Atada al destino Capítulo 37 Hermanos de sangre y sombras
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Capítulo 37 Hermanos de sangre y sombras

(Perspectiva de Alistair Blake)

En cuanto el eco de las sirenas del FBI inundó las calles de Manhattan, el ambiente en la oficina presidencial se volvió asfixiante.

Miré de reojo a George y noté cómo la tensión se apoderaba de su imponente contextura.

A ningún hombre del bajo mundo le gusta estar cerca de la ley, no importa cuán poderosos sean sus lazos.

—Vete de aquí —le ordené en un murmullo firme—. Yo me hago cargo de lo que queda con los agentes. Desaparece.

George no lo dudó dos veces. Me dedicó un asentimiento rápido con la cabeza y se desvaneció por la salida de emergencia del piso presidencial con la agilidad de un fantasma táctico, justo antes de que los primeros agentes federales con chalecos antibalas reventaran las puertas principales.

Cuando el equipo del FBI entró al despacho con las armas en alto, mantuve la calma absoluta.

Me identifiqué como el inversionista que había destapado la red informática y les entregué de inmediato los antecedentes financieros, las grabaciones encriptadas de la cena de anoche y las ubicaciones exactas de los burdeles del extranjero.

Con esa última pieza del rompecabezas, todo el imperio corrupto de los Ferrer se desmoronó como un castillo de naipes.

El operativo no se detuvo en esa oficina.

Las patrullas cayeron de forma simultánea en la mansión familiar.

Arrestaron a todos: al viejo Borgia Ferrer, a su esposa y a mi futura cuñada Adeline junto con su patético prometido.

Confiscaron absolutamente todos sus bienes materiales, congelaron sus propiedades y las pocas cuentas bancarias que les quedaban.

Los tres quedaron tras las rejas, incomunicados, esperando una sentencia penal que los enterrará de por vida.

Mover mis influencias en el sistema penitenciario de los Estados Unidos fue un trámite sencillo gracias a mi capital.

Me encargué personalmente de que les dieran una bienvenida adecuada en sus nuevos hogares celulares.

Quería asegurarme de que el viejo Ferrer experimentara el mismo terror y aislamiento que le infligió a mi gata en ese maldito sótano.

Una vez que firmé las actas correspondientes con el fiscal federal, salí del edificio de justicia y le mandé un mensaje de texto cifrado a George: "Hazte cargo de cerrar las operaciones pendientes de la empresa aquí en Nueva York. Regreso en este mismo instante a Nueva Zelanda".

George puede ser un maldito bastardo, tal como él mismo se define en ocasiones, pero es mi mejor amigo y la persona de mi más entera confianza en este planeta.

¿Cómo es posible que un empresario de élite y un miembro de alto rango de la mafia tengan un lazo tan inquebrantable?

La respuesta está enterrada en el fango de mi infancia.

Cuando yo era apenas un niño de siete años, me secuestraron.

Me arrancaron de mi realidad para ser vendido y utilizado como un objeto de satisfacción para viejos asquerosos en las subastas del mercado negro internacional.

Cuando llegué a ese rincón oscuro del que ni no quería recordar la ubicación exacta, el hombre que manejaba los hilos del sector era el padre de George.

Otro bastardo temido por todos, un criminal de la vieja escuela.

Él me compró en una subasta clandestina.

Pero el viejo no me tocó. Al ver el pánico absoluto en mis ojos, investigó a fondo mi procedencia, rastreó mi paradero y descubrió la verdad más dolorosa de mi existencia: resulta que yo nunca fui secuestrado por extraños.

Mis propios padres biológicos me habían vendido por una suma miserable de dinero para salvar sus propias deudas de juego y mantener su fachada.

El padre de George me confesó años después que me compró porque vio en mí los mismos ojos de su propio hijo, la misma mirada de un niño expuesto prematuramente a la crueldad del mundo.

El viejo Ferrer y sus socios usaban la fachada de la respetabilidad legal para cometer atrocidades de trata; el padre de George hacía lo contrario: usaba el bajo mundo para sobrevivir, pero mantenía códigos estrictos.

Él me investigó, me protegió de los demonios y me dio la educación de élite necesaria para convertirme en el tiburón que soy hoy.

George y yo crecimos como verdaderos hermanos en medio de esa historia tan trágica y repleta de sufrimiento.

Por eso mismo no va conmigo el estilo de pasar de cama en cama, ni tolero la trata de personas bajo ningún concepto.

He visto la peor cara de la humanidad. Y aunque George es un mafioso con todas las de la ley, su organización jamás trabaja en esa área.

De hecho, nos hemos dedicado durante la última década a desmantelar de raíz a las otras mafias que sí destruyen vidas de esa manera.

Mis manos limpias de sangre se las debo a él; George siempre me protegió de los aspectos más violentos de su entorno, cuidándome de todo lo que tuviera que ver con los negocios de su mundo para que yo pudiera mantener una reputación intachable en el sector empresarial.

Es mi hermano de vida. Y a su padre yo le digo papá con orgullo, porque, aunque fuera un criminal ante la ley, ese viejo me dio la protección, el valor y el amor que mi progenitor biológico fue capaz de vender por un fajo de billetes.

Guardé el teléfono en el bolsillo de mi abrigo mientras abordaba el avión privado en la pista del aeropuerto JFK de Nueva York.

Las turbinas comenzaron a rugir, preparándose para cruzar el océano Pacífico de regreso hacia Lincoln.

El tablero en los Estados Unidos estaba completamente despejado, la basura estaba en su lugar y la venganza estaba consumada.

Ahora solo me importaba una cosa: regresar a mi verdadero hogar y abrazar a la mujer por la que estaba dispuesto a quemar el mundo entero.

* * *