Capítulo 50 El balance de la libertad
(Perspectiva de Alexia)
Han pasado cinco años. Cinco años exactos desde el día en que tomé una pequeña maleta en la madrugada, crucé el océano Pacífico con un pasaporte falso y escapé de un infierno de oro y cristal para conocer la verdadera libertad.
Cinco años en los que aprendí a conducir mi propio auto, a diseñar mis propios espacios botánicos y a descubrir el significado del amor real.
¿Quién iba a pensar que el "viejo de esa edad" del cual huía con tanto desdén en aquel despacho del bajo mundo era el mismo hombre que hoy se ha convertido en el absoluto amor de mi vida?
Tengo veintitrés años y Alistair cumplirá treinta y tres en unos meses.
La diferencia de diez años de edad, que alguna vez me pareció una barrera corporativa e infranqueable cuando mis padres intentaron venderme, hoy no es más que un número difuminado por nuestra complicidad diaria.
Hoy me caso con él. Definitivamente me casaré con él ante las leyes de este país que nos dio un verdadero hogar.
El año pasado me licencié formalmente de mi carrera de Arquitectura Paisajista.
Todos los ramos técnicos y las prácticas profesionales los aprobé con notas sobresalientes; después de todo, llevaba años trabajando directamente en el área bajo la supervisión del jefe más exigente, perfeccionista y estricto del mercado.
Y como mi jefe directo en la oficina es Alistair Blake, y en la universidad ya saben perfectamente cómo es mi futuro esposo en el ámbito laboral, nadie puso la más mínima objeción a mis competencias profesionales.
No han sido cinco años color de rosa. Tuvimos que aprender a golpes de madurez, a moldear nuestras fuertes personalidades y a encontrar un balance perfecto entre lo laboral y lo personal.
Nos tomó bastante tiempo de adaptación, pero establecimos una regla de acero inquebrantable: los problemas del trabajo se quedan estrictamente en el ascensor.
En cuanto las puertas de cristal del penthouse se cierran detrás de nosotros, somos una pareja común y corriente; y de la misma manera, nuestros desacuerdos o discusiones de pareja se quedan estrictamente en casa.
No permitimos que nada afecte el rendimiento de la empresa.
Antes de organizar los preparativos definitivos de la boda, realicé una última visita a mi país de origen.
Fui a los centros penitenciarios para ver cara a cara a las personas que una vez fueron mis padres y mi gemela.
Quería ponerme a prueba a mí misma. Quería saber si al mirarlos a través del cristal protector sentiría alguna pizca de pena, de rencor, de odio o algún fantasma residual del sótano.
Pero cuando los tuve enfrente —delgados, demacraron y pagando el precio de sus propias perversiones—, no sentí absolutamente nada.
El vacío total. Mi alma estaba tan sana, limpia y restaurada que sus insultos ya no tenían ningún eco en mi pecho.
Ese doloroso capítulo se cerró con doble llave para siempre.
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