Atardecer a tu lado
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Prólogo
L a luz de la luna se filtraba por la ventana iluminando las aspas que giraban con lentitud creando un suave murmullo que la arrullaba en las horas de sueño.
Las sombras parecían danzar en la pared y el aire fresco era un remanso para su piel.
Sin embargo, estaba abstraída en sus pensamientos.
Cuando decidía algo no tenía por costumbre retractarse, pero la duda la asaltaba.
Y esa sensación de inseguridad la aplastaba.
Aunque, siendo sincera consigo misma, debía admitir que su vida estaba allí y que no quería marcharse, empero era necesario para su estabilidad emocional.
Había aceptado, tiempo atrás, que estaba enamorada de ese hombre que ni siquiera sabía que existía como mujer.
Era una eficiente empleada, y eso no le molestaba, pero le hubiese encantado que reparara en ella como lo hacía con las demás.
No quería hacer con él lo que él hacía con las demás...
o sí. ¡Dios! ¡Quería a ese hombre! Había aprendido a quererlo a través de los años.
Era una gran persona y sabía que esa fachada de seductor empedernido era resultado de la soledad que albergaba su corazón.
Y, aunque era un hombre cauto, se había desmelenado varios años atrás.
Y ella estaba segura de que algo había ocurrido para que semejante cambio obrara en él de la noche a la mañana.
Sin embargo, ella estaba enamorada del hombre bondadoso y del padre ejemplar.
Lo quería bien y por eso le hacía daño verlo todos los días y anhelar algo más...
algo que nunca vendría. Y si a eso le sumaba el hecho de que el señor tuviera el tupé de pedirle que atendiera y se deshiciera de sus conquistas de una noche, podríamos decir que Jeremy Moore había tocado fondo y ella no estaba dispuesta a rebajarse por nadie.
Estaba cansada y desilusionada. Tal vez no estuviera realmente enamorada de ese imbécil y lo más probable es que fuera un espejismo ya que en Wixon Valley no había muchos hombres y Jeremy se le antojaba irresistible.
¡No! No se había equivocado, era el momento justo de marcharse; él ya sabría cómo desenvolverse solo y tal vez dejara de ser tan disoluto.
Suspiró.
A pesar de las dudas que la invadían, ya no podía retractarse, pues había dejado su renuncia firmada sobre el escritorio, y en la mañana él lo sabría.
Había peleado internamente consigo misma sobre si seguir viviendo en Wixon Valley o hacer las maletas y marcharse. Sin embargo, su corazón volvió a ganar la partida y no por Jeremy. Otro amor la retenía allí... su amor de madre.
Debía conseguir un trabajo en Bryan y seguir adelante.
Toda su vida se había resumido en mirar hacia adelante y avanzar.
¿Por qué iba a detenerse ahora?
Si frenaba corría el riesgo de ahogarse en su dolor.
Había logrado cierta estabilidad emocional que no debía perder.
Lo mejor era asumir que estaba sola. Que ese hecho no cambiaría. Y que de lejos, también podía disfrutar del amor.
Volvió a suspirar.
Las aspas, ahora, se le antojaron enormes brazos que la engullían en una oscuridad de la cual no había retorno.
Sonrió.
Había abrazado esa oscuridad treinta años atrás y la claridad era una ilusión.
No sabía la razón, pero estaba molesto. La luz de la luna no dejaba de fastidiarle los ojos, y esa sensación de que algo sucedería lo inquietaba sobremanera.
Las sábanas le fastidiaban y no era que la cama fuera incómoda, sino la compañía.
Ya ni sabía la razón de por qué seguía acostándose con Louisa, Martha o la que fuera.
Follar se había convertido en un mero ejercicio físico.
Un acto mecánico que le hacía creer, falsamente, que no envejecía.
Sonrió con ironía.
De todas maneras, no estaba haciendo nada malo, era viudo.
¡Viudo!
Viudo...
Se cubrió el rostro con sus manos.
Debía decirles la verdad a sus hijos. Era dolorosa, pero era la verdad.
O tal vez no. O tal vez sí. Si decidía que sí, entonces debía hacerlo antes de morir.
Tampoco era que iba a morirse ahora, o por lo menos eso esperaba, pero era una realidad que, para morirse, solo se necesitaba estar vivo; y él ya tenía sus cincuenta y siete años bien vividos.
Les debía esa verdad a sus hijos. Y lo haría, solo tenía que reunir un poco más de valor.
¡Valor!
Era un cobarde. Podía revolcarse con cualquiera, pero no podía decirle a la mujer que amaba esas dos palabras tan pequeñas, pero significativas: «te amo». Era verla e inhibirse. Es que su personalidad era tan avasalladora que él no tenía ni una oportunidad con ella.
De todas maneras, debía dejar de frecuentar mujeres en el pueblo y buscarlas en la ciudad o dejar de hacer esas idioteces de adolescentes.
Sería lo más sano.
Miró a su compañera de cama. Esa sería la última vez, y cuando él tomaba una decisión, la mantenía.
Era un hombre ecuánime, con claro sentido de la realidad.
Honesto y un poco pagado de sí mismo, es que la genética lo había dotado con una beldad natural que le permitía esgrimir esa seguridad que lo precedía, pero si eso le hubiera faltado, su personalidad avasalladora eclipsaba a cualquiera.
Es que era de esos tipos que tenía la palabra justa para el momento indicado, y sabía cómo abordar a las personas para hechizarlas.
Su encanto nunca fallaba, hasta que la conoció a ella, y todas sus tácticas se le hicieron aguas... Todas a sus pies, menos ella.
Ella lo volvía loco, pero era muy consciente de que no estaba a su altura.
Todo en él era fachada, cáscara que se resquebrajaba cuando ella lo miraba.
Y ella lo miraba como si él hubiera hecho algo malo.
Muy malo. Desde que la conocía —y de eso había transcurrido mucho tiempo, ya que trabajaba para él desde hacía diecisiete años—, nunca le había obsequiado una mirada que le permitiera avanzar; una mirada que le demostrara que él podía arar en su campo.
¡Nada! Todas eran miradas reprobatorias. Como si él siempre hiciera todo mal.
¡Dios! Lo volvía loco. Ella era...
Ni siquiera se atrevía a nombrarla, porque hacerlo sería aceptar que estaba enamorado y su vida sería un infierno. Ya lo era. Estaba hastiado de la vida miserable que llevaba.
Resopló.
Se vistió. Y se fue con la firme convicción de cambiar. Por él mismo.
Porque él se merecía algo bueno.
Ya era suficiente.
Debía afrontar el hecho de que estaba enamorado.
Se montó en su camioneta y regresó al rancho.
En la mañana resolvería de qué manera hablar con ella...
¡Mierda! No sabía qué diantres hacer.
Era patético.
No podía creer que a esa edad no se animara a hablar de amor con una mujer.
Lo mejor era cortar por lo sano y tantear el terreno.
Si encontraba las palabras adecuadas sabría si ella albergaba algún interés en él o no, después de todo no perdía nada con intentarlo.
Dirimiendo lo que haría, llegó al rancho.
Se duchó y se acostó.
Le quedaban cuatro horas antes del amanecer.
***
La mañana lo recibió con renovado entusiasmo.
Se vistió y desayunó con el ejército de ancianas que vivían con él.
Su madre, Maggie, la amiga de esta, Maddie, y Lilia, que había trabajado toda su vida en el rancho, rondaban los setenta y siete años, por lo que él se sentía muy joven al lado de ellas.
Sus hijos se habían marchado; Aaron vivía en Nueva York y Helena en College Station.
Así que su soledad y él habitaban el rancho trabajando día y noche, por lo que este sería uno de esos días en que se mataría trabajando para no pensar.
Debía arrear las vacas desde el norte hasta el corral de vacunación, verificar la construcción de la cerca sur del día anterior, reunirse por negocios con un inversor del oeste y pasarle a Sienna, su secretaria, la lista de los insumos del próximo mes.
Con la cabeza puesta en los mercados llegó a la oficina; descendió de su cuatro por cuatro y advirtió que todo estaba cerrado.
Miró su reloj pulsera y con asombro advirtió que la aguja pequeña oscilaba entre el ocho y el nueve mientras que la grande estaba clavada en el cuatro.
Eran las ocho y veinte de la mañana y todas las ventanas estaban cerradas, al igual que la puerta, cuyo picaporte no cedía al agarre de Jeremy.
¿Y Sienna?
Ella siempre era puntual.
Rebuscó en sus bolsillos sin éxito. La llave no estaba.
Regresó a la camioneta, pero allí tampoco estaba.
Resopló.
Sienna siempre llegaba antes de las ocho.
¡Mucho antes! Por esa razón lo había encontrado una vez allí con una de sus conquistas.
De pronto recordó qué había sucedido con sus llaves: las había arrojado al lago de su rancho, ese que estaba cerca del bosque.
Cerró los ojos de pura frustración. Luego de que Sienna lo encontrara con Louisa se había enojado tanto consigo mismo que, en un acto de bronca, las había aventado al fondo del lago.
Es que ese día había sido el peor de su vida.
La poca empatía que tenían se había hecho añicos por su estupidez.
Y, desde ese entonces, todo había ido en declive.
Volvió a mirar su reloj.
A las nueve había programada una reunión con un nuevo comprador de reses y todos los papeles que precisaba estaban allí dentro.
¿Estaría enferma?
Suspiró.
Iría a su casa.
Caminó y en nada estuvo allí, ya que la vivienda se encontraba solo a una cuadra.
Golpeó con suavidad la puerta una vez y luego otra. A la tercera Sienna apareció delante de él vestida con un camisón rojo a medio muslo, de tirantes y escotado, con una bata que lo adornaba a los costados. Una lencería que de inocente no tenía nada.
—¿Jeremy? —A las claras la mujer estaba sorprendida de verlo allí. Se cubrió con la bata, si es que eso cubría algo.
—¿Estás bien? —preguntó él intentando no mirar demasiado. Y ella, viendo su incomodidad, cerró aún más su bata y la anudó con fuerza.
—Perfecta. He dormido más de lo habitual y es un día precioso. ¿Qué necesitas?
—¿Que vayas al trabajo? —dijo él enarcando una de sus cejas.
—¿Qué trabajo? —Ella entrecerró sus ojos.