Capítulo 8 #2
»Aprendí que una madre nunca llora lo suficiente, siempre hay lágrimas.
Se reproducen, no se acaban jamás. Así que entendí que además de llorar debía hacer algo por mí.
Terminé la preparatoria y puse mi físico en óptimas condiciones; si quería buscar a mi hijo debía estar bien, debía tener un cuerpo que soportara lo que fuera.
Cuando alcancé la mayoría de edad, presenté ante el juez de la Corte de Nueva York la petición de cambio de apellido.
Ocho meses más tarde dejaba de ser Sienna Morgan Pratt y pasaba a ser Sienna Mitchell.
Adopté el apellido de mi abuela materna, y regresé a Utah, pero de mi hijo no había ni rastro.
Estaba perdida, no sabía por dónde empezar porque desconocía de qué manera habían ingresado al niño al sistema.
O tal vez no. Me armé un plan de búsqueda y fui estado por estado buscando, hasta que alguien se comunicó conmigo ¡casi seis años después!
Era una mujer que había trabajado en la clínica donde había nacido mi hijo.
De todas maneras, la esperanza me duró un soplo, me dijo que mi niño había sido entregado a una «Caja de bebés» en Ohio, en Cincinnati, en el condado de Hamilton.
Ella misma lo había dejado allí. —Caminó por la habitación estrujándose las manos—.
Lo recordaba por mis ojos violetas y porque el niño había nacido con heterocromía: un ojo gris y otro violeta.
—Sonrió—. Imposible de olvidar. Así que allí comenzó mi odisea —suspiró y volvió a sentarse—, porque al ser entregado en una «Caja de bebés», nadie quiere dar información de nada.
Se entiende que la madre se desprendió voluntariamente de él.
Nadie iba a ayudarme. Me sentí derrotada.
—Las lágrimas volvieron a vencerla—. Lloré por días.
Hasta que me obligué a entender que nadie haría algo por mí.
Debía ser yo la que hiciera lo que fuese necesario.
Así que, averiguaciones tras averiguaciones, fui atando cabos hasta que encontré un hilo por el cual tirar y deshilé hasta dar con una persona que conocía a una pareja que tenía un hijo con heterocromía, pero que se habían mudado a Texas por trabajo.
Logré obtener el apellido y así supe en qué ciudad de Texas estaban.
—¿Cómo conseguiste el apellido?
—Mintiendo. He aprendido a escuchar a la gente y saber exactamente qué es lo que quieren oír o qué les interesa para caerles bien y que estén dispuestas a ayudarme.
En fin, les dije que él (el hombre que tenía a mi hijo) era mi hermano biológico y que no conocía su apellido de adopción y que necesitaba ubicarlo.
Me inventé toda una historia familiar muy triste —volvió a sonreír con tristeza—, a la gente le encanta ayudar en cosas tristes.
Así que fui aprendiendo qué decir para obtener ayuda.
—¿Y dónde estaban?
—En Houston. Alexander Miller era ingeniero petroquímico y Aurora era maestra.
Así que ni bien llegué, me anoté en la Universidad de Houston para estudiar la Licenciatura en Ciencias del Aprendizaje y la Enseñanza.
Pedí créditos y la terminé en dos años. Luego traté de buscar trabajo en la misma escuela a la que iba mi hijo y lo logré. Así podía verlo todas las mañanas.
—¿Y cómo supiste que era tu hijo? —Ella sonrió atesorando aquel recuerdo.
—Me acerqué y, «sin querer», colisionamos y mis anillos se enredaron en su cabello.
Así obtuve un pelo con raíz. Como ya sabrás, en la raíz de un pelo se guarda ADN nuclear que es perfecto para revelar con exactitud el ADN de una persona.
Y de forma anónima supe que ese niño era mi hijo.
Solo que no tenía heterocromía, sus ojos eran grises.
Supuse que habían mutado. Cuando un niño nace puede tener ojos de un color, pero recién al año se define la melanina.
—Dios, Sienna, ha sido toda una odisea.
—Tenía ocho años cuando lo encontré. Y al terminar la educación primaria se mudaron de condado.
Eligieron Wixon Valley para vivir. Comenzó la secundaria y ya no lo veía con la regularidad de antes.
Debía conformarme con algún que otro día.
—Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas—. Pero no me alcanzaba. Y apareció Aaron.
—Esa es una virtud de mi hijo, siempre en el sitio justo en el momento indicado.
—Yo había ido a las oficinas de Workforce Solutions Brazos Valley buscando o solicitando cualquier tipo de trabajo en Wixon Valley, y Aaron fue por lo mismo, pero tratando de emplear a alguien. Así que ni bien él hizo la petición, me llamaron y concertamos la entrevista enseguida.
—Y así entraste en mi vida. —Ella sonrió con amor y Jeremy se puso en pie y la abrazó.
—Nunca pude darle un abrazo. Lo más que he hecho ha sido estrecharle la mano.
—Pues tendrás que solucionar eso, Sienna. La mujer que yo conozco y la que me acabas de presentar no se inmuta ante nada. Así que coge el toro por las astas y enfrenta a tu hijo.
—No puedo. —El llanto la venció—. Ni siquiera sé si sabe que es adoptado. Además, puede sacar sus propias conjeturas y odiarme por abandonarlo.
—¡Por Dios! Es un muchacho increíble. Jamás te juzgaría. Debes darle una oportunidad.
—¿Y si resulta que ni quiere verme? —Se separó de Jeremy y volvió a caminar estrujándose las manos—. Yo no podría vivir sin él. Así, por lo menos, lo veo, le hablo...
—Pero no puedes abrazarlo...
La puerta vibró interrumpiendo el momento. Al eco sordo de los primeros impactos le siguió el timbre y, justo después, una nueva ráfaga de golpes enérgicos que resonaron por toda la casa. Jeremy bajó las escaleras y, mirando por la mirilla, vio que era el médico.
Suspiró.
No sabía si era un buen momento.
Abrió.
—Buenos días, Jeremy. ¿Hoy no trabajas? —El médico lo miró de arriba abajo. Se notaba en su ropa que estaba medio vestido—. ¿Van rápido las cosas?
—Muchacho, mejor ni preguntes. ¿Tú cómo estás?
—Como se puede. —Jeremy percibió su voz apagada. Se notaba cansado y recién empezaba la semana—. Acabo de salir de la guardia del hospital, y antes de perderme en el sueño, decidí pasar para ver cómo está Sienna.
Ni bien nombrarla, ella comenzó a descender las escaleras.
Envuelta en el salto de cama estaba preciosa.
Sebastian quedó inmutado al verla.
Su boca abierta y su sonrisa intermitente demostraban su sorpresa.
—Ni se te ocurra bajar sola. Empeorarás tu tobillo.
Jeremy corrió a su lado, la cargó en andas y la descendió con facilidad. La dejó en el sillón. El médico se acercó para revisar su pie.
—Tus ojos... —Fue lo único que dijo Sebastian, y ella palideció, se había olvidado de cubrírselos con las lentillas marrones.
—Padece albinismo ocular —soltó Jeremy y ella asintió.
—Perfecto. —Sebastian recuperó la compostura—. Son preciosos. —Sonrió como si hubiera descubierto un tesoro—. Te reviso el tobillo y me voy a dormir. Estoy exhausto.
—Claro.
Sienna se sentó en el sillón y se descubrió el tobillo.
La venda elástica la tenía harta, pero entendía que era para comprimir la zona ayudando a reducir la inflamación y darles soporte a los ligamentos afectados.
De esa manera, junto al dolor, recordaba que no debía apoyar el pie más de lo necesario.
—Mucho mejor. Está desinflamando bien. —Él sonrió—. El hematoma se está poniendo verde. ¿Sabes por qué? —Ella negó con la cabeza—. Porque los glóbulos rojos se descomponen y producen biliverdina, un pigmento verdoso que indica que tu cuerpo está limpiando la zona. ¿Lo has apoyado?
—Sí.
—¿Te ha dolido?
—Un poco, entonces cambio de posición y duele menos.
—Perfecto. No lo exijas. Si te cuidas, en tres días lo apoyarás casi sin dolor.
—¿Quieres café? —preguntó Jeremy.
—No. En verdad estoy muy cansado, pero mañana paso sobre la tardecita. Y tal vez alguna noche podría cenar; si me invitan, claro.
—Estos jóvenes de ahora... —susurró Sienna.
—Claro que, si no quieres...
—¡No! ¡Sí quiero! Nos avisas y listo. —Sebastian sonrió.
—Vete a dormir. —Jeremy palmeó el hombro del médico.
—Ya no puedo tenerme en pie. Hasta mañana.
Le dio un beso a Sienna, estrechó la mano de Jeremy y se marchó.
Ambos se quedaron mirando la puerta.
—¿Quieres salir un rato? Podemos almorzar en Bryan.
—Me parece una idea genial —sollozó ella.
—Pues te llevaré arriba así te vistes.
—¡Dios! He visto a Sebastian así.
—Y te dijo que estabas preciosa.
Ella sonrió y apoyó su cabeza en el hombro de él.
Era la primera vez en su vida que se sentía protegida.