Prólogo #2
—¡Sienna, por Dios! Llego a la oficina y encuentro todo cerrado y mis llaves las he perdido. —Ni loco le decía que las había aventado al lago—. Pensé que estabas enferma o algo así. ¡Nunca faltas!
—No he faltado...
—¿Cómo que no? ¡Estás aquí! Y... —con su mano la señaló de arriba abajo— así. Ni te has dado cuenta de la hora que es. Tengo una reunión a las nueve y...
—Sé qué hora es... ¿Cuál es el problema, Jeremy? —preguntó ella un tanto enojada y él captó ese cambio de humor.
—Necesito entrar a la oficina.
Sienna le cerró la puerta en las narices y segundos después volvió a abrir.
—Aquí tienes las llaves. No tienes que devolvérmelas.
—No entiendo...
—La que no entiende soy yo, porque no sé qué es lo que no entiendes. Eres inteligente, no eres sordo y sabes leer. ¡¿Qué no entiendes?!
—Por qué no vas a trabajar hoy y por qué no quieres que te regrese las llaves. Llaves que necesitarás mañana para abrir la oficina. Por lo que veo, hoy te tomarás el día libre.
—Ya lo decía mi abuela, no hay peor ciego que el que no quiere ver...
—Y Sienna comprendió, al ver su mirada confundida, que debía repetirle todo lo que le había dicho el día anterior y que era evidente que no había escuchado, no porque fuera sordo, sino por no reparar en ella—.
Ayer por la tarde te he dicho que no trabajaré más para ti.
Te he presentado la carta de renuncia y me pediste que la dejara sobre el escritorio. Allí debe de estar.
—¿Qué? —Jeremy no salía de su asombro.
—No quiero seguir trabajando contigo. No me siento bien a tu lado.
—Es por...
—Simplemente no quiero.
—No puedes renunciar.
—¿Por qué? —Una sonrisa irónica brotó de sus labios.
Jeremy la miró con profundo pesar. Su cerebro procesando a mil...
«Porque te amo. Porque no sé vivir sin ti.
Tu sonrisa y tu voz son todo lo que quiero oír al despertar y llego con ansias a la oficina solo porque sé que tú estarás allí.
Aprendí a amarte en silencio. Nuestras charlas...
Tu mano sobre la mía cada vez que coincidimos en coger lo mismo.
O cuando peleamos por los sacramentos con membrillo.
Todas y cada una de las veces que nos hemos quedado hasta la madrugada intentando que los presupuestos cierren...
esas han sido mis mejores noches. A tu lado.
Voy a volverme loco sin ti». Eso era lo que Jeremy anhelaba decirle, pero no se animó.
No pudo. En su lugar, el silencio lo invadió.
—Ni siquiera sabes por qué —dijo ella ante el silencio de él—. Adiós, Jeremy.
Cerró la puerta y se refugió en su habitación.
Era hora de pasar página, aunque doliera.
Jeremy Moore sintió que su mundo se derrumbaba.
Se quedó mirando la puerta por varios minutos.
Tenía el físico y la fuerza para derrumbarla, pero no las agallas.
Era un cobarde.
Le daba miedo expresar sus sentimientos.
Miedo a ser rechazado. Y es que había un noventa por ciento de posibilidades de que ella lo hiciera.
De un tiempo a esa parte él se había portado muy mal y sabía que ella reprobaba sus actitudes y sus actos y, sin embargo, él no había claudicado.
Seguía en sus trece saliendo con quien le pintara, como si fuese un adolescente.
¡Dios! ¡Era un hombre! ¡Un hombre mayor que debía enfrentar sus miedos y sus fantasmas y luchar por lo que quería!
Ese era el momento.
Golpeó la puerta otra vez. Y tres veces más hasta que Sienna le abrió.
Ella volvió a sorprenderse al verlo allí.
—No puedes irte. —El tono de su voz era categórico.
—¿Por qué? —insistió ella.
—Porque... no sé administrar el rancho sin ti. —Sienna sonrió. Sus ojos se detuvieron en los de él. Ambas miradas sostenidas una por la otra. El sibilante sonido de la brisa veraniega los envolvía.
—Has hecho todo solo. No me necesitas.
—Te necesito —susurró él.
—No.
Y sin dejar de mirarlo cerró la puerta.
Se apoyó en ella y las lágrimas, silenciosas, se adueñaron de su rostro.
Dolía, pero el momento de poner punto final había llegado.
Jeremy, inmóvil, contemplaba aquella puerta que lo separaba de ella.
No era la puerta. Era él.
Él y su estúpida cobardía, esa que no sabía cuándo le había ganado terreno.
Dio media vuelta y regresó a la oficina.
Su vida estaba a punto de cambiar, pues ya no sería lo mismo sin Sienna.
Sonrió.
Recordaba perfectamente el día en que la conoció. Él tenía unos cuarenta años y ella era una mujer joven a quien el hijo de Jeremy, Aaron, la había contratado como secretaria para la nueva oficina que llevaría los asuntos del rancho.
¡Dios! Había quedado hipnotizado por su belleza.
Sienna tenía veintinueve años y eso la convirtió en intocable.
Y a medida que fue conociéndola se fue enamorando más y más de aquella muchacha que era toda una mujer.
Se notaba que conocía el mundo y tenía ese sexto sentido para darse cuenta de las intenciones de las personas.
Y si bien sabía que Aaron la había contratado en Bryan, y que ella decía que era de Abilene, Jeremy intuía que había más.
Se le notaba que su escuela había sido la calle.
Sin embargo, y a pesar de todo, él nunca dejaría de ser casi doce años mayor que ella; y si debía ser honesto, ya estaba viejo para atraparla en una relación.
Se cubrió el rostro con sus enormes manos.
¡Estaba loco!
Sienna jamás le había dado alguna señal de estar interesada en él. ¡Jamás!
Llegó a la oficina. Entró y por primera vez en tantos años, el olor del café no invadió sus fosas nasales. La voz que tanto adoraba no le daba los buenos días. Y no lo volvería a hacer.
Miró hacia el escritorio.
Allí estaba el sobre.
Sin perderlo de vista, se sentó enfrente y, por un buen tiempo, lo contempló.
Se negaba a abrirlo.
Si lo abría, aceptaba que ella ya no estaba y casi que prefería pensar que algún día regresaría.
¿Y si no?
Tendría que buscarla.
El tiempo se lo diría.