

—Sabes que me haces sentir amado, ¿no?

—Es porque te amo, zonzo. —Acarició su mejilla—. Demasiado.

—También te amo, preciosa. Y quiero un porche donde podamos tomar el primer café sin mirar el reloj —confesó él, con una voz suave pero firme—.

Quiero un jardín que no necesite muros altos y una cocina lo suficientemente grande como para que no choquemos el uno con el otro mientras preparamos la cena.

Tal vez es hora de que dejemos Wixon Valley.

—Aquí está tu trabajo. No querrás perder la exactitud del manejo del rancho.

—Me arriesgaré si eso significa ganarte a ti a tiempo completo —replicó él, besando la punta de su nariz—. Además, ya hemos trabajado demasiado. Nos merecemos un poco de desorden.

Ella apoyó la mejilla en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón.

—¿Qué has hecho, Jeremy Moore?

—¿Cómo sabes que he hecho algo?

—Porque hay seguridad en tus palabras —susurró ella.

—He vendido el rancho.

—¡¿Qué?! —La calma de Sienna mutó en desconcierto.

—Parte de las tierras. No me parece justo que James deje su vida allí por nada. Él ama ese lugar, la vida de campo, hacer su trabajo. Es inteligente y sabe llevar todo solo. No hay nadie mejor que él para Ithambe.

—Eres un hombre increíble.

—¿Por vender un rancho?

—Por vendérselo a alguien que no puede pagar su precio.

—James pagará; a su manera y de a poco, pero lo hará.

—Se lo has dejado en cuotas fijas por mes, ¿no? —Él sonrió por lo bien que ella lo conocía.

—Me he quedado, hasta que las brujas mueran, con el casco que rodea la casa. Y la calle que lleva al lago, junto al lago y el bosque, son míos hasta que yo muera. Mientras tanto él puede usarlos en usufructo, luego pasarán a su nombre.

—¿Y tus hijos?

—Aún no lo saben. Aunque debo decir que James ya se lo ha consultado a Aaron. Ellos piensan que no lo sé. —Sonrió—. Tal vez puede que también se lo haya dicho a Helena. James jamás pasaría por encima de ellos. Sin embargo, es mi decisión.

—¿Y qué sucederá con la comercialización? ¿Los activos ganaderos? ¿Y el circuito local? ¿Y los lotes de producción? ¿Y el programa Go Texan? —La cara de Sienna era de cuento—. ¿Qué harás con el mercado intrarregional?

—¡Guau! ¿Sabes que cuando te fuiste me dejaste solo con todo eso, ¿no?

Pues que no te preocupe ahora. Iremos a medias con el negocio.

James ha aceptado ser mi socio. Mañana firmaremos los contratos que avalen la sociedad.

Eso lo ayudará a él más de lo necesario para poder abonar la cuota de la venta y me redituará a mí un sueldo mensual.

Claro que no voy a abandonarlo, él deberá aprender todo sobre el manejo referente a la administración y gestión comercial.

Tendrá que convertirse en un buen director general de Ithambe o relegar y buscar quien le ayude.

Por lo pronto es el nuevo administrador del rancho.

Luego de que de abone el sesenta por ciento del pago, podrá hacerse cargo en su totalidad de las tierras.

—¿Y cuándo se concretará la venta de las tierras?

—Los abogados ya están trabajando en ello, lo que significa que me he tomado vacaciones.

—¿No me digas? —Sienna lo miró con una mezcla de asombro y picardía—. ¿El gran Jeremy Moore se tomará más días libres? Cuidado, el pueblo podría colapsar.

—Que colapse —respondió él sin pestañear, besando sus labios—. Wixon Valley puede sobrevivir sin mí. Además, tengo un asunto mucho más urgente que atender.

Jeremy sonrió, disfrutando de la cara de incredulidad de Sienna, y deslizó con suavidad la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.

Cuando la retiró, traía consigo un sobre de papel grueso de color crema.

Lo extendió hacia ella con una mirada brillante, cargada de una expectación casi infantil que ella rara vez le había visto durante sus años compartidos en la oficina.

—¿Qué es esto? —preguntó ella, aunque su corazón ya había empezado a acelerar el ritmo.

—Ábrelo.

Con dedos ansiosos, Sienna rompió el sello.

Al deslizar el contenido, se encontró con dos pases de abordar impresos.

Sus ojos recorrieron rápidamente las letras negras: el punto de partida era el aeropuerto de Houston, con una conexión directa que los depositaría en los cielos de Florencia, Italia.

Lo que la dejó sin aliento no fue solo el destino, sino la fecha de partida.

—Jeremy... —susurró, levantando la vista hacia él con los ojos cristalinos—. Esto es en dos semanas. No queda nada.

—Exacto. Quería que fuera antes, pero debo enseñarle a James cómo hacerse cargo de la parte empresarial y pedirle a Helena que lo ayude.

—¡Olivia! —exclamó Sienna con entusiasmo.

—¿Quién?

—Olivia es la persona que necesitamos. Estudió Administración Empresarial y trabaja en la veterinaria de peluquera canina porque no consigue empleo. No la contratan porque no tiene experiencia.

—¿Y cómo va a hacer experiencia si no la contratan? —se enfadó Jeremy.

—Eso mismo pienso yo. Sin embargo, la contratarás tú. Le aviso a Helena y mañana mismo le pido que venga hasta aquí. Les enseñaremos a ambos cómo llevar las riendas del rancho.

—¡Esa es mi mujer! —La abrazó con fuerza, transmitiendo en ese gesto un «gracias» infinito—. No esperaba menos de ti, preciosa.

—¿Por qué has elegido Florencia cuando a ti te encanta Inverness?

—Porque te he visto horas mirando Pienza en el ordenador. Nunca me lo has dicho, pero sé que ese pequeño trozo de Italia llena tu corazón de alguna manera. Lo he visto en tus ojos cada vez que recorres sus calles a través de la pantalla.

Sienna se lanzó a sus brazos.

Que él se hubiera dado cuenta del amor que ella sentía por esas tierras le llenó el alma.

—Son las tierras de mi bisabuela. La madre de mi abuela era italiana.

Mi bisabuelo la conoció cuando viajó a la Toscana y la trajo para América.

Mi abuela nació aquí, pero siempre me hablaba de los paisajes de su madre y de la serenidad infinita que se respira allí.

—Se apartó apenas unos centímetros para buscar su mirada—.

Siempre he deseado ir, perderme en sus calles anhelando recuperar la paz perdida, pero ahora esa calma ya me habita.

—Pues ha llegado el momento.

—Solo si luego me llevas a Inverness. Amaría verte vestido con kilt .

La sola mención de la prenda desató un incendio en su mente.

De pronto, la fantasía de sus manos tirando del pesado tejido, descubriendo la piel de su esposo bajo la luz de las Tierras Altas, la golpeó con una urgencia abrumadora; el aire se le volvió denso en la garganta mientras tejía las secuencias.

Sin embargo, la risa abierta y divertida de Jeremy rompió la atmósfera sensual de su imaginación, desatando un adorable enfado en ella.

—No sé de qué te ríes. Tu cuerpo es perfecto para lucirlo. A mí me enloquece. —Sus manos se concentraron en los botones de su camisa—. Muero por despojarte del broche que sostendría el tartán. Y sobre las piedras...

—Tú me vuelves loco, Sienna.

Su voz descendió a un murmullo espeso, quebrado por la urgencia.

Sus ojos, oscurecidos por el deseo, la recorrieron con una lentitud abrasadora mientras su mente daba paso a sus preciosas manos tirando con desesperación de aquel broche.

Un calor denso se instaló en su pecho. Sus manos bajaron posesivas hacia sus caderas, apretándola contra él, mientras una llamarada de pura lujuria le nublaba el juicio.

Ya no quedaba espacio para la paciencia.

La devoró con la mirada antes de que sus instintos tomaran el control absoluto.

Sus respiraciones se volvieron pesadas.

Sienna, incapaz de contener el impulso, se dejó guiar por el hambre que sentía de él.

Jeremy, acunando su rostro entre las manos y embriagado por su aroma, descendió sobre su boca en un beso feroz. Y sin preámbulos, la mesa los recibió.

Fin...