Atardecer a tu lado Capítulo 7 #2
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Capítulo 7 #2

—Mi madre te crio. Creciste en mi casa, eras como una hermana.

—Pero no era tu hermana y estaba enamorada de ti.

—Estarías encaprichada... obsesionada. ¡Ese sería el término! Estabas obsesionada conmigo, maldita loca. —Jeremy miró a Ernestina como entendiendo algo del pasado—. Fue una trampa..., ¿no? —Ella sonrió, irónica.

—Era la única manera de que me follaras.

Casi siempre te revolcabas con Celia. Y por el precio justo, ella me cedió su lugar una vez que tú ya estabas en su cama.

Y estabas medio borracho, aunque no tanto, pero lo suficiente como para que te dejaras vendar los ojos y atar las manos. Y amanecimos juntos. Y quedé preñada.

—¿Era mío? Permíteme dudar.

—No. Era del capataz de tu padre, pero él no diría que se revolcaba con la niña de la señora de la casa, porque tu padre lo echaría y su mujer también.

La idiota de Lilia siempre creyó que su marido era un ejemplo de ser humano cuando al muy asqueroso le iban las adolescentes.

Pero follaba de muerte. El asunto es que necesitaba una coartada para el embarazo y tú eras mi única opción.

Nos casamos, perdí al niño y, rota de dolor, intenté llevar un matrimonio normal, así quedé preñada de Aaron y luego de Helena.

Pero el globo reventó cuando me encontraste besándome con unos de los peones. ¿Y sabes qué? Todo fue culpa tuya.

—¡Mi culpa! —Estaba asqueado de escucharla.

—Sí. Porque nunca te fijaste en mí. Ni cuando me follabas me sentí amada.

—Porque nunca te amé. Y siempre te lo dije. Nunca te mentí. Jamás he estado enamorado de ti. Los niños me retenían a tu lado.

—Por eso me fui.

—¿Y por qué no te fuiste antes? De una manera normal. Sin montar todo este circo. ¿Sabes lo que ha sufrido Helena? ¿Y Aaron?

—Me fui a mi manera porque no quería ese pasado a mis espaldas ni que unos niños me estuvieran persiguiendo.

Quería ser libre de todo. Quería empezar de cero y eso hice.

—Lo miró sin ningún remordimiento—. Ahora tengo otra vida.

Una vida con comodidades. No tengo que fregar ropa, ni cocinar ni llevar a los niños a la escuela.

Tengo dinero de sobra para que otros hagan lo que yo quiero.

Y puedo follarme a quien me dé la gana sin que mi esposo se entere.

—Lo miró con odio y, cambiando el tono de voz, enfatizó—: Y no te quiero en mi vida...

ni a ti ni a tus hijos. Ernestina está muerta y no resucitará.

Dispongo de todos los medios para mantener mi identidad actual.

Ni siquiera las huellas digitales coincidirán con mi antigua yo.

No te atrevas a enfrentarme. —Modificó la entonación y sonrió con maldad—.

¡Y deja de mirarme como si fuera un monstruo!

—Le cogió la mano y él la retiró enseguida—.

Solo soy una persona que se reinventa y que no permite que nada ni nadie la avasalle.

Yo forjo mi vida: lo que no me gusta lo borro y vuelvo a dibujar.

—Se puso en pie y se colocó las gafas—. Espero que estas respuestas hayan sido suficientes porque no pienso reunirme contigo en la vida.

—Se abrigó y se marchó de la misma manera como había llegado—. Adiós, Jeremy.

Él estaba absorto en el recuerdo.

A medida que el diálogo se reproducía en su memoria, le iba relatando a Sienna la conversación. No fue una narración extensa, más bien breve y concisa.

Sienna pudo sentir su dolor.

Estaba roto. No por él, por sus hijos.

—Nunca la amé. Siempre fui sincero. Y amo a mis hijos, pero saberme manipulado de esa manera me rompió por dentro.

Nada tuvo sentido. Aaron era adulto, recién recibido de abogado y trabajando en uno de los mejores bufetes del país.

Y Helena estaba terminando la preparatoria y se iría a estudiar a College Station.

Me sentí solo y perdido, porque me encontré, de repente, ante aquel Jeremy que con veintidós años tuvo que dejar la universidad para hacerse cargo de un hijo que no era suyo.

De todas maneras, no puedo obviar mi parte de culpa.

Si en aquel entonces no hubiese sido tan irresponsable, Ernestina no hubiese tenido la posibilidad de atraparme.

Lo hizo, precisamente, porque el ritmo de vida que yo llevaba se lo permitió.

—¿Estabas en la universidad? —El asombro de ella le hizo gracia.

—Estudiaba Medicina en Houston.

La sonrisa melancólica acabó con el suplicio de las lágrimas que, desde hacía un buen rato, amenazaban con derramarse; encontrando su cauce, se vertieron una tras otra como vagones que caen al precipicio. Él se permitió llorar abrazando aquel recuerdo.

—Jeremy...

—Nunca quise hacerme cargo del rancho, pero con un hijo por llegar tuve que replantearme muchas cosas, entre ellas el hecho de regresar a la universidad.

Recuerdo que peleaba con mi padre porque el rancho quedaría a la deriva si yo me iba a estudiar.

Así que cuando se enteró del embarazo se alegró, porque sabía que tendría que quedarme.

»Al principio me enfadé. Me enfadé muchísimo.

Yo quería ser médico, no ranchero. Luego comprendí que era mi culpa, por ser tan licencioso, y Ernestina era una víctima de mi estupidez y, sobre todo, el niño que nacería no tenía culpa de nada.

Y era mi hijo. Y me vi a mí mismo, en la situación en la que podría estar mi hijo en un posible futuro si yo me marchaba a la universidad y lo dejaba...

Entendí que debía hacerme cargo de él, no con dinero, sino con amor.

Y me quedé y me casé, y Ernestina sufrió un aborto natural del cual ahora dudo.

Y luego vino Aaron y lo amé tanto como amo a Helena.

Y por ellos no me arrepiento, pero duele. Duele mucho.

Sienna se puso en pie.

Rodeó la mesa y lo abrazó.