Capítulo 5
E l viaje a San Antonio le había llevado más tiempo del imaginado.
Entregó el caballo sobre las diez de la mañana, con dos horas de retraso.
Tras realizar las transacciones económicas previstas, despachó la producción de arándanos cuya venta había concretado el jueves anterior.
También asistió a la feria anual ecuestre, aunque no era un mercado en sí, sino una exposición de ejemplares que no estaban a la venta y solo se exhibían para el encargo de crías.
Él buscaba un percherón negro. Siendo honestos, no es que le hiciera falta, pero anhelaba conseguir uno para Sienna, pues sabía lo que a ella le encantaban.
Al final se decidió por regalarle la Divina comedia .
Ella siempre la citaba cada vez que él hacía algo que la disgustaba, y le soltaba un largo discurso comparándolo con los demonios de Dante.
Ahora en la carretera, con unos veinte minutos por llegar, maldecía haber socorrido a Kevin Blanchet cuando se lo encontró en la ruta haciendo dedo, creyendo que podía acercarlo hasta Bryan.
El muy cabrito tenía que regresar a San Antonio, ¡no continuar el viaje!
Así que, en lugar de dos horas, el regreso le estaba reportando lo mismo que la ida, ¡casi cuatro horas y media!
Estaba cansado, de mal humor y sucio.
Necesitaba bañarse y ver a Sienna.
Suspiró.
La calle que lo llevaba al rancho se le antojó la gloria. Sin embargo, recordó que debía recoger lo que había encargado el día anterior en la ciudad. Resopló y siguió transitando la ruta a desgano.
Treinta minutos después estaba en el rancho, aparcando debajo del roble.
Descendió de su camioneta y se encaminó a la casa. La imagen de su madre, junto a Maddie y Lilia sentadas en el porche, le arrancó una sonrisa.
—¿Y Sienna? ¿Descansa? —Se le había olvidado saludar.
—Buenos días —lo reprendió su madre—. Sí. Duerme. En un rato debo despertarla. —Las otras mujeres miraron a Maggie enarcando una de sus cejas—. Ve a bañarte que de aquí se huele el asco que apestas.
—Veré a Sienna y subiré...
—¿En serio? No tienes idea de lo mal que hueles, ¿verdad? Báñate rápido y luego la ves. —Su madre se puso en pie—. Las mujeres odiamos el olor a mugre. ¡Dúchate ahora mismo, Jeremy Moore!
—Está bien... Está bien. Me ducharé primero. Con permiso.
Lo vieron alejarse y subir las escaleras.
—¡Le has mentido! —susurró Maddie.
—Es que si no le miento, este bruto se va así sucio —musitó Lilia.
—Por lo menos va a estar limpio cuando se entere. —Maggie sabía que pondría el grito en el cielo.
—¿Y qué hacemos? —Los dedos de Maddie tamborileaban en su regazo.
—Y... ¡nada! ¿Acaso podemos hacer algo? —Lilia tejía con más ahínco.
—Haré café. —Maggie se puso en pie y entró en la cocina.
—¡Con whisky! —El grito de Lilia casi deja sorda a Maddie.
Pasaron quince minutos...
Veinte...
Y Jeremy no bajaba.
—Y después dicen que las mujeres somos las lentas para prepararnos. —Sorbió Maddie su café agradeciendo que fuera irlandés.
—¿Dónde están nuestros hombres ahora? —La carcajada de Lilia espantó a las demás.
—Enterrados. No nos duraron ni veinte años.
—Bueno, el mío duró un poco más —repuso Maddie.
—Demasiado, ¿no? —ironizó Maggie.
—Sí, tal vez sí. Una no quiere que se vayan, pero cuando parten... —Maddie suspiró—. Luego de hacer el duelo, nos encontramos con una nueva vida. Una nueva vida que debemos de aprender a vivir. Y he descubierto que no es amarga, sino una etapa más.
—Di la verdad, te gusta. —La aguijoneó Maggie.
—Me gusta. Y a veces siento culpa.
—Pues no deberías. —Lilia había retomado su tejido—. Ni fue tu culpa ni tu voluntad. Es la ley de vida. Y la vida que nos quede por vivir debemos hacerlo de la mejor manera posible.
—¡Jeremy! Ven. —Maggie había escuchado que su hijo bajaba las escaleras. El hombre se acercó a su lado y Maddie quedó impresionada.
—Sí que estás guapo, muchacho. Casi que no pareces de sesenta.
—Tengo cincuenta y siete —corrigió él gruñendo.
—¿Qué son tres años? —rechistó su madre.
—¡Una vida! Si consideramos al paso que avanza —se enfadó—. Sobre todo, si la mujer de la que estoy enamorado es menor que yo.
—¿Sabes los cascajos de cincuenta años que pululan por doquier? —lo reprendió Lilia—. Tú estás demasiado bien para tu edad. El que hayas trabajado toda tu vida con tu cuerpo y empleando la fuerza te ha permitido llegar en buen estado a esta edad. —Él sonrió.
—Y una buena alimentación junto a un buen vivir —razonó—. El factor económico y el emocional son vitales para mantenernos a flote, y yo he tenido la suerte de que mi padre ya había forjado todo.
—Tu padre hizo florecer este rancho —se enfadó su madre—, pero tú lo has llevado a la gloria, hijo. Y eso ha sido por tu trabajo constante. Lástima que contigo muere el legado, porque Aaron no quiere saber nada.
—Así es. Sin embargo, lo he educado para eso.
Él no está obligado a atarse al rancho. No se lo permitiría.
La única regla que no les he consentido romper a mis hijos ha sido el estudio.
Ambos estudiaron y son muy buenos en lo que hacen.
Estoy orgulloso de ellos. Y el rancho quedará para quien quiera trabajarlo o lo venderán.
Solo son tierras. De todas maneras, no me preocuparé por eso ahora.
Iré a ver a Sienna... Ustedes me están distrayendo.
—No está —soltó su madre.
—¿Quién? —preguntó él confundido.
—Sienna. —Maggie lo miró con atención, podía ver en sus ojos que ardería Troya.
—Se ha ido con el médico cuando vino a controlar su tobillo —agregó Maddie.
—¿Y por qué no me lo dijeron ni bien llegué?
—Porque estabas asquerosamente mugriento.
No puedes ir a buscar a una mujer en esas condiciones —se enfadó Lilia—.
¡No sé quién inventó que a nosotras nos agrada el olor a sudor de ustedes!
Las novelas que fantasean con eso lo hacen porque sus autoras nunca han puesto sus narices en cuellos como el vuestro.
—La cara de asco de la mujer arrancó una sonrisa a Jeremy.
—Lo tendré muy en cuenta. —Descendió los escalones del porche—. Si no regreso, no me llamen. No las atenderé. Es más, apagaré el móvil.
—¿Y qué hacemos?
—Llamen a Helena.
Se subió a su camioneta y se fue.
El trayecto hacia el pueblo fue tranquilo si consideramos que las calles estaban desiertas y la luz que emitía el sol al ponerse era suficiente para ver con normalidad; sin embargo, Jeremy Moore era el Etna al borde del cataclismo. ¿Por qué se había marchado?
Aparcó frente a la casa de Sienna.
Avanzó hasta el zaguán y llamó a la puerta.
Una vez.
Dos.
El tercer impacto fue algo más enérgico, sin llegar a ser escandaloso.
Nada.
Asió el picaporte y este cedió.
La entrada no tenía la llave echada, lo cual le pareció extraño, ya que ella siempre cerraba absolutamente todo. Entró en la casa y el llanto sibilante lo asustó. Era intenso e inconsolable.
El sonido lo condujo hacia el sillón.
Y allí estaba.
Arrellenada entre los cojines, hecha una bolita. Parecía una niña más que una mujer.
Ajena del mundo. Inmersa en el suyo. Lloraba a mares.
Verla así le rompió el corazón y entendió que una pena muy grande la invadía.
Se quitó el abrigo, los zapatos y se acercó a ella.
Le acarició el pelo. Le tomó las manos; las tenía heladas.
Vio como las lágrimas bañaban en abundancia su rostro.
Comprobó que la calefacción estuviera encendida.
Fue hasta la habitación de Sienna y la preparó para recibirla.
Regresó a su lado, la tomó en sus brazos y la llevó escaleras arriba hasta su cama.
La depositó allí con suavidad y se acostó a su lado.
La envolvió en sus brazos y el llanto se tornó aún más vivo.
Y entendió que no solo estaba sosteniendo su cuerpo, sino también su alma.
Las palabras se ausentaron porque no eran necesarias.
Preguntar qué sucedía no era válido, puesto que la angustia y el dolor la inundaban.
Solo quería que ella dejara de sufrir. Y lo único real que tenía para darle era su amor.
Al pasar las horas, poco a poco, el llanto fue remitiendo hasta quedarse dormida. Y solo después de que Sienna alcanzó una serenidad plena, Jeremy se permitió dormir a su lado.
***
Domingo
La mañana del domingo llegó y con ella la tormenta que los había amenazado durante dos días sin derramar una gota o esparcir un soplido, pues ahora estaba lloviendo a cántaros y el viento se intensificaba por momentos.
El cielo estaba encapotado y daba la sensación de que el sol no se asomaría en días.
Eran alrededor de las nueve de la mañana cuando parecían las cinco de la madrugada o las diez de la noche, porque la oscuridad que envolvía al pueblo era considerable.
Sienna sintió como el abdomen se le oprimía.
Por momentos se le dificultaba respirar.
Era difícil poder mover las piernas. Era como si sus miembros inferiores no pudieran ejecutar la orden directa del cerebro que les ordenaba moverse.
Luchando consigo misma se despertó para encontrarse aplastada por Jeremy.
Suspiró al darse cuenta de que no era un problema real.
Su cuerpo estaba bien, aunque comprimido.
—Jeremy. —Intentó girarse entre sus brazos, pero le fue imposible—. Jeremy.
Lo único que podía hacer era tocarlo y no quería. Sin embargo, no le quedó más que acariciarle el rostro mientras susurraba su nombre.
—Jeremy...
—¡Dios! Te estoy aplastando. Lo siento.
Ella inhaló y exhaló profundamente al sentirse liberada, aunque perdió el calor que la envolvía. Él se incorporó con inmediatez sin dejar de mirarla.
—¿Estás mejor?
—¿Cuándo llegaste? —susurró somnolienta.
—Sobre las siete de la tarde.
—No me he dado cuenta. —Sienna se cubrió el rostro con sus manos.
—Estabas sumergida en el dolor. No dejabas de llorar. Te dormiste cerca de las tres de la mañana.
—Perdón. —La timidez la embargó.
—¿Por qué? ¿Por ser humana? ¿Por tener sentimientos? ¿Por dejar salir el dolor que te aprieta el alma? Las lágrimas nos liberan de los sufrimientos.