Atada al destino Capítulo 48 Pulga de lobo
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Capítulo 48 Pulga de lobo

(Perspectiva de Alistair Blake)

El destino, que posee un sentido del humor bastante retorcido y letal, decidió cobrarme la palabra en ese mismo segundo.

Una muchacha menuda, de no más de un metro sesenta de estatura, que trabajaba como la pasante encargada de asistir a Alexia con los planos de la escuela y los archivos de Lincoln, entró apresuradamente al salón cargando un fajo enorme de carpetas técnicas.

Iba tan concentrada revisando sus anotaciones que no midió sus pasos y chocó de lleno, con un impacto seco, contra el duro pecho de mi hermano.

Cualquier persona en su sano juicio se habría disculpado de inmediato o habría temblado de puro terror al encontrarse de frente con un hombre de casi dos metros de altura, corpulento, de hombros anchos y portador del aura peligrosa del mafioso más temido de los bajos mundos de la ciudad.

Pero esta mujer no tenía un sentido común ordinario.

Levantó la cabeza con brusquedad, lo miró de abajo arriba con unos ojos encendidos en pura furia y lo encaró sin un ápice de temor en el rostro.

—¿Acaso te crees pared para estar ahí parado en medio del paso sin hacer nada, inútil? —le espetó directamente en la cara, con una fuerza y un desplante que nos dejó congelados a todos en la sala—. ¡Córrete de una vez, que yo sí tengo trabajo real que hacer!

Y sin esperar una respuesta de su parte, le dio un empujón firme con ambas manos en el hombro para apartarlo de su camino, cruzando el salón con paso decidido hacia la mesa de trabajo de Alexia.

Me solté una carcajada limpia y profunda que resonó con eco en toda la sala de juntas.

El gran George, el bastardo implacable que hacía arrodillar a los líderes criminales de los bajos mundos con un parpadeo, acababa de ser desplazado físicamente por una mujer que parecía una pulga a su lado.

Mi hermano se quedó estático en su sitio, completamente anonadado, prendado y con la mirada fija en el punto exacto por donde ella había pasado, como si le hubiera caído un rayo directo en la cabeza.

—Hermano... ¿acabas de ver eso? —me gritó George, girándose hacia mí con el rostro completamente desencajado y la voz alterada por la incredulidad—.

¡Me gritó a mí en mi propia cara! ¡Me gritó!

¿Quién carajos se cree esta mujer? ¿Quién demonios la va a aguantar con ese carácter de mierda que se gasta?

¿Por qué me viene a gritar y a empujar así?

¡Me tocó, Alistair! ¡Me tocó con sus manos y me empujó!

Alexia y yo nos miramos fijamente, haciendo un esfuerzo sobrehumano por contener la risa ante su desesperación.

Esa reacción desmesurada y paranoica de su parte fue la señal definitiva para mí.

Supe en ese preciso instante que había perdido a mi hermano para siempre ante los hilos del amor, y mi mujer supo, con la misma certeza, que acababa de perder el control de su pasante.

La pulga de lobo había cazado con éxito al cazador definitivo.