Atada al destino Capítulo 52 La marca de la pulga
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Capítulo 52 La marca de la pulga

(Perspectiva de Alexia)

En medio de la fastuosa celebración, mientras la música de orquesta llenaba cada rincón de la estancia y los meseros repartían las copas de champaña entre los invitados, desvié la mirada hacia uno de los costados del salón principal.

La escena que capté era digna de un guion de película de suspenso corporativo.

Una mujer ejecutiva sumamente atractiva, la hija de un importante empresario inversor que buscaba cerrar alianzas estratégicas con nuestra firma, se había acercado a George con intenciones más que evidentes de coqueteo, tocándole el brazo de forma sugerente sobre la tela de su traje de sastre.

Al notar el movimiento desde el otro extremo de la sala, vi cómo el rostro de mi amiga Maia se transformaba por completo en una fracción de segundo.

La ira pura y los celos territoriales le encendieron los ojos, borrando de un plumazo todos los miedos paranoicos que le tenía a la mafia, a los negocios ilegales y a las armas.

Sin pensarlo dos veces, Maia cruzó el salón de la recepción a paso de carga, abriéndose paso a la fuerza y haciendo a un lado a los invitados de alta sociedad que estorbaban su ruta.

Siendo una mujer tan pequeña de apenas un metro sesenta de estatura, se plantó con una fuerza implacable y un desplante indomable delante del gigante de casi dos metros de altura.

En un movimiento rápido, osado y certero que dejó a la ejecutiva atónita y congelada en su sitio, Maia tomó a George con fuerza por las solapas de su costosa chaqueta de sastre,

lo tiró hacia abajo con todas sus energías corporativas para obligarlo a curvar su imponente contextura hacia ella y le plantó un beso tan apasionado, posesivo, salvaje y demandante en los labios que todo el salón de la boda quedó en un absoluto, sepulcral y asombrado silencio.

Las conversaciones de los empresarios se detuvieron en seco y los cubiertos dejaron de sonar contra los platos de porcelana.

Me solté una risa limpia, feliz y llena de orgullo, recostando mi cabeza en el hombro de Alistair, quien miraba fijamente la escena con una ceja levantada y una sonrisa de absoluta victoria pintada en sus labios perfectos.

El mafioso más temible, peligroso y respetado de los bajos mundos de la ciudad acababa de ser dominado por completo y marcado públicamente como propiedad privada por una pulga de un metro sesenta frente a toda la alta sociedad neoyorquina y neozelandesa.

Así terminó el gran día de mi matrimonio.

Felizmente casada con el hombre que me rescató de la peor oscuridad de mi infancia, rodeada de la paz rural de Lincoln, dueña absoluta de mi propio destino arquitectónico y contemplando con diversión cómo la tormenta perfecta del amor reclamaba a su próxima víctima en nuestro tablero de ajedrez.