Capítulo 34 El pozo de la escoria
(Perspectiva de Alistair Blake)
Me di media vuelta y salí de esa cloaca.
No soportaba un maldito segundo más estar allí dentro.
El aire de esa mansión apestaba a falsedad, a codicia desmedida y a una podredumbre moral que me revolvía el estómago.
Caminé a grandes zancadas por el sendero iluminado, con los puños apretados dentro de los bolsillos del abrigo, conteniendo la fiera que amenazaba con romperme las costillas de pura rabia contenida.
Nos subimos al auto negro y George arrancó el motor de inmediato, perdiéndose rápidamente en las avenidas oscuras de Nueva York.
El silencio dentro del habitáculo insonorizado duró solo un par de cuadras.
Miré de reojo a mi amigo a través del espejo retrovisor; su rostro, habitualmente cínico y curtido por los peores escenarios de su entorno, estaba completamente rígido.
Su tono era más serio de lo que jamás le había escuchado en toda nuestra vida.
—Es muchísimo peor de lo que imaginé, hermano —soltó George, apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos—.
Ese viejo infeliz trabaja directamente con tus peores enemigos del sector.
Y no es solo un desvío de fondos o lavado de dinero.
Realiza trata de personas, Alistair. Las vende como mercancía a los burdeles del extranjero.
La empresa de marketing que tiene la usa exclusivamente como una fachada legal para limpiar el capital, en sociedad directa con las firmas del prometido de la plástica caminante.
Se me congeló la sangre en las venas. La furia fría que me caracterizaba se transformó instantáneamente en un iceberg letal. Pero George no había terminado de desglosar la información. Su voz bajó un octavo, arrastrando un peso que casi se podía palpar en el aire.
—El sótano, Alistair... Dios. Yo no sé cómo tu mujer sigue viva después de haber pasado por ahí —entré y registré cada rincón antes de que nos sentáramos a la mesa.
Tiene instrumentos de tortura de alto calibre.
Cadenas fijadas al suelo, látigos profesionales y herramientas diseñadas únicamente para infligir dolor físico.
Y lo peor de todo... tiene fotografías de tu gatita pegadas como trofeos de caza en la pared de piedra.
Fotos de ella lastimada, llorando en la penumbra.
No fue un castigo de una sola vez, hermano.
Fueron muchas. La destruían sistemáticamente cada vez que no encajaba en sus malditos planes comerciales.
Un rugido sordo y salvaje se me escapó de la garganta, rompiendo la atmósfera del auto.
El dolor y el sufrimiento que Alexia había tratado de explicarme en la cafetería de Lincoln cobraron un sentido monstruoso y real.
No eran simples reprimendas familiares de alta sociedad; la tenían encerrada en un verdadero matadero doméstico.
—Yo soy un hijo de perra, hermano —continuó George, mirándome fijamente por el retrovisor con los ojos oscuros llenos de una fría determinación—.
Soy un bastardo. Tengo las manos manchadas de más sangre de la que corre por mi propio cuerpo, tú lo sabes perfectamente bien.
Pero ni yo soy capaz de realizar semejantes atrocidades con un ser humano, y muchísimo menos con una hija de mi propia sangre. Es un monstruo que no merece respirar.
George hizo una pausa estricta, estabilizando su propia respiración antes de soltar la última pieza de información que había recolectado del servidor privado del despacho.
—El prometido de la plástica está metido en el fondo del hoyo financiero.
No tiene un solo centavo en sus cuentas; las mujeres, la droga y el alcohol se lo llevaron todo.
Está en la quiebra absoluta. Quiere casarse con Adeline desesperadamente para adueñarse de los negocios ilegales del viejo Ferrer y salvar su propio pellejo de las deudas del juego.
Ahora tenemos el mapa estructural completo, Alistair.
Hay que ejecutar el plan con frialdad. Esto ya no es solo una negociación corporativa o un rescate; es una puta guerra de exterminio total.
Apoyé la cabeza contra el respaldo del asiento de cuero, mirando fijamente la noche fría de Nueva York a través del vidrio polarizado.
Mis dedos buscaron instintivamente el teléfono en mi bolsillo, recordando la foto de mi gatita durmiendo a salvo en mi cama, al otro lado del planeta, envuelta en mi suéter gris protector.
"Te destruyeron la vida, mi pequeña gatita", pensé, y una lágrima de pura rabia contenida amenazó con nublarme la vista antes de transformarse en hielo. Pero ellos no sabían que le habían vendido su juego de codicia al mismísimo diablo.