Capítulo 8
L unes
Y la tormenta que azotaba Wixon Valley se esfumó con el correr de la noche.
El amanecer limpio presagiaba un bonito día de fin de otoño.
Sienna se desperezó ante la atenta mirada de Jeremy.
—Sospecho que nos hemos quedado dormidos, ¿no? —susurró ella.
—Sospechas bien. Y quedas secuestrada el resto de la semana —sentenció él.
—¡¿Cómo que el resto de la semana?! Tengo que trabajar.
—¿Te he dicho que tus ojos violetas me enloquecen?
—Acarició su rostro sin quitar su mirada de aquellos preciosos ojos—.
Detesto tu albinismo ocular. Desearía poder estar en presencia de tu mirada violácea toda la eternidad.
—Sienna se mordió el labio inferior. Intuía que había llegado el momento de su verdad.
—No tengo albinismo ocular. Uso las lentillas marrones para ocultar mi identidad.
Jeremy se incorporó sosteniendo su cuerpo en su antebrazo izquierdo; de lado la miraba enarcando una de sus cejas, haciendo esa mueca con sus labios que ella encontraba muy graciosa.
—No me interesa lo que hayas hecho. Te amo de todas maneras.
—¡Oh! Gracias. Me quedo tranquila. —Él rio y besó sus labios con ternura.
Sienna descorrió las sábanas y se puso en pie con mucho cuidado.
Llegó con lentitud hasta su biblioteca, la cual se encontraba en una de las esquinas de la habitación, y de uno de los cajones extrajo lo que Jeremy creía que era un libro.
Lo llevó consigo de vuelta a la cama y se lo tendió.
Él lo cogió y lo abrió con sutileza, pues ella se lo había entregado con reverencia, indicando, en ese gesto casi religioso, el lugar que ocupaba en su vida.
Y descubrió que no era un libro, era un álbum. Un álbum de fotos y anotaciones.
—Es mi hijo. —Las lágrimas brotaron y se derramaron como si ya supieran el camino a recorrer.
Y él pasó las páginas leyendo cada una de las letras que acompañaban las imágenes, y supo, por el dolor que cargaba cada palabra, que Sienna había vivido lejos de su hijo toda su vida.
Cuando las fotos se sucedieron una detrás de otra, comenzó a atar cabos y reconocer caras.
La misma cara a través de los años. Decidió detenerse antes de confirmar lo que intuía.
Regresó las páginas. Volvió al principio y solo hizo una pregunta.
—¿Por qué no tienes fotos de cuando era bebé?
Y Sienna rompió en llanto.
Las lágrimas que de alguna manera estaba conteniendo se desbordaron y despedazaron la fragilidad que había logrado construir mientras Jeremy pasaba página tras página.
Y lloró en sus brazos.
Y él recordó el momento exacto en que la había encontrado en el sillón.
Era el mismo dolor.
Un dolor que nacía de las entrañas; y supo que no había visto crecer a su hijo.
Qué rara era la vida... una madre sin hijo y sus hijos sin madre. Y ambos anhelando dar y recibir amor maternal.
Y las horas transcurrieron.
No era fácil que Sienna regresara del trance que le provocaba ese dolor.
Muy de a poco se fue relajando. No solo era agotamiento físico, era extenuación emocional.
—Lo siento —susurró mientras Jeremy acariciaba su cabello.
—No vuelvas a disculparte. Es parte de tu vida y aquí estoy para cuando quieras hablar de ello. Jamás te juzgaría. Lo que sí me queda claro es que tú nos elegiste a nosotros, no Aaron a ti ¿verdad? —Ella sonrió.
—Fue recíproco. Ustedes necesitaban alguien y yo necesitaba estar aquí. De la manera que fuera. ¿Sabes? Soy maestra.
—¿Maestra? —Jeremy la miró alucinado.
—¿Qué? ¿No parezco una maestra?
—No. Eres demasiado hermosa para ser maestra. De hecho, yo inventaría una excusa todos los días para verte en la escuela —él suspiró y ella lo miró entrecerrando sus ojos—. Ya quiero verte con el uniforme. —La mano de Sienna dio una palmada en su pecho a la que él respondió con un quejido.
Sienna rompió el abrazo.
Se enjugó las lágrimas que aún mojaban su rostro.
Se sentó en la cama con los pies hacia el suelo y suspiró.
—Sienna...
—No. Necesito decirlo, aunque ya te hayas dado cuenta. —Jeremy asintió.
—¿Por eso usas las lentillas? Para que él no se dé cuenta.
—Digamos que los ojos violetas no son muy comunes, ¿no? —Se puso en pie y, envolviéndose en el salto de cama, caminó hacia el baño.
—El tobillo... —Él iba a levantarse para ayudarla cuando ella se detuvo y lo miró.
—¡Ya está bien! ¡Es un tobillo! —gritó enfadada.
—Perfecto.
Jeremy suspiró. Sabía que aquello iba a ser duro.
No sabía si vestirse, quedarse allí, en la cama o preparar el desayuno.
Quería hacer lo mejor para ella.
Se cubrió el rostro con las manos... ¡No tenía ni idea de lo que era mejor!
Era preferible que todo siguiera su cauce.
Esperó en la cama y siguió mirando el álbum.
¿Cómo no se había dado cuenta? Los ojos violetas son rarísimos. Por lo menos tendría que haber sospechado. Que el muchacho tuviera un ojo violeta y otro gris no era normal. Se había acostumbrado tanto a los ojos marrones de Sienna que rara vez recordaba su verdadera tonalidad.
Ella regresó del baño y se sentó a los pies de la cama, parecía una niña que iba a dar una explicación sobre alguna travesura.
Había cruzado los pies, cada uno descansaba sobre el muslo opuesto; su espalda estaba erguida y sus brazos relajados sobre las rodillas.
Era increíble su flexibilidad. Parecía tan frágil; sin embargo, era fuerte.
—Mi nombre es Sienna Morgan Pratt, claro que, si me buscas por ese nombre, no hallarás nada. Mis padres, con todo su dinero, se encargaron de borrar mi existencia. —Sonrió irónica—. Te persiguen las muertas.
—Es ilegal. No pueden darte por muerta, debe de haber un certificado médico, una...
—Lo sé. Además, está asentado mi cambio de identidad en la Corte de Nueva York.
—Eres de Nueva York...
—Sí. De una de las familias que descienden de los Cuatrocientos.
La mayoría de ellos perdieron sus fortunas, pero conservaron el estatus social intacto.
En el caso de mi familia, conservaron ambos.
Y yo sería algo así como la oveja negra —suspiró a la vez que cerraba sus ojos—.
Quedé embarazada a los quince años. Ni bien se dieron cuenta me enviaron a un campo en Utah.
Allí tuve a mi hijo. Me atendió un médico en una clínica privada.
Luego supe que era clandestina. Al no ingresar al sistema de salud no hay datos sobre mi maternidad ni sobre el nacimiento de mi hijo.
Nunca parí para esta sociedad. Nunca estuve embarazada, salvo por mi cuerpo que claramente evidencia la cesárea.
—Sonrió con desdén—. Lo hicieron con anestesia general.
No les importó que mi vida y la del bebé corrieran riesgo.
Solo querían quitármelo. —Las lágrimas contenidas se precipitaron por sus mejillas—.
Ni siquiera lo vi. Cuando desperté... ¡Dios!
Se puso en pie y comenzó a caminar dentro de la habitación.
Cualquiera que la viera se daría cuenta de que esa mujer estaba encerrada dentro de su sufrimiento.
Un sufrimiento que la arrastraba y doblegaba sobre sí misma una y otra vez.
Un sufrimiento que se nutría de ella permanentemente, como si fuera un monstruo alimentándose de sus entrañas día y noche.
—Cuando desperté mi panza no estaba... y mi hijo tampoco.
—Sonrió con dolor y las lágrimas cristalizaron sus pupilas—.
No puedo explicar el sufrimiento que me invadió.
La desesperación. No sé cómo era mi hijo cuando vino al mundo.
No pude cargarlo, escucharlo... Nada. —La garganta se le cerró en un nudo emocional que la asfixiaba.
Comenzó a hipar para poder ingresar el aire que se le antojaba pesado.
Las lágrimas caían como si se tratara de un embalse en plena apertura.
Quería hablar y no podía. Se obligó a serenarse—.
Me dolía todo el cuerpo. —Sonrió—. No me daban los calmantes, si sentía dolor, no saldría corriendo tras mi niño.
Fueron muy inhumanos conmigo. —Lo miró con todo el sufrimiento en sus ojos—.
Ese día se detuvo mi mundo. Una semana después me subieron a un auto y me regresaron a Nueva York.
No pude hacer nada, mi cuerpo estaba destrozado.
Me recuperé de a poco; sin embargo, emocionalmente cada día era peor.
Sentía que me habían arrancado el alma. ¿Sabes que las madres guardamos células de nuestros hijos en nuestro cerebro?
—Jeremy asintió—. Y nuestros hijos guardan las células maternas en todo su cuerpo: corazón, intestino, hígado, cerebro.
Hay un paso real de células durante el embarazo que atraviesa la barrera placentaria...
—Sienna lo miró con esperanza—. De alguna manera siempre estoy con él y él está conmigo.