Capítulo 7
E l sillón que lo acogía era firme, ni siquiera había cedido un milímetro al coger su peso.
Era de roble macizo y el cojín lo recibió con la firmeza exquisita de un bloque de granito preparado para resistir imperios.
Sin embargo, él necesitaba que lo absorbiera, que lo engullera y lo trasladara a otra dimensión.
Sabía que lo que iba a confesar era de vital trascendencia.
Sabía que era un problema por resolver, y si se lo decía a Sienna... ¡Dios!
—No es fácil, Sienna. —Se mesó su cabello, alguna vez negro y ahora veteado por el gris plata que le sentaba de maravilla—. Es una parte de mi vida que creía estaba sepultada. —Elevó sus ojos y los clavó en los de ella—. ¡Literal! Y sin embargo...
Resopló.
—Mi esposa, Ernestina, falleció durante el Katrina, lo sabes.
—Ella asintió—. Estaba en Nueva Orleans cuando el huracán tocó tierra y arrasó con toda su fuerza.
Ella y Samantha, la madre de Emma, eran muy amigas y juntas fueron a visitar a otra amiga que estaba por ser madre.
El cuerpo de Samantha fue encontrado; sin embargo, el de Ernestina no.
Muchas personas desaparecidas nunca fueron halladas ni vivas ni muertas.
El agua los arrastró al mar mientras que otras quedaron sepultadas debajo de los escombros.
Todos los desaparecidos, luego de un tiempo, fueron dados por muertos.
Desde eso ya ha pasado mucho tiempo. Aprendí a vivir con el dolor de ver a mis hijos sufrir por la muerte de su madre. Los he criado lo mejor que pude.
—Eres un padre maravilloso, Jeremy. —Sienna podía sentir el sufrimiento en su voz.
—Crecieron, y Aaron, como ya sabes, se fue a estudiar a Harvard.
—Él sonrió con complicidad—. Él siempre ha querido vivir en Nueva York y siempre lo he apoyado.
Jamás lo ataría a estas tierras. Y algunas veces he ido a visitarlo.
Y la primera vez que fui... —Se puso en pie y caminó.
El silencio se adueñó del lugar; silencio que era quebrado solo por la tormenta que se gestaba afuera.
Se detuvo y la miró—. Me encontré con Ernestina... en Nueva Jersey.
Sienna abrió sus ojos de par en par.
No esperaba que le dijera eso.
Estaba preparada para un «no he dejado de amar a mi esposa», un «aparece en mis sueños cada noche», un «he aprendido a vivir sin ella aunque habita mis recuerdos». Cualquier cosa menos que le dijera que estaba viva.
—¡¿Cómo que viva?! —Entrecerró los ojos, incrédula—. ¿Perdió la memoria? Si está viva ¿por qué no regresó? ¿Hace cuanto que sabes esto?
—Lo sé hace nueve años.
—¡¿Qué?! —El grito consternado e indignado de Sienna alarmó a Jeremy—. ¿Y tus hijos?
—Me hice la misma pregunta. ¿Y mis hijos? Y tuve que decidir qué hacer... y decidí lo que mejor me pareció en ese momento.
—Les ocultaste la verdad. ¡¿Por qué?! —Ver la decepción en el rostro de Sienna lo destrozó—. ¿Por qué, Jeremy?
—Porque Ernestina no perdió la memoria. No regresó porque no quiso. Está ilesa y sin problemas. Aprovechó la tragedia del Katrina para abandonarnos. Simplemente se fue y dejó a sus hijos. Posee otra identidad, está casada y tiene otros niños. No quiere a los que dejó.
—¿Qué? —La angustia se había adueñado de su tranquilidad—. Tus hijos son increíbles. ¡Dignos de ser amados por una madre! Todos los niños deben ser amados por sus madres. —Las lágrimas afloraron motivadas por viejos recuerdos—. Esto es demasiado...
—Querías la verdad, ¿no? Pues la verdad a veces es muy diferente de cómo la imaginamos.
—Si lo sabré; sin embargo, no esperaba esto. ¡Dios! Necesito descargarme. ¡Y no puedo correr!
Buscó con la mirada sobre la mesa.
Y allí, con dos panecillos, estaba el plato de cerámica.
Ese que tanto aborrecía por su diseño. Sonrió.
Quitó los panecillos, los cuales dispuso sobre la mesa, y tomando el plato con ambas manos, lo sostuvo únicamente con la derecha para aventarlo contra la pared, estrellándolo con fuerza y vigor para hacerlo trizas.
—Mejor. —Él sonrió. En la oficina arrojaba pelotas de goma, su lema era «liberar energía» y lo hacía. Jamás se quedaba reprimida ni contenía un malestar.
Jeremy caminó la distancia que lo separaba de ella y se sentó a la mesa, no a su lado, sino enfrente.
Suspiró. Se apoyó en el espaldar de la silla y se enderechó en toda su estatura.
Era un hombre alto, pasaba el metro noventa.
Era de complexión robusta, podría decirse que su espalda era un muro.
Su musculatura, a pesar de los años, era impecable debido al trabajo forzado de todos los días.
Su tez trigueña y sus ojos cafés combinaban a la perfección.
Cada una de sus arrugas estaba en los sitios justos.
Sus labios, definidos, conservaban la madurez que los años le habían otorgado.
A los ojos de Sienna, era un hombre fuerte y hermoso.
Ella amaba sus manos, grandes y ásperas, semejantes al cuero curtido; manos moldeadas por el trabajo duro y la fuerza templada de su personalidad, capaz de domar un caballo salvaje o acariciar con ternura.
Ese era Jeremy Moore para Sienna Mitchell.
—Cuando Aaron se instaló en Nueva York, me pidió que fuera para la Pascua. Eso fue en el año 2018. Helena no quiso ir, estaba en el último año de preparatoria, ya sabes: los exámenes, el baile y las cartas de las universidades. Estaba en su mundo. Fue un año revolucionario para ella.
»Llegué el martes anterior al Viernes Santo; y mientras Aaron trabajaba, me dediqué a pasear.
Tú entiendes que el amontonamiento de gente no es lo mío, así que busqué un lugar tranquilo para caminar y descubrí un pequeño poblado: Ridgewood.
Sabes que amo el café, así que entré a una cafetería y allí estaba ella.
—Su mirada se perdió en la nada—. Cuando un niño pequeño tomó su mano y la llamó «mamá» quedé estupefacto.
Claro que al ver esa situación dudé, pero cuando ella me vio, lo confirmé.
No había palabras que me convencieran de que ella no era Ernestina, por más que otras personas la llamaran Grace —él sonrió—; su rostro demudado y pálido me lo confirmaba.
Y ahí supe que algo no andaba bien. Me acerqué a ella, saludé y, como colofón, se acercó su esposo; un hombre alto, aunque más bajo que yo y menos corpulento.
Se presentó con nombre y apellido, como si eso fuera un escudo.
La verdad es que a mí me sirvió saber quién era para poder indagar luego.
Así que dije que la había confundido con otra persona.
Me presenté, pedí disculpas y me marché.
Sin embargo, nunca dejé de mirarla con frialdad, lo que le indicó que quería hablar con ella ese mismo día.
Me quedé en la barra y, de un momento a otro, un papel apareció a mi lado con el sitio y el horario para vernos.
Así que esa tarde nos reunimos en una cafetería de Nueva York.
—Él negó con su cabeza mientras se pasaba la mano izquierda por su rostro—.
Fue todo tan surreal. —Se rio—. Apareció con unas gafas enormes, un pañuelo en la cabeza y vestida con colores oscuros.
Me sentí dentro de una película. El color natural de su cabello es castaño, como el de Helena, y ahora lo tenía rubio; sin embargo, apareció con una peluca negra.
Quise irme sin más, pero me obligué a quedarme porque necesitaba respuestas.
Se hizo un silencio momentáneo durante el cual Sienna le tomó la mano y lo acarició. Jeremy la miró con profundo dolor. Al cabo de un momento, y sin querer hacerlo, se sumergió en aquel penoso pasado...
—Tengo muy poco tiempo. Sé breve. —La mujer se sentó enfrente de Jeremy y se quitó el abrigo mientras él la observaba.
—¿Perdón? No tengo nada para decir y mucho para escuchar. Así que trata de no ser breve, y si lo eres, esmérate en ser clara. Creo que tienes mucho por contar.
—La verdad, no. —Se quitó las gafas, y la mirada cínica que tan bien conocía reemplazó a la que le había obsequiado en la mañana.
—¿No quieres saber cómo están tus hijos? —Jeremy alucinaba.
—No. De lo contrario hubiese regresado.
—¿Lo planeaste? —Él se refería al día en que se había marchado a Nueva Orleans.
—Sí. Todo el mundo sabía que el Katrina tocaría tierra de un momento a otro, así que decidí irme a Nueva Orleans.
—¿Y Samantha? —El dolor por el egoísmo de esa mujer lo consternaba y lo embargaba aun tiempo—. La llevaste contigo.
—Necesitaba una coartada para salir del rancho.
—¡Si siempre has hecho lo que has querido! Nunca nadie te ha prohibido algo. Para mi madre has sido como una hija. Ella te ha consentido en todo, incluso por encima de mí. No había una razón para que llevaras a Samantha.
—Las cosas se dieron como se dieron, Samantha murió. Ella estaba con Lara; sin embargo, yo me había refugiado.
—Claro, si te refugiabas con ellas no podrías seguir tu plan —razonó Jeremy.
—Todo tiene un precio.
—¿Por qué? —Era la rabia la que blandía esa pregunta.
—Porque la rutina me mata. Y tú... tú ni siquiera me mirabas.
Dejaste de ser mi esposo en la cama, ¿lo recuerdas?
Dijiste que no volverías a tocarme luego de que nació la mocosa.
Y Aaron era tu adoración. ¿Yo qué pintaba?
Y para colmo tenía que soportar a tus críos.
Ni muerta me quedaba en ese rancho. Cuando me casé contigo creía que me llevarías a la ciudad.
¿Acaso no estabas estudiando en Houston?
Sin embargo, te quedaste en el mugroso pueblo.
Así que me harté. No tenía comodidad ni amor.
—Nunca tuviste mi amor. Te dije que no te amaba y tú quisiste casarte igual. Sabes muy bien que mi madre me obligó porque quedaste embarazada. ¡Quisiste quitarte la vida!, supuestamente. Y me obligaste por todos los medios más ruines a contraer matrimonio contigo.
—Creí que lograría enamorarte. ¡Todos se morían por estar conmigo! Todos menos tú. Incluso te follabas a mis amigas, pero no a mí. ¡Maldito imbécil!