Capítulo 4
S ábado
Se había quedado dormido.
Había salido del rancho a las seis de la mañana cuando hubo de hacerlo a las cinco.
Tenía que transportar a Mellon, un ejemplar shire gris poco común, pero muy cotizado por su pelaje.
Ir de tiro con el tráiler era engorroso, pues obligaba a mantener una velocidad reducida y una agudeza de sentidos que exigía estar despierto, concentrado y en estado de alerta.
Esto empeoraba el viajar en horas pico, ya que el tráfico pesado estresaba a los caballos.
Por esas razones, y porque había dado su palabra de que llegaría a San Antonio a las ocho de la mañana, no debió quedarse dormido, pero muy a su pesar llevaba una hora de retraso.
Una hora que, por como venía la ruta, iba a alargarse.
Era la primera vez en su vida que deseaba no estar trabajando un sábado.
Quería estar en el rancho cuando Sienna despertara.
Quería hacerle el desayuno y comer con ella.
Quería llevarla a cabalgar.
Quería sentarse con ella en el porche todo el día con el único propósito de escuchar su voz.
Quería... quería... quería.
Y no podía. Solo deseaba llegar a San Antonio para regresar lo más rápido posible.
***
Se desperezó.
Qué cómoda que era esa cama y qué calentita estaba.
Suspiró.
Había dormido tan bien.
Ni las pesadillas habían interrumpido su sueño, y eso era demasiado, ya que eran recurrentes.
Volvió a suspirar.
Sonrió.
Se sentó y asió el móvil que se encontraba en la mesilla de luz.
La luz del sol se filtraba por las rendijas del ventanal.
—¿Qué? ¡No!
Unos golpecitos llamaron su atención.
—¿Estás bien? Te oímos gritar y... —Una cabeza asomó por la puerta.
—Pero si acabo de gritar...
—Es que estamos atentas por si precisas algo.
Sienna miró a Maddie entrecerrando los ojos y a su memoria vino el «brujas» que Jeremy le había dicho antes de dormir. Tal vez tuviera razón...
—Estoy bien. Solo me ha sorprendido la hora. ¡Son las once de la mañana!
—Es muy beneficioso que descanses. Debes estar quieta. ¿O acaso piensas salir a correr? Lo mejor que puedes hacer es descansar. Solo disfruta de lo que puedas hacer en tus condiciones.
—Es verdad. —Sienna se mordió el labio inferior—. Tengo ganas de ir al baño.
—Jeremy ha pensado en todo. —Lilia apareció de la nada y, entrando en la habitación, dejó un aparato al costado de la cama—. Ha buscado en el ático antes de irse y encontró esta andadera que ha usado Maggie cuando se quebró el tobillo. Te ayudará a desplazarte sin problemas en la planta baja.
—Gracias.
Las lágrimas empañaron su visión.
Era la primera vez que alguien se preocupaba y ocupaba de ella.
La primera vez.
—Niña, no llores. ¡Tus ojos son violetas! —exclamó Maddie asombrada.
—Ayer eran marrones —susurró Lilia.
—Tengo albinismo ocular y debo llevar lentillas durante la luz diurna. También por la noche si hay mucha iluminación. —Sienna se enjugó las mejillas.
—Esas lágrimas no son por el tobillo, ¿verdad? —El llanto fluyó otra vez. ¿Tan notorio era? Las mujeres la rodearon. Las tres subidas a la cama—. Pues aquí te mimaremos. Ya verás cómo te inflas de amor —le decía Maggie mientras le acariciaba el rostro limpiándole las lágrimas.
—Ahora te dejaremos tranquila, así te aseas y te cambias. Te he traído ropa de Helena.
—Y ya hemos lavado la tuya. —Le sonrió Maddie.
—Gracias. A las tres. Muchas gracias.
Ni bien entrar al baño, un precioso espejo emitió su reflejo.
Las lágrimas arrasaron su rostro.
Sin fuerza.
Sin drama.
Solo fluyeron en torrente empapando sus mejillas.
Más veía su reflejo, más lloraba.
Ella no tenía espejos en su casa. Nunca los había tenido. Si necesitaba verse, se arreglaba con el tenue reflejo en una ventana. No se maquillaba. No se peinaba extravagante, solo una coleta o una trenza. Hacía muchísimos años que no estaba de cara a un espejo. Siempre les huía.
No les temía, sino que eran un eterno recordatorio de sí misma, y ella solo quería olvidarse. Vivía por una única razón: porque su cuerpo se empeñaba en amarrarse a la vida. Sin embargo, su alma estaba en el limbo. Si es que eso existía. Porque para Sienna Mitchell, esta vida era el mero infierno.
Y allí, de pie, no dejaba de mirarse.
Era la misma de siempre.
La misma de aquel día.
Suspiró.
Debía serenarse.
Cerró los ojos y, cogiendo una toalla, lo cubrió.
Listo.
Su reflejo ya no estaba.
Se aseo. Se cambió y, asiéndose de la andadera, salió de la habitación.
—¡Niña! El sol está precioso. Ven, siéntate un rato en el porche. El aire cálido te hará bien. Aprovecha que viene una tormenta.
—Ayer también estaba tormentoso y no sucedió nada. —Sienna atravesó el umbral y se sentó justo al lado de Maddie—. En verdad el aire estaba exquisito.
—¡Oh! Pero hoy el servicio meteorológico anunció fuertes ráfagas de vientos provenientes del este y lluvia a vendaval.
Y si algo sé de clima campestre, te diré que esas nubes de allí —señaló unas que se encontraban más alejadas de las que prometían agua— caminan muy rápido y son las que nos traerán la tempestad.
Sienna la miró asombrada; si de verdad tenía razón, y se veía muy convencida de lo que decía, se convertiría en su gurú del tiempo. Iba a hablar cuando el rugido de sus tripas hizo que Maddie pusiera cara de espanto.
—¡Estás muerta de hambre!
—¿Te has puesto la pomada, niña? —Lilia desplegó una mesa liviana pero espaciosa delante de ella y enarcó una de sus cejas a la espera de la respuesta.
—Sí. Me he puesto la pomada. Gracias por preocuparte. Deseo reponerme con rapidez. Me cuesta estar quieta, y si quiero regresar al trabajo y a mi casa, pues no me queda otra que obedecer, ¿no?
—Así es. —Maggie desplegó los platos, cubiertos y vasos en un santiamén, mientras Maddie ponía en medio la fuente repleta de tallarines.
—Ahora a comer —ordenó Lilia—, que si quieres recuperar fuerzas debes estar bien alimentada.
Y entre risas y vaticinios sobre el clima, almorzaron.
Todo iba bien hasta que Maddie recibió una llamada de su hija y ahí empezó todo...
Sienna comenzó a sentir unas ganas horribles de marcharse porque sabía que la pregunta que tanto detestaba llegaría de un momento a otro.
—Clara está embarazada... ¡Voy a ser bisabuela! —gritó Maddie con alegría y todas victorearon, menos Sienna, que sonrió—. Está de tres meses y medio.
—Felicidades, amiga. Me has ganado. Y yo que pensaba que Aaron a estas alturas me daría un bisnietecito. ¡Estos nietos míos están lejos de ser padres!
—Pues estoy igual que tú —se lamentó Lilia—. Mi James ni siquiera está en una relación seria como para esperar alguna noticia.
—No se necesita estar en algo serio —rio Maddie— para traer un niño al mundo. Creo que sabes muy bien qué es lo que se necesita, ¿no? ¿O ya te has olvidado?
—¡Oh, por Dios! ¡¿Acaso crees que puedo olvidarme de Antoine tan fácilmente?! Me hacía ver las estrellas en pleno día. —Sienna clavó sus ojitos en Lilia—. Agradezco eso. No nos llevábamos muy bien, pero follaba de cuento. Algo es algo.
Sienna, que estaba bebiendo agua, se atragantó y comenzó a toser con frenesí.
—¡Niña! Vas a morir ahogada... ¿No te habrás espantado por Antoine, ¿verdad?
Ella negaba con la cabeza. Quería parecer auténtica en su respuesta. Ni muerta les diría que sentía pudor de sus comentarios. ¿Qué pensarían? ¡Que vivía en un convento! Aunque... ¡Dios! Había hecho un desastre, ¡desparramado agua por todos lados!
—No te preocupes. Recupérate del susto que te ha dado esa vieja loca —gruñó Maddie y se puso en pie.
Maggie salió tras ella mientras Lilia le retiraba el plato sobre el que había caído el agua.
De la misma manera, las otras mujeres aparecieron con trapos, limpiaron, repusieron el plato y sirvieron tallarines otra vez.
En dos segundos todo estaba como si no hubiese sucedido nada.
La habían tratado como a una cuadripléjica cuando a ella solo le dolía el tobillo. Pasó de sentirse descansada a abrumada.
Las mejillas se le encendieron —cualquiera pensaría que era pudor cuando era rabia, no con las mujeres, sino con la situación—, necesitaba salir de allí. ¿Cómo regresaría a su casa? Las manos comenzaron a sudarle y un calor se extendió por todo su cuerpo.
—¡Listo! No ha sucedido nada.
¡Sí que había sucedido!
Ella era un volcán en ebullición.
Tenía que tranquilizarse.
Inspiró y espiró.
Concentró la respiración en el abdomen para serenarse y lo logró.
Claro que iba a durarle lo que la miel en el hocico de un oso.
La flamante pregunta llegó.
La pregunta.
Esa que ella tanto odiaba porque la sumergía en el dolor infernal que la acompañaba desde los dieciséis años.
—¿Y tus padres, Sienna? —La consulta era lógica ya que todas estaban hablando de sus familias.
—¿Tienes hermanos? —Lilia la miraba con dulzura, como si tener familia fuera lo más natural del mundo.
—¿Tienes hijos? —remató Maddie.
—¡Por Dios! ¡No la avasallen! —Maggie asió sus manos como si viese en su interior.
—No tengo familia. Soy huérfana.
—¿Estás sola en el universo? —soltó Lilia sin más y las lágrimas empañaron los ojos de Sienna.
—Ahora nos tienes a nosotras. —Maddie apretó sus manos con dulzura para calmar el temblor que las dominaba.
—¿No has tenido hijos? —se arriesgó Maggie; ya habían movido los recuerdos, así que seguiría.
—Murió. —Y la palidez de su rostro las asustó—. Hace años.
—¿Pasarás la Navidad con nosotros? Siempre que Helena te ha invitado, le has dicho que no puedes. Que te espera una tía.
—Es verdad. Nunca he pasado las Navidades aquí. Prefiero hacerlo en otro sitio. —¿Y ahora qué decía? Ya había soltado tantas mentiras que se embrollaría sola como siguiera.
—¿Dónde?
—En casa de esa tía. Es la señora que, de alguna manera, me ha criado.
—¿Y...?
—¡Buenos días! —El rostro de Sebastian era de cuento al inhalar el aroma a tuco y pastas frescas que envolvía a las mujeres—. ¡Mmmm! ¡Qué bien huelen esos tallarines!
—¡Doctor! Qué bueno tenerlo por aquí. —Maddie se puso en pie y le estrechó la mano.
—Sebastian, siéntate. Te traeré un plato. —Lilia salió disparada para el interior de la casa.
—En realidad, estoy algo apresurado...