Atardecer a tu lado Capítulo 2
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Capítulo 2

L a calle principal se extendía como mantel en una mesa de navidad: limpia y perfecta.

Pocas eran las personas que se veían caminando, pues la tormenta se advertía ahora más amenazante que pocos minutos atrás; estaba cubriendo el cielo con premura y la oscuridad indicaba que el viento los azotaría de un momento a otro.

Giró a la izquierda y luego a la derecha hasta llegar a la puerta de la casa de Sienna.

Descendió del cuatro por cuatro y le ayudó a bajar.

Sus dedos descansaban sobre los de ella en un apretón suave que guiaba sus movimientos, y aunque la mujer puso especial cuidado, debido a sus altos tacones, resbaló.

De inmediato, la delicada mano de Jeremy se transformó en un fuerte lazo alrededor de su cintura, convirtiéndose en un abrazo ineludible ya que ella cayó sobre él.

La firmeza de su cuerpo resistió el impacto evitando una caída segura, engulléndolos en un delirio de deseo contenido, pues era la primera vez en que sus cuerpos entraban en contacto, y anhelar esa situación por mucho tiempo no era del todo sano, menos aún cuando sus mentes nubladas por la pasión dejaban expuesta la insensatez que gobernaba sus acciones.

Sin embargo, y a pesar de todo, ella estaba allí, entre sus brazos.

Sienna elevó su rostro y sus labios quedaron casi rozando los de él.

Una intensidad incontrolable de besarla lo invadió. Sus miradas coincidieron y la cordura, villana innegable, se dignó a intervenir.

—¿Estás bien? —le susurró al oído mientras Sienna refrenaba el frenesí de besarlo.

—Sí. —De inmediato, Jeremy bajó su mirada para concentrarla más abajo. Muy abajo.

—No lo creo, tu tobillo está hinchándose a la velocidad de la luz. —Ella miró su pie.

—No es nada que el hielo no pueda resolver. —Jeremy negó con su cabeza.

—Te llevaré con Sebastian. —Ella lo retuvo con su mano.

—No molestaré a Sebastian por nada.

—Ese tobillo se te pondrá negro y se te inflamará aún más. Una cosa es molestar y otra es ser obstinada. Por si no te has dado cuenta, es un esguince.

—No soy obstinada. —Jeremy sonrió de lado, como cuando sabe que tiene razón.

—Claro que lo eres —sostuvo él.

—Déjame en el suelo. —El orgullo hablaba por ella.

—No puedes apoyar el pie.

—Déjame en el suelo...

Y Jeremy la dejó en el suelo. Él sabía que le costaría sostenerse, pero si no quería que la ayudara debía respetarla. La conocía muy bien como para saber dónde estaba el límite.

Sienna apoyó su pie derecho para luego intentar apoyar el izquierdo; al hacerlo un dolor le recorrió la pierna desde la punta de los dedos hasta la cabeza del fémur.

Se irguió y caminó apenas gravitando el pie.

Jeremy negó con la cabeza y, sin poder evitarlo, la cogió en andas, como si fuera una novia a punto de entrar a sus aposentos, y la acercó a su casa a pesar de sus protestas.

—¿Qué crees que haces? —La voz de ella fue un susurro ahogado. Sentir como las manos de él la rodeaban y la acercaban a su pecho no era bueno para su estabilidad emocional.

—Evitando que te duela más de lo que ya te duele.

Y, tal vez, impidiendo que sea una lesión aún mayor.

—Se detuvo y la miró a los ojos; en la vida había visto ojos como los de Sienna, eran perfectos y hermosos.

Podía sentir como el nerviosismo de ella crecía.

Miró su boca y hubiera dado lo que fuera por besarla—.

¿Abres? —Fue lo único que salió por sus labios.

Sienna rebuscó en su bolso sin éxito.

—Así no puedo. No encuentro las llaves. Bájame.

—No puedes apoyar el pie.

—¡Oh! ¡Por Dios, Jeremy!

Él regresó a su camioneta, la sentó en el lado del acompañante, le ajustó el cinto de seguridad y cerró la puerta ante la desconcertada mirada de ella.

—¿Qué crees que haces?

—Tienes dos opciones: o te llevo al rancho así podré cuidarte o te llevo al consultorio del médico. —El tono en su voz revestía seriedad.

—¡El médico! —Casi gritó Sienna, pues conocía muy bien a ese hombre y sabía que se la llevaría al rancho si no respondía enseguida.

Considerando que Wixon Valley es del tamaño de un puño, llegar hasta el médico no demandó más de cinco minutos.

Sebastian Miller, que regaba sus plantas en el jardín, los vio llegar.

No importaba si el horario no era adecuado, si él estaba en su casa, atendía sin rechistar siempre que fuera una urgencia.

Sin embargo, trataba de mantener un horario para personas de los alrededores, porque necesitaba descansar; casi todos los días hacía doble turno en el hospital de Bryan, sumado a las guardias que se le asignaban y a los tres días que atendía en el hospital de College Station.

Su vida solo giraba en torno a la medicina.

Sonrió al verlos juntos, pues siempre se había percatado de que esos dos se querían y que nunca se habían dado una oportunidad; y eso era por culpa de Jeremy Moore, que de un tiempo a esta parte se creía revestido con el poder de la juventud pincelada por la inmortalidad.

¡Ojalá él mismo llegara a los cincuenta y siete en el estado en que Jeremy lo había hecho!

Pero al paso que iba sería como el director del Health Center, una pasa pendiendo de una rama enclenque.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó el médico mirando a Sienna.

—Se ha doblado el pie al bajar de la camioneta. Mira cómo lo tiene.

Sebastian llevó sus ojos allí y luego sus manos.

El contacto frío y los dedos suaves estremecieron a la mujer.

Una lágrima cayó de uno de los ojos de Sienna y rodó por su mejilla aventurándose a los nudillos del médico.

—Te duele —dijo él y ella asintió. Le dolía el alma, pero eso no iba a decirlo—. Seguro que es un esguince. Entremos.

—Bájame —le ordenó ella a Jeremy.

—No. No la bajes —enfatizó Sebastian con la misma convicción que ella.

—Pero...

—Shshshs... ¿qué crees? —la reprendió amorosamente el médico—.

¿Que Jeremy no puede contigo? Me cargaría a mí sin inmutarse.

Debe de ser el hombre con más fuerza del entorno, incluso por encima de Aaron, Trevor y Sean.

Puede contigo sin problemas, así que te quedas quieta y obedece, si no quieres que ese pie parezca una berenjena.

Sienna se sonrojó.

Estar en brazos de Jeremy no era algo que la tranquilizara y menos aún que el médico le dijera que era el superhombre de Wixon Valley.

Si ella ya lo sabía, había sido tratarlo y caer rendida a sus pies.

Claro que luego lo fue conociendo un poco más, y enamorarse había sido su perdición; y que él hubiera construido un escudo impenetrable imposible de derrumbar no había sido beneficioso para ella; aunque si lo que una quería era una aventura de una noche, pues allí estaba Jeremy Moore.

Sin embargo, ella no quería eso y él se había convertido en la típica persona que la espantaba ya que solo buscaba relaciones pasajeras que no implicaran ningún tipo de compromiso, y ella no valía para eso.

No. Ya había sufrido demasiado como para atarse a un hombre que esclavizaría su corazón y la haría rogar por migajas de amor.

No. Había aprendido a quererse y ni loca pasaba por ese aro. Jeremy era una persona increíble, pero no se dejaba querer.

—Ponla allí —dijo el médico señalando la camilla—. Muy bien. —Sebastian observó a Sienna, y en ese instante la mirada profunda y melancólica de la mujer le inundó el alma—. Voy a presionar en la zona afectada, tendré que tocarte la pierna. —Ella asintió—. Dime cómo ocurrió.

—Estaba por descender de la camioneta de Jeremy y el taco de la sandalia se enganchó entre la alfombra y la puerta.

Me di cuenta cuando ya me había impulsado para ese lado, por lo que todo mi peso recayó sobre esta pierna y no pude evitar que el tobillo se doblara hacia adentro... y caí sobre Jeremy.

—Perfecto.

Sebastian seguía palpando con cuidado. Entre la inflamación, los gestos de Sienna al tocar los ligamentos afectados y el hematoma, pues sí que era un esguince. Y uno de grado 2.

—Rota el pie así. —Y el médico movió el suyo para indicarle cómo hacerlo.

—No puedo. Duele mucho.

—¿Y así? —Subió y bajó el empeine de arriba hacia abajo.

—Ah, ahahah... Uff... ¡Madre que duele!

Sebastian asió ambas piernas de la mujer a la altura de la rodilla y fijó la tibia.

Luego desplazó el talón hacia adelante y este no se deslizó más que el del pie derecho, que era el sano, lo que indicaba que el ligamento peroneo astragalino anterior no estaba roto.

Luego articuló movimientos rotativos a los cuales Sienna respondió con sollozos.

—Es un esguince por inversión. Lo más común.

Lo bueno es que no se ha roto ningún ligamento.

En estos casos, se ha afectado el peroneo astragalino anterior, pero la inflamación bajará para mañana y en tres días podrás caminar bien.

Con dolor, pero con estabilidad. El hematoma perdurará varios días y mutará de color.

La hinchazón total demorará entre una semana o dos en normalizar.

El médico se acercó a la nevera que estaba allí y del freezer sacó un gel frío. Lo envolvió en una tela, que tomó de un cajón, y lo colocó sobre la zona afectada. Buscó una venda elástica en otro cajón y envolvió el gel al tobillo de la mujer.

—Tendrás este gel de quince a veinte minutos, no más —advirtió—.

Dejarás descansar otros quince y volverás a aplicar frío.

Por lo menos tres veces al día entre hoy y mañana.

Y antes de acostarte, deberás untar esta pomada en la zona afectada frotando en círculos para que penetre bien.

Sin apretar; con suavidad. De esta manera se aliviará la inflamación y se repararán los tejidos; porque esto es un esguince y lo que necesita es cuidado.

Así que, si deseas recuperarte bien y que no queden secuelas, deberás no apoyar el pie en dos días. Desde este momento, reposo.

—¡Reposo! ¡¿Y quién me cocina?! ¡Y tengo el baño arriba! ¡Y mi ropa! ¡Y mi cama! Todo está en la planta alta.

—Pues no puedes subir escaleras. —El médico la miró entrecerrando los ojos—. No vas a obedecer, ¿verdad?

—La llevaré al rancho. —El tono de Jeremy era categórico.

—¡Ni loca!

—Allí tienes todo en la planta baja. Incluso las brujas te ayudarán. Y... estaré yo.

—¿Y a ti para qué te preciso? —preguntó alucinada.

—Es evidente que para nada. Solo lo decía. —El tono bajo y gruñón de Jeremy hizo reír al médico, que asintió a la propuesta del hombre.

—Me parece bien que te pases el fin de semana en el rancho. Estarás tranquila y no harás ningún esfuerzo. Y para el lunes ya estarás repuesta —le dijo Sebastian mientras vendaba su tobillo—. Mañana por la noche pasaré a verla y... —el médico hablaba con Jeremy cuando Sienna interrumpió.

—Mañana es sábado, tendrás mejores planes que atenderme a mí.

—¡Claro que no! Eres la mujer más preciosa del entorno. Dime —y miró a Jeremy—, ¿acaso has visto a una más bonita? —El hombre negó con la cabeza—. Tus ojos... ¿Traes lentillas? —La cara de Sebastian era de cuento—. No puedo creer cómo no me he dado cuenta antes.

—No. ¡Sí! Son recetadas. Necesito graduación en ambos ojos, además debo bloquear la luz solar. Mis iris son demasiado claros. Poca melanina.

—Entiendo. Tengo albinismo ocular. Estos ojos grises —el médico señaló los suyos— que a tantas mujeres hacen suspirar tienen su precio. —Sonrió con ternura—. Incluso tengo heterocromía, pero creo que ya me he acostumbrado demasiado a las lentillas.

—Los ojos de Sienna son únicos —susurró Jeremy y ella se puso nerviosa, no quería que revelara su verdadero color—. Aunque tú también...

—¡Por Dios! —exclamó ella—. ¡Son ojos comunes! Cualquier cosa con color llama la atención. ¡Si tuviera el trasero verde también sería llamativo!, ¿no?

—No necesita accesorios para ser llamativo, ya lo es por sí solo —dijo Jeremy, y al darse cuenta de que ambos lo miraban, se sonrojó—. ¡Qué! Es preciosa... por donde se la mire. ¿Me equivoco?

—No. No te equivocas —afirmó el médico.

—¡Ya! Dejen de hacerme la pelota —se quejó Sienna—. Si esto es todo, me iré a mi casa.

—¡No! —dijeron al unísono, y Jeremy continuó—: Al rancho. Si Helena se entera de que te quedas sola y herida por mi culpa, vendrá ella misma a buscarte. Así que mejor ahorrémosle el viajecito.

—Son dos días. No tiene cómo saberlo —argumentó la mujer.

—Ya le he avisado —soltó el médico.

—Eso es chan... —El móvil de Sienna comenzó a vibrar—.

Es Helena. —Su voz cambió de tono y respondió enfadada—: Hola, Lena, ¿qué sucede?

(...) Solo es una torcedura de nada. (...) ¿Que Sebastian te dijo que es un esguince?

Que no... Bueno. ¡Está bien! Me quedaré en el rancho con la única condición de que el lunes me aceptes en el trabajo.

Puedo estar sentada sin necesidad de moverme y atender a las personas mientras van llegando.

(...) ¡Perfecto! Adiós, mi niña. Descansa.

Cortó la llamada y ambos hombres la miraban expectantes.

Los dos de brazos cruzados y miradas de carnero degollado.

—Me quedaré en el rancho.

—Me parece sensato. Y no olvides que mañana me doy una vuelta por allí.

—Le tendió la crema y los analgésicos a Jeremy—.

Le untas la zona afectada con suavidad por dos minutos y le vendas con una gasa y luego le ajustas la venda elástica para que le dé rigidez y compresión. Lo repites cuatro veces al día.

—¡ Hey ! Que puedo cuidarme sola.

—Lo sé, pero en estos casos, si tienes a alguien que te ayude es mejor. —Le tendió los analgésicos—. Tú administra esto cada seis horas según el dolor. Pero si no hay dolor, solo uno por día para la inflamación. Y no tengo muletas. Así que, Jeremy, tendrás que cargarla.

—No hay problema. Permiso, Sienna, te llevaré a la camioneta.

Y cargándola en brazos, se fueron.

Sebastian los vio marcharse.

Tanto él como Helena sabían que ambos estaban enamorados, pero ninguno cedía. Pues había llegado el momento para que intentaran dar el paso.