Atardecer a tu lado Capítulo 7 #3
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Capítulo 7 #3

Se aferró a él como si ella misma necesitara ese abrazo.

Los brazos fuertes la apretaban en la cintura a la vez que los suyos lo envolvían con calidez.

Había descubierto que Jeremy era un alma herida al igual que ella.

Y eso la acercó más a él.

—Jamás pensé las cosas como realmente sucedieron.

—El susurro ahogado de Jeremy velaba su voz—.

Y debo de confesar que fue un golpe para mi autoestima.

Me sentí tan poco valorado. Tan vacío...

Una profunda desolación me embargó y la apatía se adueñó de mí.

Descubrí que nada me satisfacía, salvo tú.

Tu risa y tu voz. Cómo pronuncias mi nombre cuando te enojas...

, pero eras inalcanzable. —Sin romper el abrazo, buscó su mirada—.

Y debo confesar que cada una de las discusiones que hemos tenido las he buscado con profusión, porque batallar contigo me devolvía el alma al cuerpo, me recordaba que seguía vivo.

—Ella se separó unos centímetros y asió su rostro entre sus manos.

—Eres una persona maravillosa, Jeremy. —Él sonrió dolido.

—No quiero que tengas pena de mí. Te lo dije. No quiero justificar...

—Créeme que tu comportamiento no puedes justificarlo con nada. Aunque asumo que el impacto de la mentira te regresó a aquellos años previos al matrimonio y adoptaste esa misma vida promiscua que llevabas a tus veinte.

Cubrió sus manos con las suyas.

La asió de la cintura, la acercó a una silla obligándola a sentarse, de lo contrario su tobillo volvería a inflamarse. Tomó asiento a su lado. Se mesó el cabello con frustración contenida y regresó la vista a su rostro. Al cruzar miradas contempló la serenidad de ella.

—Me doy vergüenza. Tenía pánico de enfrentarte y que me rechazaras. Mis acciones jugaban en mi contra. Y la edad...

—Tus acciones, sí. Tu edad, no. Eres un hombre joven.

—Solo tú puedes decir eso. —Él sonrió con amor—. Soy un hombre viejo que ha estado enamorado de ti desde que te conoció, pero que permitió que el pasado lo absorbiera por años.

—Qué peculiar que es el ser humano, ¿no? Pudiendo elegir bien, lo hace mal. Pudiendo comunicarse con las demás personas, saca sus propias conjeturas, analiza y resuelve. Si tan solo me hubieses preguntado.

—No podía, Sienna. A mí sí me pesa ser mayor que tú.

Sobre todo en aquel entonces, cuando estabas en plena juventud; no podía simplemente atarte a mí.

Tenías que vivir tu vida y tener tus experiencias.

Y luego me negué a todo lo bueno y abracé el libertinaje.

Sabía que no era suficiente para ti y decidí apartarte de mis pensamientos.

Sin éxito, claro. Y día tras días me hundía más en mi propia mugre. Lo siento tanto.

—Si me hubieras observado te hubieras dado cuenta de que he estado enamorada de ti desde siempre; sin embargo, has hecho tus deducciones y llegado a la conclusión de que debía vivir mi vida, de que era una cría.

¿Y qué tal si ya estaba cansada de todo?

A veces el aspecto exterior no refleja el interior.

Y sí, era joven en aquel momento, pero ya había vivido lo suficiente como para saber mucho de la existencia.

—Él entrecerró sus ojos y ella viró el tema—.

Lo importante es que el pasado es eso, pasado, y el presente es lo que nos rodea y lo que nos moviliza.

Hoy es hoy y nunca va a ser diferente, siempre va a ser hoy.

Si vivimos pensando en el pasado o en el futuro no vivimos, solo recordamos y anhelamos.

Nos olvidamos de vivir —ella asió sus manos y las retuvo entre las suyas—, así que te propongo que vivamos hoy. Te amo, Jeremy Moore.

Y muy lento se acercó a su boca y la cubrió con la suya en un beso suave y tierno.

—Eres la única mujer a la que he amado y amo. Nunca he estado enamorado hasta que llegaste tú.

—Yo no he amado a nadie como te amo a ti. Y sé que debo responder a tu confianza de la misma manera en que tú te has liberado de tus cargas conmigo. Y lo haré, pero no hoy.

—Será cuando lo creas necesario. Ahora... —Jeremy se puso en pie y la tomó en sus brazos—. Solo te amaré por todos estos años en los que te he negado a ti y a mí este amor.

Y las escaleras se convirtieron en el nexo entre lo que dejaban atrás y la promesa de lo que vendría.

Aquellos escalones no materializaban un ascenso físico, sino un despojo de la vida anterior en la que cada uno hubo de vivirla sin el otro.

Las escaleras sostenían ese instante suspendido en el tiempo que antecedía al preámbulo del resto de sus vidas.

Y el océano que los separaba se desbordó y los engulló.

Sienna guardó su rostro en el cuello de él, allí quería yacer.

Él la sostuvo con la fuerza de una promesa implícita: no soltarla jamás.

Y las horas se sucedieron.

La distancia se había disuelto. Y el lazo que forjaron traspasaba el tiempo y lo contenía a la vez. Juntos desafiarían cualquier realidad.

Eran un único ser desbordante en plenitud.

Solo quedaba el amor que ambos guardaban en demasía.

Un amor que, en ellos mismos, encontraba su cauce y su perfección.