Atardecer a tu lado Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Me haces sentir fuera de lugar. Si te has arrepentido, puedo quedarme en mi casa y arreglarme sola. He accedido a venir solo para que Helena no se acerque hasta aquí a estas horas. Así que, si te molesta mi presencia, vete a dormir.

Las risas de las mujeres retumbaron en el comedor.

Era la primera vez que Maggie escuchaba que alguien le hablara en ese tono y de esa manera a su hijo. Era alucinante estar en medio de ellos y ver la cara de sorpresa de Jeremy.

—No me molesta que estés aquí. A decir verdad, me encanta la idea. —Había comenzado la oración con una voz y la había finalizado en un tono grave que prometía guerra.

—Uff... hace calor aquí —Lilia se puso en pie—, le bajaré al termostato.

El rancho contaba con un sistema de bomba de calor alimentada por electricidad, cuyo nivel de calentamiento se regulaba manualmente con el termostato, armonizando la misma temperatura en toda la casa ya que la calefacción era centralizada.

—Café... es ideal para después de cenar. ¿Quién quiere? —La sonrisa de Maddie serenó a Sienna, que tenía muchas ganas de llorar.

—Si tomo café no dormiré. Además, el médico me ha dado desinflamatorios y prefiero descansar. Si alguna de ustedes me ayudara con el baño, por favor. He trabajado todo el día y necesito bañarme.

—Oh..., yo te ayudaré. Pero tendrás que asearte en el baño de arriba; es el único que tiene bañera. Así no tendrás que apoyar el pie. —Sienna resopló. Ahora Jeremy tendría que cargarla de nuevo.

—¡No he traído nada! ¡Oh, Dios! ¿Cómo he sido tan despistada? —El semblante compungido de Sienna enterneció a Lilia.

—No te preocupes. Hay ropa de Helena aquí. Te buscaré algo. —La tranquilizó Maggie.

—Y yo iré preparando el agua. —Maddie tomó sus manos—. Ya verás como todo va bien.

—Perfecto. —Sonrió Jeremy—. Te llevo hasta arriba entonces.

Y cargándola como si su peso fuera de risa, la cogió en brazos y subió las escaleras.

La dejó en el baño y se marchó sin decir una palabra.

Se refugió en su habitación. Tenía que trazar un plan de acción para conquistar a esa mujer que no podía ni verlo. ¿Cómo la convencía de que él sí valía la pena?

Sienna se sumergió en el agua caliente y suspiró.

Se aseó con prontitud, pues era consciente de que al día siguiente Jeremy se levantaba a las cinco.

Se apoyó en los bordes de la bañera y, sentándose en ella, sacó una pierna y luego la otra, apoyó los pies en la alfombra y se secó.

La frescura que sentía sobre su piel y en el cabello la serenaron.

Comenzó a vestirse con la ropa que Maggie le había llevado, cuando reparó en que las prendas eran de seda y...

ni loca se ponía eso sabiendo que él la llevaría en andas.

Miró su ropa sucia y tampoco quería ponerse aquello.

Exhaló el aire retenido cuando vio una bata que la envolvía de pies a cabeza.

Se cubrió ella y se sentó en el váter para decidir si se aventuraba fuera del baño saltando en una pierna o daba un grito.

¡No quería gritar! Y para ser sincera, tampoco tenía muchas ganas de saltar.

Había apoyado el pie para vestirse y ahora le dolía horrores.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

No era por su tobillo.

Le dolía el alma.

Solo a dos personas amaba y ninguna formaba parte de su vida. Y esas palabras que Jeremy decía o dejaba a medio decir la confundían.

Era un cobarde.

Ella no se lo iba a dejar fácil.

¡No era justo!

La puerta vibró bajo un leve golpecito.

—Sienna. —La voz de Jeremy la trajo a la realidad.

—Estoy lista, puedes pasar.

Se enjugó las lágrimas para ocultar su tristeza; sin embargo, Jeremy se había percatado de la humedad en sus ojos. La aupó y, saliendo del baño, caminó por el pasillo que conducía a las escaleras.

—Vas a estar bien, Sienna. Yo te cuidaré.

—Mañana te levantas a las cinco. Perdón por retrasarte.

—Nunca me duermo temprano. Y me levanto a las cuatro.

—¿Por qué? Siempre te has levantado a las cinco.

—Desde que tú no estás me levanto a las cuatro. Debo hacer tu trabajo, preciosa. Y si a las siete comienzo a trabajar, pues ni modo que debo hacerlo antes. De hecho, me he traído todo para aquí. Es mi refugio ahora.

—¿Y la oficina?

—Donde siempre. Debo mantenerla porque es el único lugar con internet disponible las veinticuatro horas. Y ya sabes que la conexión es necesaria en estos días que corren.

—Lo sé.

—Por cierto, mañana debo ir a San Antonio. Regresaré a la tarde noche. ¿Podrás con las tres brujas?

—¡Dios! —Sienna lo miró asombrada—. ¿Cómo es que las llamas así? Son adorables.

—Ya te darás cuenta mañana cuando no te dejen en paz batallándote a preguntas.

—¿Y por qué querrían saber algo de mí?

—Porque saben que me gustas. Y mi madre no te dejará en paz.

Sienna se quedó inmóvil. Que le hubiera dicho que ella le gustaba la hizo sentir rara. No sabía si eso era bueno o malo.

—¿Te gusto? —La pregunta fue más irónica que realista.

—Desde siempre, preciosa, pero nunca he sabido cómo decírtelo.

—A veces no es fácil hablar.

—No, no lo es.

Ya habían entrado a la habitación.

La dejó con suavidad sobre la cama, que ya estaba abierta. Iba a arroparla cuando recordó que debía untarle la crema que el médico le había dado.

Tomó el pomo entre sus manos y, aplicando una cantidad justa en sus dedos índice y corazón, asió el tobillo lastimado y frotó con cuidado sobre la lesión, que se veía más inflamada y caliente que antes.

—Has apoyado el pie, ¿verdad?

—Es que casi me he caído en el baño. Era el pie o la cabeza... —Y él amó esa sonrisa luminosa que irradió su rostro.

—Listo. —La cubrió con el edredón y le dio un beso en la mejilla, casi rozando la comisura de su boca—. Dormiré aquí abajo.

—¡No! Debes descansar. Vete a tu habitación y duerme tranquilo.

—Hay más habitaciones aquí abajo. Si me precisas me llamas. Pegas un grito o usas el móvil. Como prefieras, pero no vayas a ponerte en pie porque la recuperación será eterna. —Ella lo miró como cuando sabía que le desobedecería—. ¡Sienna!

—¡Lo haré! Lo hare. Te llamaré.

—Muy bien. Hasta mañana.

—Hasta mañana.

Jeremy se fue.

Sienna volvió a llorar. Era la primera vez que alguien la cuidaba.

Se hizo un ovillo y se dejó llevar por el dolor.

Había heridas del pasado que nunca sanarían.

Y sin darse cuenta, el sueño la venció.