Atardecer a tu lado Capítulo 6
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Capítulo 6

L a tormenta movía los árboles con intensidad.

Había sido Aaron Moore quien había contratado a Sienna para que trabajara en la pequeña oficina que él mismo había montado para su padre.

Aaron contaba en ese entonces con dieciocho años.

Su ingreso a Harvard había sido aprobado debido a su inteligencia y a varios ensayos realizados referentes a las ciencias sociales, pero, sobre todo, por ser campeón nacional de esgrima y el primero en la lista de los esgrimistas olímpicos.

Sin embargo, su ambición por ingresar a Harvard prevaleció sobre su participación en los Juegos Olímpicos.

Aunque el muchacho no tuviera intención de vivir en Texas, había sido él quien había ayudado a Jeremy en todos los temas relacionados al rancho, y llegado el momento consiguió quien hiciera su trabajo con la aptitud necesaria.

Así entró Sienna en la vida de los Moore.

Aaron había visto en ella una inteligencia y una capacidad para llevar las riendas empresariales del negocio de su padre que rivalizaban con las suyas propias.

Y debido a que Sienna no era de Wixon Valley, los Moore decidieron darle la casa que ellos tenían en el pueblo y no habitaban, ya que residían en el rancho; y Sienna aceptó solo si se la alquilaban, ella no necesitaba caridad de nadie.

De esa manera, sucedió que, al pasar los años, Jeremy le ofreció la casa en venta a un precio al que ella podía acceder, porque no quería que Sienna se quedara sin nada en caso de que él falleciera; ese fue el preciso instante en que él asumió estar enamorado plenamente de esa mujer y, aunque ella no lo supiera, él la cuidaría siempre.

Y el tiempo fue sucediéndose y, desde hacía diecisiete años, Sienna Mitchell era la mano derecha de Jeremy Moore, hasta hace cuatro meses atrás en que ella había renunciado y el mundo se había vuelto negro para él.

—¡Jeremy!

Sienna lo llamó y él supo que estaba lista para bajar.

Subió con prisas, la tomó en sus brazos y descendieron las escaleras. Iba a dejarla en el sillón cuando le pidió que lo hiciera junto a la mesa. No muy convencido, la ubicó donde ella quiso.

—No debes apoyar el pie si no es necesario.

—No soy tonta. No lo apoyaré si no debo hacerlo, pero tampoco me quedaré quieta por un esguince. —Ella lo miró cansada—. ¡Es un esguince! ¡Ni con la cesárea estuve tan quieta! ¡Por Dios!

El mundo se congeló.

Jeremy la miró.

Sienna lo miró.

Ambos sabían que acababa de revelar algo muy guardado.

Él dejó la taza en la encimera y, sin quitarle ojo, tomó el toro por las astas...

—¿Quieres hablar de ello?

—No. —Más que una negación fue un pedido.

—Perfecto. Entonces desayunemos. —Descorrió la silla y la ayudó a sentarse—.

Mi café no es como el tuyo, pero si le viertes leche es más que aceptable.

—La risa de Sienna le llenó el corazón—.

Además, he hecho magia con lo que he encontrado en la nevera.

¡Por Dios! Parece una verdulería, tiene más verduras y frutas que carne.

—Como sano —respondió enarcando una de sus cejas—. Odio lo frito, la grasa y el picante en exceso. Lo siento. —Él sonrió.

—Lo sé. Y no tienes que disculparte por ello.

Es genial que tus gustos sean tan saludables.

Además, ya estoy adaptado a ellos. —Sienna arrugó su naricilla—.

La mejor manera de entender algo si nunca lo has hecho es probar, en la medida en que se pueda, claro.

Y cuando tú llegaste con todo tu repertorio culinario, pues me dije «tal vez debas intentarlo».

Y fue así como comencé a comer más saludable.

Menos grasa y menos frito es ideal para llevar bien los años.

¿Cómo crees que hago para estar así de bien?

—Le guiñó un ojo cómplice y ella sonrió.

Nunca se hubiese imaginado a Jeremy Moore comiendo verduras en lugar de fritos por las mañanas. Probó el café y estaba delicioso. Tal vez más que el suyo.

—Mira —dijo él trayendo una bandeja—. Te he hecho una tortilla de espinacas y huevos, omelette de queso con verdeo y perejil y unos panecillos de manteca y levadura con parmesano. ¿Te animas?

—Muero de hambre.

Fue todo lo que dijo ella antes de comenzar a comer.

Y todo estaba riquísimo. Bueno, tal vez la tortilla necesitaba un poco más de condimentos, pero la cocción estaba en su punto justo.

Y el omelette ciertamente no era el suyo, pero se dejaba comer.

Jeremy engullía a dos carrillos. Ella ya lo había visto comer miles de veces, pero que estuviera allí, con ella, en su casa, compartiendo una comida de manera tan familiar le encantó y la molestó a un tiempo.

—¿Por qué? —Quiso saber Sienna.

—¿Por qué? —La réplica de Jeremy fue automática; descolocado como estaba, solo atinó a fruncir el entrecejo.

—¡Sí! —insistió—. ¡¿Por qué ahora?! Hace diecisiete años que nos conocemos. La vida nos ha pasado por las narices. ¿Por qué decides ahora enfrentar lo que sientes?

Jeremy resopló.

Mala señal. Él solo bufaba cuando intentaba buscar la manera exacta de que se le entendiera porque era evidente que no ocurría.

Y el resoplido significaba que el asunto le interesaba lo suficiente como para ser preciso en su explicación.

Ya lo sabría ella luego de haber compartido todas sus mañanas y sus tardes por tantos años.

Sienna se aclaró la garganta, le venía escociendo desde hacía dos días, y amó la expresión de ternura y disgusto que reflejaba el rostro de Jeremy.

—La verdad es simple y las palabras trilladas.

—Elevó sus ojos cafés y los clavó en los de ella.

Pocas veces la había visto sin las lentillas marrones y, a decir verdad, admiraba con profusión sus preciosos ojos violetas—.

Me he dado cuenta de que te perdía y no quise que pasara.

Lo siento. Sé que tendría que haberte dicho mucho antes que has robado mi corazón con tu magnífica forma de ser, pero no he podido.

He tenido que estar entre la espada y la pared para animarme a decirte que lo eres todo para mí.

Y no voy a mentirte, haberme dado cuenta de que sientes algo hacia mí me permitió avanzar.

—No puedo creer que la timidez te avasalle —ironizó ella—. Te le has lanzado a toda mujer que ha pasado delante de tus narices.

—Ninguna me interesaba, solo tú has estado en mi mente desde que llegaste aquí.

—¡Diecisiete años, Jeremy! No es una semana ni un mes. ¡Son muchos años!

—Nunca me diste una señal de que yo te importara. —La consternación en su rostro le indicó a ella que él hablaba muy en serio.

—¿Yo debía darte una señal? —Él asintió y ella puso los ojos en blanco. Eso era muy surrealista—. No puedo creerlo...

—Sienna, cuando tú llegaste tenías veintinueve años y yo era un hombre de cuarenta, viudo y con dos hijos, demasiado ocupado en sacar adelante un rancho que detestaba.

Quedé eclipsado cuando te vi y la realidad me golpeó de lleno en el estómago porque tú eras joven y preciosa.

¿Qué pintabas con un hombre viejo, padre y que la mayor parte del tiempo andaba oliendo a caballo?

Además, a los pocos meses de llegar comenzaste a salir con el hermano de Antonio, que por cierto era de tu edad.

—Tienes un problema con eso, ¿verdad?

—¡Claro! Tenía un problema en ese entonces y lo tengo ahora también. Tú eras joven, con toda tu vida por delante, y yo ya estaba de vuelta. No podía conquistarte y no permitirte que vivieras tu juventud.

—Y ahora sí puedes porque ya soy vieja, ¿no?

—¿Qué? —Él se ofendió—. ¡No! Ahora puedo porque cuando me echaste en cara que me revolcaba con medio pueblo, y toda la cháchara que me has arrojado, me he dado cuenta de que te importo. De que sientes algo por mí.

—Y yo pensando que era muy obvia. Que se leía en mi cara mi amor por ti.

—Pues nunca me di cuenta. Jamás imaginé que pudieras sentir otra cosa que no fuera aprecio de amigo. Y, con franqueza, no hubiera tolerado el hecho de ser rechazado.

Ella rio nerviosa delatando su desconcierto.

No entendía cómo ese hombre que se llevaba el mundo por delante no fuera capaz de expresar sus sentimientos. Inhaló y exhaló. Se serenó. Cerró sus ojos y los apretó con fuerza. Ese gesto, tan bien conocido por Jeremy, significaba que tenía ganas de estamparle una bofetada.

—Conmigo. —Él ladeó su cabeza sin entender—. Solo conmigo te inhibes...

—¡Porque te amo! Porque me vuelves loco.

Si te decía algo y te marchabas... ¡Dios, Sienna!

No sé vivir sin ti. Escucharte decir «buenos días» es el mayor regalo para enfrentar el día.

Tú eres la razón por la que me levanto todas las mañanas.

Amarte en silencio ha sido y es una tortura.

Expresar mis sentimientos implicaba riesgos que no estaba dispuesto a afrontar.

Y cuando te fuiste... mi mundo se terminó.

¿Sabes lo que es llegar a la oficina y no oír tu voz?

¿No sentir tu presencia? ¿No envolverme con tu olor? ¿No verte? Detesto mi vida sin ti.

—Podría rechazarte.

—Sí.

—De hecho, estoy pensando en hacerlo.

—Lo sé.

—Dame una razón para no rechazarte —insistió ella.

—No la tengo.

—Es difícil, ¿sabes? —dijo ella y él asintió—.

Cuando llegué a Wixon Valley eras una persona, pero con los años te fuiste convirtiendo en otra.

—Ella cogió sus manos y acarició sus nudillos—.

No me malinterpretes, eres un ser excepcional.

Eres una magnífica persona, Jeremy Moore, pero de la noche a la mañana te distanciaste y comenzaste a flirtear con quien se te cruzara por delante y eso...

Eso me rompió el corazón. Estaba tan enamorada de ti...

—Lo siento. Lo siento tanto. Perdóname, por favor.

—Necesito saber qué pasó. Un cambio tan drástico tiene una causa.

—No quiero excusarme. No voy a poner nada como pretexto. He obrado mal. Muy mal. Estoy arrepentido. No sabes cuánto. Sin embargo, no quiero que mi estupidez sea una disculpa por mi comportamiento. Jamás.

—No confías en mí —se lamentó ella.

—Claro que sí. Te confiaría mi vida. Solo que no quiero que haya un atenuante. No quiero que me perdones por lástima. Quiero... Necesito tu perdón por amor.

—No confías en mi criterio. —Él la miró con dolor—. Y créeme que nunca habrá un atenuante para aplacar el día que te encontré con Louisa. —Jeremy se cubrió el rostro con sus manos y lloró—. Inténtalo, Jeremy. Dime qué sucedió.

Él se puso en pie y caminó por el comedor bajo la atenta mirada de ella.

Se sentó en el sillón.

Sienna lo conocía demasiado como para saber que estaba buscando la fortaleza para expulsar las palabras que tenía atascadas.

Resopló.

Amaba a ese hombre, pero solo lo aceptaría con toda su verdad.

La verdad.