Capítulo 4 #2
—¡Es una orden, niño! ¡Siéntate que comerás! —ordenó Maggie enarcando una de sus cejas.
—Siendo así, obedeceré. —Se acercó a Sienna y le depositó un beso en la mejilla—. ¿Cómo te ha tratado ese esguince?
—Es una paciente obediente —dijo Maddie, y él sonrió.
—¿Cómo estás, Sienna? —Sebastian le asió las manos en un gesto fraternal y las lágrimas regresaron con fuerza.
—Necesito recostarme. Estaré en mi habitación. Tú come y luego me ves el pie. ¿Está bien?
—No. Te veré ahora.
—Necesito ir al baño —mintió. Su estabilidad emocional pendía de un hilo.
—Entonces ve. En quince minutos estoy contigo.
Ella asintió y, caminando con la andadera, se marchó.
Sebastian la vio caminar.
—Está triste. —Lilia no podía evitar hablar, y mientras lo hacía, apoyaba el plato de tallarines delante del médico.
—Hemos platicado de nuestras familias y resulta que ella es huérfana. La hemos hecho llorar. —Completó Maddie.
—No elegimos la vida que nos toca cuando nacemos —razonó Sebastian—; sin embargo, podemos virar la dirección cuando nos hacemos cargo de las riendas. De ese valor dependerá nuestra felicidad.
—No me imagino crecer sin padres. Yo..., es que lo he tenido todo. Y cuando sucede esto, no manejo muy bien las situaciones —confesó Maggie—. Es difícil cuando no he experimentado tanta pérdida.
—Mas que pérdida, una ausencia. —La melancolía había invadido a Sebastian.
—Extrañas a tu madre, ¿verdad? —Él sonrió y asintió.
Sebastian Miller tenía treinta años y era médico desde hacía cuatro años.
Había cursado sus estudios en tiempo y forma y ahora intentaba especializarse en cirugía cardiovascular.
Tanto en Texas como en el resto de los Estados Unidos, la medicina demandaba muchísimos años de estudios que uno debía ir entrelazando con la residencia y la vida.
Era hijo único. Su padre había fallecido tiempo atrás; y su madre, recientemente, por lo que la gente asumía que la tristeza que lo embargaba se debía a esa pérdida, cuando no lo era.
Claro que él había amado a sus padres, demasiado, habían sido buenas personas y le habían brindado el amor que todo niño precisa para crecer sano y fuerte, física y mentalmente, pero la muerte de su madre había desencadenado una sucesión de hechos que él desconocía y que habían alterado su vida, cuando menos la parte emocional.
Se encontraba en plena confrontación consigo mismo.
¿Podía decir que entendía el dolor de Sienna?
No lo sabía, pero intentaba comprender tomando como referencia el suyo propio.
Se terminó los tallarines y, dando las gracias, se disculpó y pidió ser llevado hasta donde estaba su paciente, para revisarle el tobillo y seguir su rutina diaria que, a pesar de que fuera sábado, tenía la agenda repleta de pacientes que lo esperaban, pues al no atender en el hospital iba a ver a las personas que lo necesitaban y no se podían mover de sus domicilios.
Golpeó la puerta y esperó que le diera permiso para avanzar.
Entró y allí estaba Sienna, esperándolo recostada con el pie listo para ser revisado.
—¿Te ha dolido? —preguntó con ternura mientras se sentaba en el borde de la cama al lado del tobillo.
—Un poco. La pomada que me has dado es muy efectiva. —Él sonrió—. Y bañarme ha sido un acierto. Además del hielo, claro.
—Sabes que Jeremy está loco por ti, ¿verdad?
—Sienna lo miró sorprendida, menuda cara tenía el médico que iba y le soltaba eso como si nada, mientras le quitaba la venda elástica—.
Está mucho más deshinchado. —Hizo presión leve en la planta del pie, movió los dedos y luego giró la articulación con extremo cuidado para localizar el dolor—. ¿No te duele?
—Solo un poco cuando lo giraste.
—¿Y por qué no me lo has dicho?
—La costumbre. He aprendido a soportar el dolor.
—Eres un misterio —le dijo mientras le untaba la crema en la zona afectada.
—¿Yo? ¿Por qué?
—Eres una mujer hermosa y siempre has estado sola. —Sebastian sonrió—. Recuerdo cuando llegaste al pueblo...
—¿Lo recuerdas? —Sus ojos se cristalizaron.
— Hey! —Con su pulgar barrió una lágrima—. No llores. Creo que debes prestarle más atención a Jeremy.
—¡Oh! Ese viejo... vive saltando de cama en cama. —Al darse cuenta de lo que había dicho quiso retractarse sin saber bien cómo—. Yo no quise..., él puede hacer lo que le plazca... ¡Ufff! Creo que estoy hablando de más. —Sebastian sonrió.
—Sin embargo, yo creo que son tus sentimientos los que pujan por salir. ¡Déjalos! Simplemente, déjalos que fluyan.
—Es difícil. —Iba a llorar otra vez cuando Sebastian cogió sus manos.
—¿Sabes qué? —Ella negó con la cabeza—. Nosotros somos los difíciles, no las situaciones.
Siempre hay una manera simple de arreglar las cosas, pero elegimos la complicada; la que nos destroza, la que no nos permite vivir en estado de felicidad.
No lo olvides, Sienna, nosotros hacemos las cosas difíciles. —El silencio los envolvió.
Sebastian se detuvo absorto mirando el tobillo de la mujer. Con su pulgar acariciaba una peculiar mancha que ella tenía en el túnel tarsiano, ubicado entre el maléolo medial y el calcáneo, gesto que duró apenas unos segundos, pero cuya profundidad consternó a ambos.
—Casi no me duele —rompió Sienna el momentáneo mutismo.
—Creo que debes intentar apoyar el pie con cuidado, porque la recuperación que has tenido ha sido increíble. —Él le sonrió—. ¿Por qué viniste a Wixon Valley?
—Aaron buscaba secretaria para su padre y yo buscaba trabajo.
—En Bryan hubieras conseguido mejores empleos. —Sebastian notó que ella tragaba con dificultad.
—¿Tú crees? Yo creo que no. No hay que valorar el dinero por encima de los afectos. Todo lo que amo está aquí. Hay personas que son irreemplazables. El amor es irreemplazable.
—¿Tienes hijos? —Las lágrimas volvieron a asomarse y Sebastian le acarició el rostro. Fue un gesto tierno y rápido. Ella arrugó su naricilla y tosió—. Te duele la garganta, ¿verdad? —dijo él.
—Un poco.
El médico buscó en su maletín y extrajo un envoltorio.
—Te haré un hisopado. No duele y nos ayudará a saber si es viral o bacteriano. Tú abre la boca y di «ahahahahaaaa». —Introdujo el hisopo y con suavidad tomó una pequeña muestra del fondo de su garganta. Sienna tosió y Sebastian le tendió el agua—. Listo. En dos días sabremos.
—¿Me llevas a mi casa? Necesito estar allí.
—Creo que debes quedarte aquí. —Decidió el médico.
—Y yo creo que debo regresar.