Atada al destino Capítulo 49 Las cenizas del imperio
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Capítulo 49 Las cenizas del imperio

(Perspectiva de Alexia)

Durante nuestra estancia en los Estados Unidos, tomé una decisión difícil pero estrictamente necesaria para cerrar las heridas de mi pasado de manera definitiva.

Quise visitar el centro penitenciario donde mi madre y mi hermana Adeline cumplían su reclusión preventiva a la espera de la sentencia final.

Alistair me acompañó sin dudarlo, manteniendo su mano firmemente entrelazada con la mía mientras cruzábamos los fríos controles de seguridad del penal de Nueva York.

Cuando los guardias las llevaron a la sala de visitas principales, nos quedamos impactados por el cambio.

No quedaba ni un solo rastro de las mujeres arrogantes, superficiales y pretenciosas que solían gastar fortunas en joyas de diseñador y alta costura.

Estaban completamente deshechas: delgadas, demacradas, con el cabello opaco y los uniformes grises de prisión les bailaban en el cuerpo debido a la pérdida de peso.

En ese entorno hostil, las otras reclusas y los mismos custodios las utilizaban como el desahogo de sus propias frustraciones debido a la estrepitosa caída de su estatus social.

Inmediatamente, en cuanto Adeline y mi madre me vieron a través del cristal protector —limpia, radiante, vistiendo ropa elegante y con nuestras manos entrelazadas mostrando con orgullo los anillos de oro blanco—, perdieron el control.

Sus rostros se desfiguraron por la pura envidia y comenzaron a gritarme una sarta de obscenidades e insultos hirientes a través del vidrio insonorizado.

Las miré fijamente por última vez, procesando en silencio que esas víboras ya no tenían ningún tipo de poder sobre mí.

Me puse de pie con una dignidad intacta y me di la vuelta, saliendo del lugar con Alistair sin mirar atrás ni una sola vez.

Luego fue el turno de visitar el pabellón de máxima seguridad del viejo Borgia Ferrer.

El hombre que una vez manejó redes de trata y se creyó el dueño absoluto del destino de sus hijas no estaba en mejores condiciones.

El aislamiento y el estricto régimen interno lo habían quebrado por completo; se había convertido en el perro faldero de los criminales más peligrosos de la prisión, quienes también lo ocupaban para sus perversiones más oscuras como castigo por sus crímenes pasados.

No quedaba absolutamente nada del monstruo arrogante que nos había recibido en su mansión.

Nos miró a través de la reja de acero con unos ojos hundidos y vacíos, arrastrando las pesadas cadenas de sus pies.

—Ustedes... ustedes lo orquestaron todo desde el principio —susurró con una voz ronca, temblorosa y llena de pánico, dándose cuenta finalmente de cómo nuestro tablero de ajedrez lo había aplastado sin piedad.

No le di el gusto de reclamarle nada, ni de llorar ante él, ni de recordarle las marcas y los azotes que me había propinado en el sótano.

Simplemente me incliné hacia adelante, le dediqué una sonrisa limpia, victoriosa y gélida, y nos dimos la vuelta para abandonar la prisión.

Salimos a las calles de Nueva York bajo el cálido sol de la tarde, respirando el aire de la verdadera libertad.

El pasado estaba sepultado bajo tierra, los culpables estaban pagando su condena y el futuro nos esperaba al otro lado del océano, listos para regresar a nuestro verdadero hogar en Lincoln.

* * *