Capítulo 40 El primer baile
(Perspectiva de Alexia)
—Espero que así sea —le respondi en un hilo de voz, aferrándome con más fuerza a la firmeza de sus hombros.
Alistair no esperó un solo segundo más. Redujo la distancia mínima que nos separaba, acunó mi rostro con sus manos grandes y me besó.
Fue un beso posesivo, profundo, cargado de una tensión acumulada durante días y de un torbellino salvaje de sentimientos que amenazaba con derretirme las piernas en el acto.
Era mi primer beso. Mi verdadero primer beso, y era con él.
Su lengua pidió permiso con una firmeza sutil y elegante que me hizo soltar un gemido ahogado contra su boca, y a partir de ahí, comenzamos una danza adictiva de caricias, roces y respiraciones compartidas que me nubló el juicio por completo.
El magnetismo físico era tan brutal e inevitable que, sin darme cuenta de mis propios movimientos, ya había envuelto mis piernas alrededor de su cintura para mantener mi cuerpo firmemente pegado a su anatomía.
Alistair, sin romper en ningún momento el contacto de nuestros labios, caminó con paso firme por el pasillo hacia la sala de estar.
Se sentó en el gran sofá de cuero conmigo encima, manteniendo sus manos fijas en mis caderas mientras el beso se volvía cada vez más intenso, devorador y necesitado.
Llevada por la inexperiencia absoluta y el calor abrasador que sentía encenderse en mi estómago, comencé a moverme inconscientemente sobre su regazo, buscando acortar aún más la distancia.
Alistair soltó un gruñido ronco, profundo y sumamente masculino.
Rompió el beso por un milisegundo, jadeando por aire, y me miró con sus ojos grises completamente oscurecidos por el deseo puro.
—Cariño... detente ahí —me dijo con la voz más gruesa y rasgada de lo normal, sujetando mis caderas con un agarre de acero irrompible para frenar mi balanceo sobre él.
Me detuve de inmediato en seco, con el corazón martilleando desbocado en mis orejas y las mejillas encendidas por un rubor violento.
Sin embargo, ya no había incomodidad ni miedo entre nosotros; en nuestras caras se reflejaba una alegría desbordante, una complicidad limpia y madura que jamás creí que podría experimentar con otro ser humano después del infierno de mi pasado.
Alistair apoyó su frente contra la mía, intentando estabilizar su respiración acelerada mientras una sonrisa pícara, genuina y protectora se dibujaba en sus labios perfectos.
—Me parece que voy a tener que irme de viaje de negocios más seguido —me provocó con tono arrastrado, dándome un último y tierno apretón en las caderas—. Quiero ser recibido de esta manera más a menudo, Alexia.
Me solté de su agarre con una risa nerviosa, sintiendo que el pulso todavía me temblaba por la intensidad de la química, pero sintiéndome completamente feliz. Me bajé de su regazo con cuidado y me acomodé el suéter negro de lana que me bailaba en el cuerpo.
—Ve a bañarte y a cambiarte de ropa —le dije, intentando recuperar mi papel de anfitriona formal mientras señalaba el pasillo con la mirada—. Tengo el almuerzo listo en la barra. El pastel de carne está en su punto exacto.