Capítulo 46 El contrato definitivo
(Perspectiva de Alistair Blake)
Hacía muchísimo tiempo que no me divertía tanto en mi propia oficina. Cuando Alexia entró al despacho convertida en una furia protectora y territorial, tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no soltar una carcajada de pura satisfacción.
Ver a mi pequeña gatita, la misma que hace meses caminaba con los hombros encogidos por el miedo a su propio reflejo, plantarse como una verdadera reina y defender lo que es suyo ante una sanguijuela corporativa, fue el espectáculo más hermoso de mi vida.
Escucharla llamarme su prometido ante un tercero y marcar territorio con ese temperamento indomable me encendió la sangre de una manera completamente nueva.
Y cuando se sentó en mi regazo con esa audacia, mirándome con sus ojos plomos llenos de una posesividad limpia y desafiante, supe que el juego del destino se había completado a nuestro favor.
Miré el anillo de oro blanco que ahora brillaba con fuerza en mi dedo anular izquierdo. Su peso se sentía perfecto sobre mi piel, como un pacto de vida sellado no por la imposición de contratos corruptos de su padre, sino por pura voluntad mutua.
—¿Con que "lagartona descarada", eh? —le murmuré directo al oído, rodeando su cintura con mis brazos de acero, disfrutando de cómo su cuerpo se presionaba contra el mío—. No sabía que la futura señora Blake poseía un vocabulario tan afilado y letal cuando se ponía celosa en el trabajo.
—No estaba celosa en absoluto —replicó ella de inmediato, intentando recuperar su postura seria de asistente, aunque el rubor violento en sus mejillas la delataba por completo—. Solo estaba cuidando adecuadamente los intereses y la reputación de mi empresa, jefe.
—Claro, los intereses corporativos... —ironicé con una sonrisa pícara, inclinando la cabeza para besar la línea de su cuello, haciéndola estremecer sutilmente en mis brazos—.
Pero me parece que acabas de romper una de tus propias condiciones innegociables, nena.
Dijiste con mucha firmeza que nos casaríamos cuando terminaras tu carrera de arquitectura, pero le acabas de anunciar al mundo entero que la boda es pronto.
Alexia me miró de frente, entrelazando sus dedos con los míos sobre su regazo. El brillo idéntico de los dos anillos de oro blanco bajo las luces del despacho era el testimonio de nuestra propia victoria.
—La universidad puede esperar un semestre si es necesario, Alistair —susurró con una madurez limpia, y por primera vez en meses no vi ni un solo rastro de los fantasmas del sótano en su mirada—.
Ya no tengo miedo de atarme a ti de forma legal.
Aprendí a conducir, tengo mis propios ahorros guardados, mis propios planos de diseño...
y entendí que tu sombra no me esconde del mundo, sino que me protege de las tormentas.
Le atrapé los labios en un beso posesivo, profundo y cargado de una promesa eterna que nos unió en el sofá.
George tenía toda la razón del mundo: las cicatrices de su pasado habían sido profundas y dolorosas, pero en la tierra firme de Lincoln habíamos construido un imperio emocional que ningún viejo corrupto podría volver a tocar.
Mi gata ya no era el reflejo invisible de nadie; era Alexia Blake, la dueña absoluta del tablero de ajedrez y del corazón del lobo.