Atada al destino Capítulo 35 El amanecer de los dieciocho
66%

Capítulo 35 El amanecer de los dieciocho

(Perspectiva de Alexia)

El despertador de mi teléfono celular sonó a las siete de la mañana en punto, rompiendo la quietud del dormitorio.

Me desperezé lentamente entre las sábanas oscuras de Alistair, frotándome los ojos mientras el aroma amaderado de su perfume me envolvía por completo.

Miré la pantalla y una mezcla de alivio absoluto, melancolía y libertad me oprimió el pecho.

Veinticuatro de julio. Hoy era mi cumpleaños. Hoy cumplía los dieciocho años.

Legalmente, la sombra de Borgia Ferrer ya no tenía ningún derecho sobre mi cuerpo ni sobre mis decisiones en ninguna parte del mundo. Era una mujer libre ante la ley de los hombres, aunque tuviera que usar un pasaporte con el nombre de Alexia para demostrarlo ante las autoridades fronterizas.

Me senté en el borde de la inmensa cama, acomodándome el suéter gris gigante de Alistair.

Una sonrisa involuntaria apareció en mis labios al recordar el mensaje que me había enviado la noche anterior desde el otro lado del océano Pacífico: "Todo lo que hay en ese lugar es tuyo. Si quieres, me incluyo".

Ese bastardo insufrible sabía perfectamente cómo ponerme los nervios de punta y acelerarme el pulso incluso a miles de kilómetros de distancia.

Me levanté del colchón y caminé descalza hacia la sala de estar.

Al pasar junto a la consola de la entrada, donde Alistair me había dejado las llaves físicas del penthouse, noté una caja de madera lacada en negro, de bordes elegantes y con un lazo de seda gris que no estaba allí el día anterior.

Encima descansaba una nota escrita con esa caligrafía firme, imponente y dominante que yo ya reconocía a la perfección, junto a un sobre de manila sellado.

"Feliz cumpleaños, mi pequeña gatita. Abre la caja primero. El sobre contiene tu verdadero regalo de libertad. Nos vemos muy pronto. A.B."

El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho.

Desataste el lazo de seda con cuidado y levanté la tapa de madera.

Dentro había un hermoso juego de planos arquitectónicos antiguos de la localidad de Lincoln, una pluma estilográfica de plata grabada con mis nuevas iniciales y un pequeño frasco con su loción personal, junto con una tarjeta que decía: "Para que no tengas que usar mi ropa para extrañarme".

Un calor dulce y abrasador me encendió las mejillas. Este hombre era simplemente irreal.

Dejé la caja a un lado y tomé el sobre de manila, rompiendo el lacre oscuro con cautela.

Saqué los papeles oficiales que venían en el interior.

Lo primero que captó mi atención fue una copia del contrato matrimonial arreglado que mi padre había redactado para mí, pero cruzado de esquina a esquina por un sello oficial de nulidad absoluta y penal.

Adjunta a este papel, había una pequeña nota manuscrita de Alistair:

"Ya eres libre de verdad. Nada te ata al viejo. ¿Puedes atarte a mí?"

Me llevé una mano a la boca, sintiendo que el corazón me latía con una fuerza descomunal ante la audacia y la belleza de su propuesta.

Debajo de esa nota, encontré otro documento oficial del gobierno neozelandés: el registro de propiedad de un automóvil último modelo que especificaba que estaba estacionado en el garaje privado del edificio residencial.

Al final de la página, Alistair había escrito con su pluma: "Cuando regrese al país, te enseñaré personalmente a conducir. Tu libertad tiene que ser completa, nena".

Terminé de leer todo con las manos temblorosas, procesando en silencio el impacto de tanta generosidad. En ese preciso momento, la puerta del pasillo se abrió suavemente y entró la señora Aria a la estancia. Al verme con los papeles en la mano, me dedicó una sonrisa inmensa y maternal.

—Buenos días, señorita Alexia. Feliz cumpleaños —dijo con voz sumamente dulce—. Venga a la cocina, por favor. Tengo algo muy especial preparado para usted.

La seguí de cerca y, al llegar al comedor principal, me quedé completamente paralizada en mi sitio.

Sobre la mesa limpia de cristal, la señora Aria había montado un desayuno espectacular, digno de un rey.

Pero en el centro exacto, descansaba un pastel pequeño de chocolate, bellamente decorado, con un par de velas encendidas que parpadeaban con suavidad en la penumbra de la mañana.

Nadie me había preparado un desayuno así en toda mi existencia.

En mi antigua casa, los cumpleaños eran eventos corporativos masivos y fríos enfocados en el estatus de Adeline, donde yo solo era un accesorio invisible obligado a sonreír ante los fotógrafos de prensa.

Nunca había tenido un pastel para mí sola, ni velas reales que soplar mientras pedía un deseo verdadero.

Sentí un nudo insoportable en la garganta.

Las lágrimas, contenidas por años de rechazo, humillaciones y maltrato en el sótano, se acumularon en mis ojos y comenzaron a rodar sin control por mis mejillas.

Rompí a llorar de una forma tan profunda, dolorosa y liberadora que la señora Aria dejó de inmediato lo que estaba haciendo y se acercó a mí, envolviéndome en un abrazo cálido, protector y lleno de un afecto real.

Lloraba de alivio, de felicidad y de absoluto asombro. Por primera vez en mis dieciocho años de vida, estaba experimentando lo que verdaderamente significaba tener un cumpleaños. Lo que verdaderamente significaba importarle a alguien en este mundo.

* * *