Capítulo 38 La primera vela
(Perspectiva de Alexia)
Las lágrimas seguían corriendo por mis mejillas mientras la señora Aria me abrazaba con fuerza en la cocina del penthouse.
Era un llanto que no tenía nada que ver con el dolor físico que tantas veces me había quebrado en el sótano de mi padre; era el colapso absoluto de un muro de contención que había construido en mi pecho para no volverme loca durante años.
Lloraba porque, por primera vez en dieciocho años, alguien se había tomado el tiempo de celebrar que yo existía como individuo.
—Tranquila, mi niña. Todo está bien ahora —me susurraba la señora Aria, acariciándome la espalda con infinita ternura—. Mírate, eres una jovencita hermosa y hoy es tu día. Vamos, sécate esos ojos y sopla las velas antes de que se consuma el pastel.
Me aparté despacio, limpiándome la cara con la manga del suéter gris de Alistair.
Me senté frente a la mesa limpia de cristal, contemplando las dos pequeñas llamas que parpadeaban sobre la cobertura de chocolate.
Cerré los ojos e inhalé el aroma dulce de la repostería combinándolo con el perfume amaderado que flotaba en la estancia.
No pedí dinero, ni estatus, ni lujos artificiales.
Mi único deseo real fue que este momento de paz no fuera un espejismo, que esta libertad que acababa de recibir no se desvaneciera al despertar mañana.
Soplé las velas y la señora Aria aplaudió con entusiasmo, sirviéndome una porción generosa junto con un tazón de frutas frescas y café caliente.
Pasé el resto de la mañana devorando el desayuno más delicioso de mi vida y leyendo detalladamente los papeles del automóvil último modelo que Alistair me había dejado en el sobre de manila.
Cada vez que leía la nota manuscrita donde me invitaba a atarme a él y me prometía enseñarme a conducir, una corriente eléctrica me recorría el estómago.
A las dos de la tarde, después de que la señora Aria terminara de ordenar la casa y se despidiera de mí con un beso en la mejilla, me quedé sola en la inmensidad del penthouse.
El sol de Lincoln iluminaba la sala de estar a la perfección a través de los ventanales.
Decidí tomar mis libros de Arquitectura Paisajista y sentarme en la alfombra para avanzar con mis tareas de diseño estructural, tratando de concentrar mi mente en las líneas de los planos.
El silencio de la tarde se interrumpió a las tres en punto cuando el teléfono celular sobre la mesa comenzó a sonar con insistencia. Di un pequeño brinco en la alfombra y corrí a tomarlo. En la pantalla figuraba su número privado.
—¡Alistair! —respondí de inmediato, incapaz de frenar el latido desbocado de mi corazón.
—Feliz cumpleaños, mi pequeña gatita —se escuchó su voz a través de la línea, pero el sonido de fondo no era el de una oficina de Nueva York, sino el zumbido constante y rítmico de los motores de un avión en pleno vuelo—. ¿Te gustó la sorpresa que te dejé en la entrada?
—Me... me hiciste llorar, bastardo —le confesé en un susurro, sintiendo que las mejillas me ardían mientras apretaba el dispositivo contra mi oído—.
Nadie había hecho algo así por mí jamás.
El pastel, las velas, los planos antiguos...
y la nota del contrato matrimonial anulado.
¿Cómo lograste conseguir eso? ¿De verdad soy libre de ese viejo?
Al otro lado de la línea, se escuchó una risa baja, profunda y cargada de un suspenso que me erizó la piel por completo.
—Te prometí que tu padre no volvería a ponerte una mano encima, Alexia, y yo siempre cumplo mis contratos —respondió Alistair, y su tono de voz arrastrado me causó un vuelco en el estómago—.
El viejo del que huías ya no es una amenaza para tu futuro.
El imperio corrupto de los Ferrer se terminó oficialmente hoy.
—¿De qué estás hablando exactamente? —pregunté, frunciendo el ceño, sintiendo una repentina oleada de intriga ante el misterio en su voz—. Alistair, ¿dónde estás ahora mismo?
—Voy de regreso a Nueva Zelanda, cariño.
Mi avión privado acaba de despegar de Nueva York hace una hora —anunció con una calma absoluta—.
El viaje será largo, unas cuantas horas sobre el océano Pacífico, así que mantén las puertas cerradas y concéntrate en tus estudios.
Mañana en la tarde estaré en casa contigo.
Y espero que tengas puesto mi suéter gris para recibirme.