EPÍLOGO El jardín de las sombras
(Perspectiva de Alexia)
El invierno en Lincoln siempre traía consigo una brisa helada que mecía con fuerza las copas de los árboles del campus, pero en el interior del gran invernadero principal de la corporación Blake, el aire era cálido y olía a tierra mojada, pinos y flores silvestres.
Me limpié la frente con el dorso de la mano, manchando un poco mi mejilla con tierra fértil, mientras contemplaba con orgullo los planos del nuevo parque botánico que la municipalidad de la ciudad nos había encomendado diseñar.
A mis veintiocho años, ya no quedaba ni un solo rastro de la chiquilla asustada que temía mirar su propio reflejo en los espejos de cristal de la mansión Ferrer.
Mi nombre real y legal era Alexia Blake.
Me había convertido en la directora principal del departamento de Arquitectura Paisajista de la empresa, ganándome cada contrato internacional con mi propio cerebro y mis habilidades de diseño, tal como Alistair me lo había prometido una vez en el salón del penthouse.
Unos pasos firmes, pesados y decididos resonaron sobre las baldosas de piedra del invernadero.
No tuve que girarme para saber de quién se trataba; el aroma amaderado con notas de especias de su perfume se filtró de inmediato entre el olor de la vegetación, acelerándome el pulso de la misma manera que el día uno en el puerto.
Alistair apareció entre los helechos gigantes, vistiendo un traje gris de tres piezas de corte impecable, pero con la corbata ligeramente floja.
Sus ojos grises se clavaron en mí, suavizándose al instante con esa ternura devota que solo me reservaba a mí cuando estábamos a solas.
Se acercó a paso lento, rodeó mi cintura con sus brazos de acero y me pegó a su pecho, ignorando por completo que mi ropa de trabajo estaba sucia de tierra.
—Estás rompiendo los récords de horas extras otra vez, jefa —murmuró contra mi oído, con esa voz ronca que me causaba un escalofrío inevitable por la espina dorsal.
—Alguien tiene que hacer el trabajo real en esta empresa, señor Blake —le respondí con una sonrisa pícara, inclinando la cabeza para recibir el beso posesivo, tibio y profundo que me plantó en los labios de inmediato.
—El auto está encendido abajo —me informó, dándome un leve y tierno apretón en las caderas—. Tenemos que ir a la casa de campo de George. Maia organizó una cena familiar y amenazó con colgar a mi hermano de los pies si llegamos un solo minuto tarde.
Me solté a reír de buena gana mientras guardaba mis estilográficas y enrollaba los planos de diseño sobre la mesa de madera.
La vida de mi hermano George se había vuelto un absoluto torbellino cómico y caótico durante los últimos años.
El mafioso más temible, corpulento y respetado de los bajos mundos de Nueva York era ahora un hombre completamente dominado por una profesional de un metro sesenta que manejaba su agenda, sus finanzas y su temperamento con un solo parpadeo de sus ojos.
Maia había seguido mi consejo al pie de la letra: lo intentó, se adentró sin miedo en su mundo de sombras y terminó convirtiéndose en la reina indiscutible de su fortaleza de acero.
Caminamos de la mano hacia el estacionamiento privado del edificio.
Saqué las llaves de mi propio automóvil último modelo, abriendo la puerta del conductor con total independencia.
Alistair se acomodó en el asiento del copiloto con una sonrisa de suficiencia y orgullo, estirando sus largas piernas mientras miraba el reflejo de la alianza de oro blanco en su dedo anular.
Antes de encender el motor y pisar el acelerador, miré por el espejo retrovisor.
El sol del atardecer neozelandés teñía el horizonte de Lincoln de unos hermosos tonos dorados y violetas.
Pensé por un microsegundo en la mansión de cristal de mi pasado, en el sótano oscuro y en las cadenas invisibles de las que alguna vez creí que nunca escaparía.
Todo eso parecía ahora una vida ajena, una mala historia de suspenso escrita por perfectos extraños.
Miré de reojo al hombre sentado a mi lado, al lobo protector que había cruzado el océano Pacífico para romper mis olas y darme un verdadero hogar.
Ya no era una sombra invisible que se escondía en los rincones.
Era Alexia Blake. Era completamente libre, era amada con locura y, por primera vez en toda mi existencia, era la dueña absoluta de mi propio destino.
—¿Lista, cariño? —me preguntó Alistair, entrelazando sus dedos largos con los míos sobre la palanca de cambios del auto.
—Lista —le respondí con una sonrisa gélida y seductora, pisando el acelerador y avanzando con paso firme hacia el futuro que nosotros mismos habíamos diseñado en el tablero.
FIN