Atardecer a tu lado Capítulo 9
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Capítulo 9

U n lunes al mediodía, Bryan estaba en plena ebullición.

Niños y adolescentes pululaban por todos lados, los que salían y los que ingresaban a sus respectivas escuelas y colegios.

Las veredas repletas de trajeados que buscaban su lugar para almorzar.

Gente que iba y venía.

Gente en todos lados.

Gente viviendo sus vidas.

—¿Dónde quieres comer? —Jeremy le dejó la decisión a ella.

—Pues... mmm... Tal vez en... no. ¡Ah! ¡Sí! En Caffé Capri.

—¿Y eso? —El gesto de él le dio risa a ella.

—Te va a encantar.

—¿Segura? Tengo hambre.

—Ya verás.

—Mucha hambre. Dime que hay carne.

—Hay carne.

—Perfecto. —Sonrió y ella le devolvió la sonrisa—. Luego iremos de compras. Dime la dirección del lugar.

—222 N Main, justo enfrente del teatro Queen. ¿Qué quieres comprar? —Sienna enarcó una de sus cejas.

—Me encanta que no te hayas puestos las lentillas —confesó él.

—No las usaré jamás. Las detesto. Pero —le dio una palmada en el hombro— estás esquivando mi pregunta, ¿qué comprarás?

—Los regalos de Navidad.

—No festejo Navidad. No lo he hecho en treinta años —susurró asustada—, aunque podría intentarlo. —Lo miró y en sus ojos solo había lugar para la esperanza—. Lo intentaré.

—Detestaría estar sin ti en un día tan especial. —Le cogió la mano y le dio un beso en los nudillos—. ¿Dónde ibas cuando te marchabas de la ciudad dos días antes de Navidad? A Helena le has dicho que ibas a pasar las Navidades con tu tía, lo cual es una mentira, ¿verdad?

—Así es. Todos estos años me he ido a Islamorada. Allí lloro tranquila. Y el paisaje me relaja. No podía quedarme cerca de mi hijo sin poder abrazarlo. Sin compartir la Navidad con él. Así que me marchaba y luego de Año Nuevo regresaba. Era más fácil. A veces, cuando no vemos, sufrimos menos.

—Es verdad. No es lo mismo saber que hay niños mendigando de la basura, descalzos y sin ir a la escuela, que verlos con nuestros propios ojos. Es un golpe de realidad.

—Por alguna razón los dichos son sabiduría popular —soltó ella.

—¿Qué dicho? —La intriga en la voz de él era palpable. No sabía con qué le saldría.

—«Ojos que no ven, corazón que no siente». Mi nana era de Puebla y su madre era española. Y mi amiga, de Colombia.

—Es parecido a «fuera de la vista, fuera de la mente», solo que el tuyo tiene una carga más emocional, cuando el que se acostumbra a decir aquí es más práctico. —Jeremy hizo una mueca de desagrado—. Definitivamente somos más hoscos.

—Lo importante es que tú no lo eres. Eres un hombre de sentimientos nobles.

—¡Mierda! No hay estacionamiento.

—No pasa nada, tienes dos fuertes piernas que te transportarán sin problema alguno. Aparca donde puedas. Caminaremos —Sienna resopló. Eso lo hacía solo cuando él decía un sinsentido. Y eso la enfadaba. Y él sonrió.

—No me molesta caminar, preciosa. —Ese tonito de voz siempre lo empleaba para hacerle notar que se equivocaba, y eso la volvía loca—. Por si no lo recuerdas, tu tobillo no puede caminar tres cuadras, pero si lo que quieres es que te cargue hasta el restaurante, lo haré encantado.

—¡No! ¡Me había olvidado! Vira. Algo encontraremos. No puedes estacionarte a tres cuadras. ¡Y no me llevarás en andas!

Jeremy aparcó a cuadra y media a pesar de las quejas de ella.

Descendió de su camioneta y dio la vuelta para cargarla. Y, a pesar de sus reproches, la asió en sus brazos y la llevó en andas la distancia que los separaba del restaurante, con ella despotricando en susurros lo inapropiado que era aquello, mientras él disfrutaba de llevarla consigo.

Entraron a Caffé Capri y pidieron mesa para dos.

Al verla a ella en andas, el maître les consiguió mesa de inmediato. A diferencia de Sienna, que se avergonzaba de ese privilegio, Jeremy gozaba de ese pequeño triunfo que les evitaba esperar su turno.

—Esto no se hace —susurró ella a su oído mientras se dirigían a su mesa.

—En verdad estás lesionada. ¿Qué prefieres, que te cargue veinte minutos? Deseo tenerte encima de mí en circunstancias mucho más interesantes.

—¡Jeremy! Estamos en el restaurante.

—¿Para qué crees que están los baños?

—¡En tus sueños!

—No querrás entrar en mis sueños, preciosa. No te dejaría salir jamás.

—Aquí. —El maître los ubicó y Jeremy descendió a Sienna dejándola en la silla—. En seguida los atenderán.

—Gracias. —Ella le sonrió y el hombre reparó en su mirada.

—Sus ojos son magníficos, mi señora. —Jeremy lo miró atónito.

—Coincido con usted en que sus ojos son magníficos, pero es mi señora, no la suya.

—Disculpe, caballero. —Haciendo una inclinación de cabeza se marchó—. Con permiso.

—Un poco atrevido el maître —se quejó mientras cogía la carta.

—Jeremy Moore, dime de qué va esto.

La expresión en el rostro de ella era preocupante. Estaba seria. Seria como siempre que le exigía alguna explicación sobre algo que había salido mal en el trabajo, siendo que ella había dejado órdenes explícitas de lo que se debía hacer y él lo había hecho al revés.

—¿Acaso tú no escogiste el lugar? Dime tú de qué va esto. Yo ni idea de qué sirven aquí.

—Tienes hambre, ¿verdad? —Sienna entrecerró sus ojos y él asintió.

—Mucha.

—Pues me refería a esto. —Y su dedo índice se movió apuntándolo a él y luego a ella en un vaivén imponente.

—Te amo —confesó Jeremy—. Quiero todo contigo, Sienna. Sin embargo, te dejo a ti la decisión porque no quiero acaparar parte de tu vida siendo yo mayor que tú. Además...

—No sé ser una novia. Nunca tuve un novio. Y no seré una novia convencional —lo interrumpió ella.

—Perfecto. Yo nunca tuve una novia...

El suave murmullo de fondo y la iluminación cálida de Caffé Capri los envolvía, reflejándose en las antiguas columnas de piedra del salón. El mozo, un hombre impecable y de gestos amables, se acercó a la mesa de madera con las cartas listas para retirar.

—Buenas tardes —saludó midiendo la evidente complicidad entre ambos—. ¿Listos para ordenar?

Jeremy, quien nunca había abierto la carta, respondió:

—Listos. —Con una seguridad aplastante, como cuando cerraba un contrato de trabajo, miró al mozo y lanzó—: Carne de ternera con tallarines a la boloñesa. Que predomine la carne.

Y Sienna rio. Ese hombre moriría si le faltara la carne.

Jeremy entendió su pensamiento a la perfección, así como sabía con exactitud qué ordenaría ella, pero jamás se atrevería a opacar su voz. Esperó en silencio.

—Para mí seafood ravioli , por favor.

—Y nos gustaría una botella de chianti de la casa, gracias —remató Jeremy.

El mozo anotó con rapidez, retiró los menús con un leve asentimiento y se alejó en silencio hacia la cocina. En cuanto se quedaron solos, la atmósfera íntima y privada volvió a cerrarse sobre ellos. Sienna se reclinó en su silla, cruzando los brazos con una ceja arqueada.

—Conque nunca has tenido novia, ¡eh! —El tono irónico de ella lo hizo reír.

—No. He tenido mujeres sin compromiso. Nunca llevé nada serio con nadie.

Y con Ernestina, simplemente me casaron.

Así que no sé lo que es estar en una relación por amor.

Eres la primera mujer de la que estoy enamorado y con la que deseo compartir mi vida.

Contigo es diferente. Tú me importas. Quiero lo mejor para ti.

Las demás solo pasaron por mi vida, me daba lo mismo sus edades; sin embargo, a ti te amo y no quiero joderte la vida. Quiero que seas feliz.

—Soy feliz. ¡Mírame! Voy a pasar Navidad contigo. Eso es mucho, créeme.

—Me da rabia haber dejado pasar el tiempo. Si hubiera tenido el valor... —Se calló, incapaz de poner en palabras el peso de los años perdidos.

Ella le cogió las manos.

—Vive conmigo el ahora. —Se miraban como quien encuentra un refugio seguro después de una larga tormenta; en sus ojos no había prisa, solo una calma profunda—.

Jamás dejé de buscar a mi hijo hasta que lo encontré; sin embargo, no tengo el valor para decirle la verdad y creo que nunca lo tendré, pero la vida me está dando una posibilidad para intentar ser feliz.

Y no voy a dejarla pasar. No puedo ni quiero juzgarte por tu pasado y sí quiero construir un futuro contigo.

—¿Aceptas ser mi novia, Sienna Mitchell?

—Acepto.

—Y yo aceptaré pasar la Navidad en otro sitio si tú no quieres estar aquí.

—Jamás te apartaría de tus hijos.

—Mis hijos son adultos y tienen sus vidas. Y no olvides que tú eres mi vida ahora.

—Pasaré la Navidad contigo, Jeremy, aquí. Hasta me atreveré a cocinar.

—Y yo me atreveré a invitarlo. —Ella comprendió de inmediato y el corazón de se le encogió de temor.

—Tal vez deberíamos ir más despacio...

—No. Ya hemos perdido mucho. No te dejaré renunciar a él. Ya no estás sola, estoy contigo. Esto no es un capricho, Sienna, te amo. Y te ayudaré con tu hijo.

Sus preciosos ojos violetas se cubrieron de lágrimas.

No entendía cómo algo bonito podía estar sucediéndole.

Sonrió.

No buscaría explicaciones. Se entregaría a ese instante. Se merecía ser feliz. Se merecía cada gota de bienestar que la vida le tuviera reservada... se merecía forjar un nuevo camino al lado de Jeremy Moore.

Y con el convencimiento de que hacía lo que en verdad quería, abrazó esa nueva promesa.

Confiaría en ellos, juntos.

—No voy a abrumarte, pero quiero que sepas que no estoy dispuesto a estar lejos de ti. Me mudaré al pueblo.

—¿Y el rancho?

—James lo lleva a la perfección. Además, como ya sabes, no me interesa más allá de lo que económicamente puede redituar.

No me atan las tierras, ni los animales ni el lugar.

Desde hace años estoy amarrado a ti. Y estos cuatro meses lejos han sido suficientes para entender que te quiero en mi vida, de todas las maneras posibles.

Y como todo lo de la oficina lo he mudado para el rancho, acondicionaré la vieja casa.

—Sonrió—. Estaré a cuadra y media de ti.

—¿Y si te quedas conmigo?

—¿En tu casa? —Sienna se mordió el labio a la vez que asentía.