Capítulo 36 Jaque al rey
(Perspectiva de Alistair Blake)
El sol de la mañana golpeaba los rascacielos de Nueva York con una luz fría y distante, pero en el interior del auto negro, la atmósfera era aún más gélida.
George tecleaba con una rapidez furiosa en su computadora portátil encriptada, devorando los datos que su software espía extraía en tiempo real de los servidores privados de Borgia Ferrer.
—Ya es hora, Alistair —dijo George, sin quitar los ojos de la pantalla de seguridad, con una sonrisa de pura malicia dibujada en el rostro—.
El viejo Ferrer está en su oficina principal ahora mismo.
Los analistas financieros de su empresa acaban de notificarle que todas las cuentas fantasmas en las Bahamas están completamente congeladas por una investigación federal de lavado de activos que nosotros mismos filtramos al Departamento de Justicia. Está al borde de un colapso cardíaco.
—¿And qué pasa con las pruebas de la trata de personas? —pregunté, acomodándome el abrigo oscuro con calma absoluta, mirando el edificio corporativo de los Ferrer a través del vidrio polarizado.
—Miller ya entregó las carpetas con los antecedentes, las ubicaciones de los burdeles extranjeros y las identidades falsas que usaban al cuartel general del FBI —aseguró George, cerrando la computadora de golpe—.
Los agentes federales con órdenes de aprehensión están en camino simultáneo hacia la mansión y hacia esta oficina.
El prometido de Adeline está atrapado también; intentó retirar los fondos de emergencia de las cuentas compartidas hace diez minutos y descubrió que su saldo está en cero absoluto.
Se destruyeron entre ellos mismos por pura codicia financiera.
—Perfecto —respondí, abriendo la puerta del vehículo con un movimiento pausado—. Subamos a darle las felicitaciones correspondientes a mi suegro por el cumpleaños de sus adoradas hijas.
Caminamos por el vestíbulo principal de la corporación Ferrer con el paso firme y seguro de dos verdugos listos para ejecutar la sentencia final.
El personal de seguridad privada del edificio intentó detenernos en el piso de la presidencia, pero la mirada letal de mis ojos y la imponente musculatura de George los obligaron a dar un paso atrás de inmediato por puro instinto de conservación.
Abrí las puertas dobles del despacho presidencial sin molestarme en tocar.
Borgia Ferrer estaba de pie junto a su inmenso escritorio de caoba, pálido como un muerto, con el teléfono pegado a la oreja y sudor frío chorreándole por la frente. Al vernos entrar al recinto, el aparato telefónico se le resbaló de los dedos, impactando contra la alfombra con un eco sordo.
—Señor... señor Blake —tartamudeó, intentando inútilmente recomponer su postura dominante de alta sociedad—. ¿Qué carajos hace aquí? Teníamos una reunión de negocios pactada para la tarde. Mis abogados están terminando de revisar los contratos de marketing.
—Sus contratos ya no valen ni el papel en el que fueron impresos, Ferrer —le interrumpí, metiendo las manos en los bolsillos de mi abrigo, bloqueando su única salida junto con George—.
Y sus abogados van a estar demasiado ocupados intentando que no le den cadena perpetua en una prisión federal de máxima seguridad.
El viejo retrocedió un paso instintivo, chocando la espalda contra el borde de su escritorio.
—¿De qué demonios está hablando? Esto es un atropello corporativo ilegal. Yo tengo influencias políticas, tengo socios muy poderosos en el sector.
—¿Socios poderosos? —George soltó una carcajada ronca, un sonido peligroso que heló por completo el aire de la oficina presidencial—.
¿Te refieres a los criminales internacionales a los que les vendías mujeres en el extranjero como si fueran ganado?
¿O a las fotografías de tortura que guardas en el sótano de tu mansión como si fueran trofeos de caza?
Al escuchar la palabra sótano, el rostro de Borgia Ferrer pasó instantáneamente de la palidez a un gris cadavérico y asqueroso. Sus ojos se abrieron con un pánico absoluto al darse cuenta de que su secreto más oscuro, retorcido y aberrante había sido expuesto por completo a la luz del día.
—Ustedes... ¿cómo carajos saben eso? —susurró, con la voz completamente quebrada por el miedo.
Me acerqué a él a paso lento, permitiendo que mi aura dominante lo obligara a encogerse de hombros sobre su propio mueble. Me incliné sobre su escritorio de caoba, fijando mis ojos en los suyos con una furia implacable y destructiva.
—Sé cada maldito detalle del infierno que le hiciste pasar a Alina en esa casa —sentencié con una voz que sonó como el trueno antes de la tormenta definitiva—.
Ella ya no es tu sombra, ni tu peón de negocios, ni tu mercancía de cambio.
Ahora está bajo mi total protección legal y personal, al otro lado del mundo, donde tu asquerosa mano nunca más podrá volver a tocarla.
Cada latigazo, cada lágrima y cada cicatriz física que le causaste en ese sótano...
la vas a pagar minuto a minuto tras las rejas de una prisión federal.
El juego se terminó para ti, Ferrer. Jaque mate.
En ese preciso instante, las sirenas de las patrullas del FBI comenzaron a resonar con fuerza en la avenida principal de Manhattan, rompiendo el silencio del mediodía en Nueva York.