Capítulo 45 Marcando territorio
(Perspectiva de Alexia)
El tiempo voló en Lincoln a un ritmo vertiginoso.
Alistair cumplió su palabra al pie de la letra: me enseñó a conducir con una paciencia que jamás creí que un hombre de su temperamento poseyera, otorgándome esa independencia física que tanto anhelaba por las calles de la ciudad.
Sin embargo, trabajar bajo su supervisión directa en la empresa resultó ser un auténtico martirio diario.
Como jefe era insufrible: estricto, mandón, un perfeccionista implacable y terriblemente enojón si detectaba fallas.
No dejaba pasar ni un solo error en los reportes de diseño paisajístico que le entregaba por las tardes.
Pero lo peor del entorno laboral no eran sus altas exigencias profesionales, sino las mujeres que rondaban el lugar.
Durante meses vi entrar a una fila interminable de supuestas socias comerciales, modelos de alta costura y herederas de apellidos influyentes que inventaban cualquier excusa corporativa para meterse en su despacho privado, buscando descaradamente captar la atención del inaccesible Alistair Blake.
Ellas solo veían al exitoso empresario, pero yo sabía que él era mi protector, mi verdadero hogar y mi compañero de vida.
Un viernes por la tarde, tras revisar minuciosamente el estado de mi cuenta bancaria secreta, decidí que ya había sido suficiente de mantener un perfil bajo.
Con los ahorros acumulados gracias a mi excelente sueldo, acudí a la joyería más exclusiva del centro.
Compré un juego de anillos de compromiso de oro blanco, de diseño sencillo pero imponente.
Me coloqué el mío en el dedo anular y guardé el de él en el bolsillo de mi chaqueta antes de regresar a la empresa.
Cuando empujé las puertas dobles de su oficina para entregarle los reportes finales, la escena que encontré me encendió la sangre de inmediato.
Una mujer exuberante, vestida con un traje ridículamente ajustado, estaba inclinada sobre el escritorio de Alistair, acortando la distancia física de una forma que dejaba claras sus intenciones de seducción.
Alistair mantenía su típica expresión gélida e indiferente, pero la intrusa simplemente no captaba las señales de rechazo.
El trauma de la sumisión y la vieja timidez de mi antigua vida se evaporaron en ese microsegundo. Ya no era una sombra invisible para nadie.
Caminé con paso firme, haciendo resonar mis tacones con fuerza contra el suelo de mármol del despacho, y me planté directamente delante de ella, bloqueándole el paso.
Saqué la banda de oro del bolsillo y, sin quitarle los ojos de encima a la intrusa, tomé la mano izquierda de Alistair con posesividad y le deslicé el anillo en el dedo anular.
Luego, levanté mi propia mano izquierda para que el reflejo del metal brillara bajo las luces.
—Mira, lagartona descarada —le espeté con una voz firme, fría y letal que ni yo misma reconocí de mi pasado—.
Este hombre es mi prometido. Es mío, ¿entendiste?
Nos vamos a casar muy pronto, así que saca de mi empresa toda esa silicona que tienes porque nosotros no haremos ningún tipo de trato comercial contigo.
¿Te quedó claro el mensaje o prefieres que te lo repita en español?
La mujer abrió la boca de par en par, estupefacta, indignada y roja de la vergüenza ante mi ataque frontal.
Para rematar la jugada y dejar en claro quién llevaba las riendas de la situación, me giré con total naturalidad y me senté directamente en el regazo de Alistair, enredando mis dedos en su cabello oscuro.
La tipa tomó su bolso con las manos temblorosas y salió del despacho completamente humillada, dando un portazo que hizo vibrar los cristales de la oficina.
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