Atada al destino Capítulo 47 El dominio de la corona
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Capítulo 47 El dominio de la corona

(Perspectiva de Alistair Blake)

Regresar a los Estados Unidos no estaba en mis planes tan pronto, pero los negocios y el cierre definitivo de varias auditorías requerían mi presencia física en la sede principal de nuestra firma en Manhattan.

Sin embargo, esta vez la historia era completamente diferente.

Alexia no se quedó esperando de forma pasiva en el penthouse de Lincoln; me miró con una firmeza inquebrantable en los ojos y me dijo que venía conmigo a cruzar el océano Pacífico.

Cruzamos el mar en el avión privado, pero ya no en los roles del cazador y la presa que marcaron nuestro inicio, sino como dos iguales en el tablero.

Cuando entramos al imponente edificio corporativo de Nueva York, la tomé de la mano sin esconderme de las cámaras ni del personal.

Los anillos de compromiso de oro blanco brillaban con fuerza bajo las luces dicroicas del vestíbulo principal, captando la atención inmediata de los empleados.

Vi a más de una ejecutiva sénior y secretaria mirarnos con un odio mal disimulado, carcomidas por la pura envidia al constatar que el inaccesible Alistair Blake llevaba a su mujer de la mano con absoluto orgullo y posesividad.

Pero mi gata ya no era la muchacha sumisa que temía a las miradas juzgadoras de la alta sociedad.

Entró a la empresa mandando y dictando instrucciones con la autoridad innata de toda una señora Blake.

Nos dirigimos de inmediato a la sala de juntas principal y, en cuanto los directivos desplegaron los planos arquitectónicos de los próximos proyectos de desarrollo paisajístico de la firma, ella tomó el control.

Comenzó a corregir las líneas de diseño, a debatir conceptos botánicos y a exigir modificaciones estructurales severas al equipo de ingenieros con una seguridad implacable que los dejó mudos.

En medio de la tensa revisión técnica, la puerta de roble se abrió y apareció George. Mi hermano se quedó apoyado de hombros en el marco, con una ceja levantada, muerto de la risa al ver a mi pequeña gata dominar a un grupo de experimentados profesionales neoyorquinos.

—No te rías tanto, hermano —le advertí en voz baja con una sonrisa de medio lado, ganándome una mirada cómplice y divertida de mi mujer—. Te aseguro que muy pronto va a llegar tu turno, aparecerá la tuya en el mapa y ahí sí que me voy a reír yo a carcajadas.

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