Atada al destino Capítulo 39 El contraste del regreso
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Capítulo 39 El contraste del regreso

(Perspectiva de Alexia)

—Pervertido —le dije al teléfono, con las mejillas encendidas por el calor pero con una sonrisa imposible de ocultar—. Te espero en casa.

Colgué la línea antes de que pudiera soltar otra de sus frases pecaminosas y arrastradas. Me quedé un momento con el aparato apretado contra el pecho, procesando el eco de sus últimas palabras. "En casa". Ya se estaba volviendo peligrosamente natural decirlo en mi mente.

Me senté en la alfombra de la sala y me concentré por completo en mis planos de Arquitectura Paisajista.

Quería terminar cada uno de los proyectos adelantados del instituto para tener el tiempo completamente libre cuando él llegara, de modo que pudiera enfocarme en mis nuevas labores de la empresa.

"¿Seguro que solo quieres trabajar con él?"

, me reclamaba mi propia conciencia con una voz burlona que decidí ignorar por completo.

Terminé los últimos bocetos a altas horas de la noche, con la espalda adolorida por la postura pero con una enorme satisfacción en el cuerpo.

Fui al baño, deje que el agua tibia me relajara los músculos y, al salir, busqué en el inmenso armario de Alistair.

Esta vez dejé de lado el gris y tomé un suéter de lana negro, igual de inmenso, suave y abrigador.

Me senté en el borde de la cama, encuadré la cámara de mi teléfono y me saqué una foto donde las mangas me cubrían las manos. Se la envié con un texto corto:

"¿Gris o negro?"

No pasaron ni tres segundos cuando la pantalla vibró con su respuesta encriptada desde el aire:

"Negro. Te queda espectacular, cariño."

Nos quedamos texteando durante un buen rato, intercambiando respuestas cortas y mensajes cargados de esa tensión eléctrica que ya se había vuelto nuestro idioma privado, hasta que el cansancio del viaje en su caso y el de los estudios en el mío nos venció por completo.

A la mañana siguiente, me levanté con una energía desbordante. Lo primero que hice fue llamar a la señora Aria para avisarle amablemente que no viniera hoy al penthouse; le expliqué que Alistair regresaría por la tarde y que yo quería encargarme personalmente de las tareas de la casa.

Tras tomar un desayuno bastante ligero, me amarré el cabello en una coleta y puse manos a la obra en la cocina. Quería prepararle el pastel de carne que la señora Aria me había enseñado a hacer el día anterior; era mi forma silenciosa e inexperta de agradecerle todo lo que estaba haciendo por mí.

Estaba terminando de limpiar la barra de la cocina, con el aroma delicioso del pastel recién horneado inundando cada rincón del penthouse, cuando el sonido rítmico y sordo del ascensor privado interrumpió la quietud de la tarde.

Las puertas dobles de cristal se deslizaron hacia los lados sin hacer el menor ruido.

Ahí estaba él.

Alistair cruzó el umbral cargando un maletín de cuero fino, vistiendo unos pantalones oscuros y un suéter de lana idéntico al mío, pero en color gris.

Me solté a reír con ganas al ver la coincidencia de vestuario, pero el impulso de la felicidad fue muy superior a mi timidez.

Dejé el paño de cocina sobre la barra, corrí por el pasillo a toda velocidad y me colgué literalmente de su cuello, hundiendo mi rostro en el espacio cálido entre su hombro y su oreja, respirando de golpe esa fuente principal de su perfume que tanto había extrañado durante los días de su ausencia.

Alistair soltó el maletín en el suelo de inmediato.

Sus imponentes brazos de acero me rodearon por la cintura, elevándome un par de centímetros del suelo para sostenerme con una firmeza absoluta contra la dura anatomía de su pecho.

Lo sentí inhalar con fuerza el aroma de mi cabello, pegándome a su cuerpo de una manera que me cortó la respiración por completo.

—Sí... De verdad quiero estar atada a ti —le susurré al oído, entregándole finalmente la respuesta definitiva a la nota que me había dejado en el sobre de manila.

Él soltó una risa baja, un sonido ronco que me vibró directo en el pecho, y me apretó un poco más contra su anatomía antes de hablar con esa voz gruesa y profunda que me ponía de los nervios.

—Si siempre que llegue a casa me vas a recibir de esta manera, cariño... te prometo solemnemente que nunca más me voy a volver a ir de tu lado —murmuró, inclinando la cabeza para buscar mis ojos con una intensidad desbordante que me nubló la razón.

* * *