Capítulo 44 El pacto del lobo
(Perspectiva de Alistair Blake)
La escuché en absoluto silencio, analizando cada parpadeo de sus ojos y la firmeza con la que intentaba sostener su postura de negociación.
El beso con el que me había callado todavía me escocía con un rastro dulce en los labios, un dulce recordatorio que me costaba ignorar.
Pero sus palabras calaron hondo en mis pensamientos.
Verla desglosar sus miedos, sus traumas de la infancia y esa necesidad imperiosa de no volver a ser la sombra ni la prisionera de nadie, me generó un respeto aún más profundo por ella.
Todos en su antigua vida en Nueva York la creían débil e invisible, pero mi gata demostraba tener una columna vertebral de puro acero.
Cuando terminó de hablar, la apreté un poco más contra mi cuerpo, delineando la línea de su mandíbula con la yema del pulgar. Su piel estaba cálida, encendida por la determinación de sus exigencias.
—¿De verdad crees que voy a ser capaz de buscar a alguien más, Alexia?
—le pregunté con una voz extremadamente baja, ronca, que hizo que se le cortara la respiración por un microsegundo—.
He visto la peor porquería del mundo corporativo y del bajo mundo internacional.
He visto mujeres plásticas, interesadas, frívolas y huecas venderse por un fajo de billetes.
Tú eres la única persona real y genuina que ha entrado a mi vida en una década.
No existe estatus, ni madurez artificial en ninguna otra mujer que pueda competir contra el fuego que llevas en los ojos cuando me desafías.
Me incliné hacia adelante, acortando la distancia hasta que nuestras frentes volvieron a rozarse en el sofá, permitiéndole sentir la absoluta seriedad de mi respuesta.
—Acepto cada una de tus condiciones, cariño —sentencié, fijando mis ojos en los suyos—.
Estudia todo lo que quieras. Rompe los promedios de la universidad.
Diseña los mejores paisajes del país. El contrato de trabajo que tienes en las manos es el primer paso real para esa independencia económica que tanto buscas; te pagaré cada centavo por tu cerebro y tus habilidades de diseño, no por tu hermosa cara.
Y si quieres esperar a terminar tu carrera para llevar mi apellido de forma legal ante el mundo, te esperaré los años que hagan falta.
No tengo prisa. Ya te encontré, y el tiempo corre a nuestro favor.
Alexia soltó un suspiro largo, un hilo de aire cargado de un alivio tan puro que pareció restarle años de encima a sus facciones. Una sonrisa hermosa, limpia de miedos residuales, se dibujó en sus labios perfectos.
—Gracias, Alistair —susurró, rodeando mi cuello con sus brazos con una confianza que me dio la vida.
—No me agradezcas nada todavía, futura señora Blake —le respondí con una sonrisa pícara, recuperando el tono arrogante con el que solía molestarla—.
Pero ya que cerramos formalmente este contrato de negocios y de vida...
¿qué te parece si empezamos de una vez con tu primera lección de libertad práctica?
Los papeles del auto están listos en la mesa y el tanque de gasolina está lleno en el garaje. Es hora de aprender a conducir, nena.
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