Capítulo 1
C uatro meses después...
Viernes
Habían pasado quince minutos de la seis de la tarde.
Y nada.
Sienna siempre salía un rato antes; sin embargo, ese día se estaba demorando. Tendría que hablar con Helena sobre estas demoras, así no se animaría jamás.
Resopló.
Todo el aplomo que había reunido ese día se estaba evaporando junto a los minutos que avanzaban sin parar.
Parecía un adolescente. En su vida había esperado por alguien.
Ni siquiera a la madre de sus hijos. Es que aquello había sido otra cosa, pero a Sienna la amaba, estaba completamente enamorado.
Y él que creía que se las sabía todas, que no había algo que no hubiera ya experimentado; sin embargo, helo aquí, sufriendo en sus entrañas las garras del amor.
Se cubrió el rostro con sus manos.
No podía seguir así.
Era un cobarde, un imbécil y un...
Jeremy, que estaba muy a gusto reprendiéndose a sí mismo, vio como Sienna salía de la veterinaria muy alegre del brazo de un hombre joven. Y la sangre se le heló...
Tanto tiempo planeando como acercársele que se le escurrió de entre los dedos sin notarlo. Era obvio que, de un momento a otro, ella sería el centro de alguien porque era magnífica. Tenía que aceptar la derrota; pero es que él nunca se daba por vencido. Tal vez... No. Sí. No, mejor no.
¡Dios! ¡¿Cuándo se había vuelto tan inexperto con las mujeres?!
¡Era una mujer!
Desde que ella se había marchado, él intentaba reunir valor para acercársele y decirle aunque sea los buenos días. Era un imposible, más aún que ese hombre había llamado su atención. ¿Qué tendría? ¿Cuarenta y ocho? ¿Cuarenta y nueve? Cincuenta como mucho.
Sonrió con desdén, ¡a quien quería engañar!
Con sus cincuenta y siete años era un viejo, y más aún para ella.
—¡Dios! —gritó a la vez que dio un salto en el asiento de su camioneta.
Helena había golpeado enérgicamente la ventanilla y seguía haciéndolo. Ni siquiera se daba cuenta de que le había dado un susto de muerte. ¡Esa niña! Y como si fuera poco lo miraba, a través del vidrio, como si él fuera algo con lo que ella tuviera que lidiar.
Bajó la ventanilla.
—¿Qué haces aquí? —gritó Helena mientras su padre intentaba hablar—. ¿Acaso no has visto cómo está el cielo? Un aguacero caerá pronto.
—Yo veo una preciosa puesta de sol —dijo Jeremy no sabiendo si seguirle la corriente a su hija o marcharse sin darle explicación alguna.
—Sabes tan bien como yo que aquella línea fina —señaló con su índice hacia el horizonte—, que se está engrosando con rapidez, no es otra cosa que viento y agua. Y ya sabes cómo son los vientos aquí.
—El servicio meteorológico no ha emitido alertas.
—En Nueva Orleans fracasaron las alertas y los resultados fueron catastróficos.
—Es verdad, pero eran otros tiempos y ahora la tecnología nos abruma por todas partes. Si hubiera posibilidad de tornados, ya se sabría. No estamos en época de huracanes. Esa línea fina no es más que frío.
—Como sea —dijo Helena rebuscando en su bolso—. Tendré que regresar a la veterinaria para asegurar algunas cosas.
—Te ayudo.
—¡No!, que para eso pago muy bien a dos personas. Tu vete... —su hija lo miró de esa manera como cuando quiere taladrarle la mente para escudriñar en sus pensamientos—, no me has dicho qué haces aquí, enfrente de la veterinaria.
—Nada. He venido a la ciudad porque necesitaba algunos insumos. —Helena miró disimuladamente en la cabina de la camioneta y estaba vacía, su padre la estaba vacilando—. Y pensaba saludarte y...
—Y ya me has visto. Y estoy bien. Ahora es mejor que vuelvas —Helena sabía muy bien qué hacía su padre allí y no iba a demorarlo, sino a darle una mano sin que él lo supiera—, porque la tormenta se acerca y yo tengo que regresar.
La muchacha cogió su móvil, marcó y esperó a que respondieran.
—Roger. Necesito que regreses a la veterinaria. He visto que se acerca una tormenta y debemos tomar precauciones. No estarás tan lejos, ¿no?
Helena veía exactamente que su compañero de trabajo estaba a escasos doscientos metros de ella, justo acompañando a Sienna. Jeremy también había visto como Sienna se había detenido en su caminar porque la persona que la acompañaba había cogido el móvil.
—Iba a llevar a Sienna hasta su casa. ¿Será que puedes esperarme media hora?
—¡Claro que no! ¿Tú crees que la tormenta esperará? Mi padre está aquí y vive en el mismo pueblo que Sienna. Él la llevará. Tú regresa inmediatamente.
—Sí, jefa. Estoy volviendo.
—Hija, creo que has sido un poco mandona, ¿no te parece? —acotó Jeremy.
—No. En el contrato que él firmó, especifiqué que, por tormentas o posibles tormentas, el personal afectado a la veterinaria debía quedarse a refugiar a los animales ingresados, tiempo que se computarían como horas extras. Ahora vete a recoger a Sienna, tienen un trecho hasta Wixon Valley.
—Hasta mañana, hija. —Helena enarcó una de sus cejas antes de despedir a su padre.
—¿Mañana regresas? Es sábado. —El tonito de su niña era desafiante.
—A recoger el pedido que he encargado hoy. —Eso explicaba por qué la cabina de la camioneta estaba vacía.
—Perfecto. Ven un rato antes así te tomas un café conmigo.
—Así lo hare.
—Hasta mañana, papá.
—Hasta mañana, hija.
Y sin querer, Jeremy se encontró de cara a su mayor quebradero de cabeza: Sienna Mitchell.
Se acercó despacio en su camioneta, recordándose que no tenía veinte años, sino cincuenta y siete.
Respiró profundo. Inhaló y exhaló con un esfuerzo atroz.
El corazón le bombeaba sangre a ritmos impensados.
Agradecía haber sido siempre un hombre sano, de lo contrario ya se le hubiera reventado la aorta.
Se detuvo donde la mujer de su vida lo esperaba.
Descendió del vehículo y se plantó delante de ella.
La miró con ternura, es que le hacía gracia que, a pesar de los diez centímetros de taco, ella debía mirar hacia arriba si quería verlo a los ojos. No era una mujer muy baja, pero él sí era muy alto. Altura que le beneficiaba para ciertas cosas y no tanto para otras.
—Buenas tardes, Sienna. Te llevaré a casa.
—Buenas tarde, Jeremy. No compartimos casa. Me llevarás a la mía.
Él asintió.
En otras circunstancias ella le diría que no, pero la tormenta que se avecinaba no presagiaba nada bueno, por lo que debía ser práctica y marcharse con él.
Era Jeremy Moore, no la comería.
Ambos rodearon la camioneta, él abrió la puerta y la ayudó a subir, pues el escalón del cuatro por cuatro era alto.
La tomó de la mano, como tantas otras veces, aunque diferente a todas ellas.
Esta era la primera vez que la tocaba luego de que ella lo hubiera abandonado.
Sienna Mitchell solo había renunciado a su antiguo trabajo; sin embargo, Jeremy sentía un profundo abandono que se había intensificado con el paso de los meses.
¡Y qué bonito era escuchar su voz una vez más!
—¿Cómo has estado? No he tenido noticias tuyas desde que te fuiste.
—Sabes dónde vivo.
—Creí que estabas enfadada conmigo —confesó él y ella sonrió.
—¿Por qué? Me he cansado de ti, pero no estoy enojada contigo. De ninguna manera.
—¿Regresarías?
—No. A tu lado no soy feliz.
Que le hubiera asestado una puñalada hubiera sido mucho mejor. En cuanto esas palabras llenaron el pequeño espacio, él se sintió morir y comprendió que debía dar un paso al costado y dejarla vivir su vida.
—No de esa manera, Jeremy. —Sienna miró por la ventanilla y suspiró, como si él fuera un caso perdido—. Eres una gran persona, pero no puedes delegar en mí responsabilidades que forman parte de tu vida privada. Eres adulto y tú debes resolver y, sobre todo, hacerte cargo de lo que haces.
—Sienna...
—No. Déjame hablar. Siento que te debo una explicación y hace unos meses estaba tan enfadada que ni verte quería, pero con el paso del tiempo comprendí que tú eres como eres y yo soy como soy, y que habíamos excedido el límite de la confianza.
Y cuando eso sucede las situaciones se desbordan.
En fin... el hilo se rompió por el lado más fino.
Pasé de ser tu secretaria a ser la persona para todo.
Y encontrarte con Louisa en la oficina fue demasiado. Yo...
—Lo siento. Lo siento tanto. Mi vida es un desorden y...
—Lo sé. Y es tu vida. Puedes hacer lo que quieras; sin embargo, no quiero estar implicada en esa aventura.
No has sabido separar el trabajo de la vida privada y para mí es primordial el respeto.
Y tú has rebasado todos los límites. No puedes pedirme que me haga cargo de tus conquistas. ¡No es ético!
—Sienna. Si vuelves...
—No, Jeremy. Tú eres así...
—¡No soy así!
—Los actos hablan por las personas. Las palabras solas son como hojas en el viento. Y tú has hecho demasiado. Que es tu vida y puedes hacer lo que te plazca, pero yo también puedo elegir, y prefiero no formar parte del desorden que te rodea. No me hace bien.
—¿Y ahora trabajando en la veterinaria sí estas bien?
—Pues sí. Es un trabajo normal. Cumplo con lo que tengo que hacer y me regreso a mi casa.
Tengo tiempo para mí. Helena no pide que me quede horas extras.
No me llama a las tres de la mañana. No me la encuentro semidesnuda en medio de una orgía en el trabajo en horario laboral.
Ella resuelve su vida amorosa, no me pide que yo le diga a Carter lo que ella debe decirle. Y si tengo una cita, no me la espanta.
—No te he espantado ninguna cita —dijo Jeremy asombrado.
—¿No?
—¡Claro que no!
—¿Y cuando me llamaste diciéndome que había enviado mal el informe a Austin y debía regresar a la oficina para hacerlo de nuevo?
—Él la miró con los ojos como plato—. ¿Y cuando me fuiste a buscar a Bryan porque necesitabas unos papeles urgentes de la oficina y no tenías las llaves?
¡En lugar de llevarte las llaves me llevaste a mí!
—Él tuvo la decencia de sonrojarse—. ¿Y cuando... ?
—¡Ya! Entendí... Lo siento. He sido un idiota.
—Cuando Aaron me contrató para ser la administradora del rancho, me dio mucho más que un trabajo.
Y tú me recibiste sin hacer ninguna pregunta y delegaste en mí todo el manejo comercial del lugar.
Te estaré eternamente agradecida por la confianza.
Eres una persona increíble, Jeremy; sin embargo, por alguna razón, te escondes bajo esa coraza de seductor que ha suplantado tu esencia.
En la intimidad de tu familia sigues siendo esa persona increíble, pero de cara a la sociedad te has blindado de una manera que no permites que nada traspase esa coraza.
Y yo... yo he quedado del otro lado. Del lado donde te ocultas —suspiró—, y simplemente me cansé.
—Sienna miró por la ventanilla—. Me cansé de ver todos los días cómo te esmeras para ocultar lo magnífico que eres y cómo te rebajas a ti mismo a ser una persona miserable.
¿Sabes qué? No te mereces el daño que tú mismo te estás haciendo.
Además, he llegado a un punto de inflexión donde no acepto la manera en la que te tratas y tratas a los demás.
El silencio se adueñó del momento.
La carretera se extendía como si fuera una infinita franja de nunca acabar.
Sienna volteó y su mirada se extravió en el paisaje que se extendía a los lados del camino, y Jeremy lo agradeció, de lo contrario hubiera visto como unas cuantas lágrimas invadían su rostro.
Atravesaron la entrada a Wixon Valley en silencio.
Las casas, salpicadas aquí y allá, daban vida a un paisaje que entrelazaba lo urbano con lo rural, convirtiéndolo en un sitio ideal para el descanso, claro que eso aplicaba si eras de ciudad, porque para las personas del pueblo, nada más movido que esa vida social, en especial si algún chisme se había perpetuado en el viento.
Es que los pueblos, como ya sabemos, tienen por costumbres arrojar chismecitos al aire y verlos caer como gotas de lluvia ácida, cuya procedencia es el cielo, sin que nadie se haga cargo de la primera palabra que desmadejó el ovillo.
Y los chimes de alcoba que enredaban a Jeremy Moore estaban en auge.
Obvio que no era el único, pues los viudos y los solteros hacían las delicias de los chimentos.
Wixon Valley...
Con pocos habitantes, pero con lenguas afiladas cual daga de doble filo.
Era esa magia de la camaradería entre todos —o casi todos— lo que daba grandeza a ese pequeño lugar cuya población iba en declive, pues pocos eran los niños que allí vivían ya que los jóvenes habían migrado a las ciudades vecinas de Bryan o College Station para estudiar o vivir sus vidas.
Y con el paso de los años, el pueblo había adquirido un tinte de ruralidad más marcado que lo convertía en un lugar idílico para el turismo de relajación, beta empresarial que la comisión estaba tratando en las reuniones vecinales para explotarla al máximo.
Ese era Wixon Valley.
Había pasado de ser una población con niños a ser una población adulta que, aunque pequeña, gozaba de buenos beneficios ya que contaba con médico, mercado, talleres, lugares de esparcimiento y de entretenimiento, sin contar con que el sheriff vivía allí.
Si bien su oficina central se encontraba en Bryan, su hogar estaba en el valle, por lo que se podía decir que era un pueblo muy bien cuidado a pesar de no tener casa policial allí.
Incluso los padres del médico habían residido en el pueblo, por lo que Sebastian trabajaba en los hospitales de Bryan y College Station y tenía consultorio en Wixon Valley.
De igual manera, los productores locales surtían el mercado común del «centro» (MCC) antes de poner la producción en marcha hacia otras zonas.
Y no faltaban los talleres de quienes deseaban enseñar algo de lo que sabían.
Sin olvidarnos de El Tortugo y de El Dormilón, los pubs locales que ponían ajetreo y locura todas las semanas y siendo el punto de encuentro de muchos durante las mañanas.
Y la fama de los hombres del valle, sobre que eran un buen partido para quienes buscaran una buena aventura, circulaba por los alrededores con la fuerza de un tornado; claro que había en ello un poco de misticismo y mentirijillas.
En fin, la misma población de Wixon Valley mantenía la vitalidad del pueblo y por ellos la vida circulaba por esas tierras de la misma manera en que la sangre lo hace por las venas.