Capítulo 3
—A llá viene Jeremy.
—Ya era hora, se ha retrasado bastante. Helena llamó hace más de una hora.
—No creo que haya llamado hace tanto —dijo Maddie.
—¡Claro que sí! Ya no tienes noción del tiempo. Te estás volviendo vieja —ironizó Maggie mientras pelaba las bananas para la ambrosía.
—¡¿Vieja?! ¡Vieja! ¿Pero qué te has creído? ¡Ya quisieras estar así de bien a mi edad!
—¡Maddie, vieja loca! ¡Tengo un año más que tú! —Rio Maggie mientras su amiga de la infancia pelaba las mandarinas como si la despellejara a ella.
—¡Por eso! ¡Nunca lo sabrás porque ya no volverás a tener setenta y seis! —Maggie puso los ojos en blanco, Maddie nunca perdía, cuando mucho empataba.
—¡María Magdalena! —Maggie solo la llamaba así cuando se enfadaba—. No puedo creer que siempre quieras tener razón. Debes asumir que cuando te equivocas...
—¡Yo no me he equivocado! Tú has dicho que Helena llamó hace una hora y yo te he dicho que no.
—Maddie le mostró la pantalla de su móvil donde decía con exactitud la hora de la llamada—.
Así que, Magnolia Estefanía —Maddie enfatizó el nombre de Maggie con chulería, demostrándole lo equivocada que estaba—, no te atrevas a decirme que no tengo control sobre el tiempo.
—¡No tienes control sobre el tiempo! ¡¿Pero quién te crees que eres?
! —exclamó Maggie entre enojada y divertida—, ¿Dios?
Solo te has fijado en el móvil la hora de la llamada y por eso sabes que mi nieta ha llamado hace cincuenta y seis minutos.
Sin embargo, yo he hecho el cálculo sin mirar.
Y como dije, «más de una hora», eso —señaló con su índice el móvil de su amiga— está a cinco minutos de «más de una hora», lo que me convierte en una persona que tiene noción del tiempo.
—¿A quién no le gusta perder? —Fueron las únicas palabras de Maddie mirando con picardía a Maggie.
—Si serás descarada... los años no te han hecho perder el encanto manipulador que brota por tus poros, ¿eh?
—Qué puedo decirte, las castellanas no perdemos nuestros encantos a través de los años, los acrecentamos.
—¡No eres castellana! —Se asombró Maggie.
—Mis abuelos y mi madre lo eran. Bajaron del barco...
—¡Y tu padre era gringo! —aseveró Maggie.
—Ese no cuenta. Casi ni lo he conocido.
—Porque falleció cuando tú eras una niña.
—Eligió irse de «gira» con su guitarra. ¿No podía quedarse aquí y trabajar como el resto? ¡Hubiese crecido a su lado! —A pesar de los años, Maddie llevaba ese dolor en su corazón.
—Creo que ya tenemos la edad necesaria como para dejar ir el pasado, Maddie, ¿no lo crees?
—Hay cosas que duelen para siempre —susurró la mujer apretando con fuerza la medalla que pendía de su cuello.
—Pero si no soltamos no somos felices. —Maggie cogió la mano de su amiga, sabía de su dolor. La herida que había dejado su padre nunca había cicatrizado.
—¿Tú has superado la muerte de Ernestina? No era tu hija biológica, pero la criaste como si lo fuera. Creo que la has amado más a ella que a Jeremy, que sí es tu hijo.
—No es verdad, amo a mi hijo.
—Sé que lo amas. Pero siempre has puesto los deseos de Ernestina por encima de los de Jeremy. ¿Acaso te olvidas de que lo obligaste a casarse con ella?
—No es así. Jeremy la dejó embarazada y era su obligación hacerse cargo del niño.
—Lo obligaste, Maggie. Él iba a hacerse cargo del niño; sin embargo, tú lo obligaste a casarse porque Ernestina así lo quería —dijo Maddie.
—No es verdad. Él debía responder por lo que hizo. No iba a dejar a mi niña preñada y sola.
—Y qué casualidad que, luego de que se casaran, Ernestina perdió al bebé, ¿no?
—No te atrevas a insinuar nada. Ernestina era una mujer increíble. Digna de ser amada, una madre ejemplar. Y Jeremy la amó muchísimo. Sin embargo, Dios se la llevó joven.
—Tal vez Dios puso las cosas en su lugar —susurró Maddie.
—¿Por qué? —preguntó Maggie dolida, sabiendo que su amiga siempre había recelado de Ernestina—.
Sabes que su madre murió cuando ella era solo un bebé y que decidí criarla cuando su padre se suicidó.
Jeremy y ella crecieron como hermanos. ¡Él jamás debió de insinuársele!
De todas maneras, fueron felices antes del huracán.
Maddie sonrió y miró con pena a su amiga.
Si Maggie quería creer eso, no sería ella quien le explotara la burbuja, total ya eran viejas, no serviría de nada contarle la verdad; solo la amargaría y la haría sufrir horrores.
A estas alturas, no valía la pena. Ernestina no estaba; sin embargo, y a pesar de los años, había roto la vida de Jeremy de tal manera que él no había podido reconstruirla.
Ahora fue Maddie quien asió la mano de Maggie.
Ellas eran amigas desde siempre, desde pequeñas, ya que los padres de Maddie trabajaban en el rancho Moore cuando ambas nacieron.
Habían hecho todo juntas hasta el día en que Maddie contrajo matrimonio y se marchó con Giovanni, su esposo.
Cada una formó su familia, tuvo sus hijos y vivieron en ciudades diferentes hasta hacía poco tiempo atrás, en que el esposo de Maddie hubo fallecido, y eso había ocurrido justo un mes después de que Helena —la nieta de Maggie— hubiera dejado la casa paterna para mudarse a College Station con su novio.
Ambas mujeres se encontraban solas, y como Jeremy amaba a su madre, había sido él mismo quien le había sugerido que invitara a Maddie a vivir en el rancho.
Y allí estaban ahora, compartiendo sus días como si el tiempo no hubiera transcurrido desde que cada una hubiera seguido su destino.
Claro que solas no estaban, Lilia estaba con ellas.
—No viene solo —dijo Maddie.
—¿Qué? ¡Es verdad! —Maggie se puso en pie, pues estaban sentadas en el porche disfrutando del frío texano mientras pelaban frutas.
—¿Qué sucede? —Lilia apareció, café en mano, ataviada con su abrigo de lana.
Lilia Olsen era el ama de llaves. Desde hacía tiempo trabajaba en el rancho y allí había echado raíces.
Cuando joven vivía en la casa que está hacia el oeste, cerca del bosque y del lago, pero al enviudar decidió que era mejor quedarse a vivir en la casa principal ya que su única hija había marchado a la ciudad a estudiar.
Sin embargo, sus planes habían cambiado debido a que esa misma hija había quedado embarazada y le había enviado al niño de regalo.
Así, James, nombre que Lilia le dio para su bautismo, creció en el rancho junto a los animales y aprendió todo acerca de su funcionamiento, tanto así que llegó a ser la mano derecha de Jeremy y actual capataz de Ithemba Valley [1] .
Para ese entonces, Lilia había dejado la casa a James, para su privacidad, y había ido a vivir a la casa grande otra vez.
De eso ya habían pasado diez años. Y como Maggie también había enviudado hacía años y estaba sola con Helena, pues Aaron se había marchado a estudiar a Nueva York, vivir juntas era una excelente idea.
—Que allí llega Jeremy y no viene solo —dijo Maddie.
—Es una mujer. —Se asombró Lilia—. Ya era hora. Este chaval hace más de veinte años que está solo y nunca había traído a nadie al rancho.
—Es Sienna. —Se ilusionó Maggie—. ¿Estarán saliendo?
—¡Se han casado! —gritó Maddie—. La trae en andas. —Las tres mujeres suspiraron.
Jeremy cargó a Sienna, muy a pesar de ella, que no quería tenerlo cerca; aunque quería obedecer a Sebastian, sabía que el doctor era muy capaz de verificar si le hacía caso o no.
Era un buen médico y se preocupaba porque todos cumplieran con lo que él indicaba.
Tenía un temperamento de liderazgo de esos que a uno le da placer acatar sus órdenes; además eran recomendaciones que podían cumplirse sin mayores esfuerzos.
—Las tres brujas están apostadas en el porche, esperando saber qué diablos hago contigo.
—Gracias por lo que me toca —susurró Sienna ofendida. Jeremy se detuvo y la miró.
—Lo digo por lo chusma que ellas son. Tú no eres una carga para mí. Eres una oportunidad.
—¿Una oportunidad? —se sorprendió Sienna.
—Eres mi oportunidad de hacer las cosas bien. No voy a dejarte ir, Sienna Mitchell.
—¿No vas a dejarme ir? —susurró ella.
—No hasta que tu pie sane. —Su voz tembló al darse cuenta de que había sido muy obvio en sus sentimientos.
—Perfecto.
Se acercaron al porche y allí las tres mujeres los recibieron locas de alegría.
—¡Felicidades! —exclamaron mientras subían los escalones.
—¡Ya era hora de que te casaras de nuevo! —Sonrió su madre encantada.
—¿Qué? ¡No! —dijeron al unísono.
—Prepararemos una gran fiesta —victoreó Maddie.
—Llamaré a Helena... —Lilia ya corría en busca del móvil.
—¡Alto ahí! —gritó Sienna como si fuera el general de un ejército—.
¡Nadie va a hacer nada! No nos hemos casado.
Solo me he torcido el tobillo un poco...
bastante, y no puedo apoyar la pierna. Mi baño y mi dormitorio están en la planta alta de mi casa, por esa razón el médico consideró el hecho de poder quedarme aquí unos días, si ustedes están de acuerdo.
—¡Claro! —exclamó Maggie.
—¡Sí, sí! —pronunció Lilia.
—¡Por supuesto! Nosotras te cuidaremos —dijo Maddie.
—Y de paso nos cuentas por qué te has ido a trabajar a otra parte —lanzó Maggie.
—¡Mamá! —la reprendió Jeremy—. Tú no les hagas caso, preciosa —le dijo a Sienna mirándola a los ojos y las tres mujeres repararon en ese gesto.
—Entren. Ya pronto estará la cena. Prepararemos uno de los cuartos de abajo para la niña. —Se apresuró Lilia.
—Señora, no soy una niña, tengo cuarenta y seis años.
—Y yo setenta y ocho. Eres una niña. —Sonrió Lilia entrando a la casa.
La cena fue abundante, como todas las noches, y deliciosa. Hacía mucho tiempo que Sienna no disfrutaba de tan sabrosa comida. Claro que el hecho de que Jeremy la observara seguido no ayudaba demasiado.
—Deja de mirarme así —le espetó sin rodeos.
—¿Así cómo? —Los ojos de Jeremy se agrandaron de asombro y su rostro no pudo evitar teñirse de un rubor ligeramente rosado.