Capítulo 33 La carnada y el fantasma
(Perspectiva de Alistair Blake)
Antes de cruzar el umbral de la mansión Ferrer, el teléfono encriptado vibró en mi bolsillo.
Lo saqué y la pantalla iluminó la penumbra del asiento trasero del auto.
Era una foto. Alexia se la había tomado justo antes de dormir, envuelta en mi suéter gris gigante que le cubría las manos y le daba un aspecto tan tierno y provocativo a la vez que sentí un vuelco directo en el pecho.
"Espero que no te moleste, hoy no fue una camisa", decía el texto adjunto.
Sonreí con malicia pura y le respondí en cuestión de segundos:
"Todo lo que hay en ese lugar es tuyo. Si quieres, me incluyo en el paquete. Cuando regrese a casa nos sacamos una foto juntos, ¿te parece?".
"¡Pervertido!", me replicó de inmediato junto a un par de emojis indignados.
Me guardé el dispositivo con una satisfacción que me tensó los músculos. Esa pequeña gatita me tenía por completo en la palma de su mano, pero ahora era momento de volver al papel de cazador implacable.
Al otro lado del océano, dentro de la opulenta propiedad, el ambiente apestaba a desesperación.
A través de los micrófonos direccionales que George ya había infiltrado en el perímetro, podíamos escuchar los gritos amortiguados de Borgia Ferrer antes de nuestra llegada.
El viejo tenía los ojos inyectados en sangre, consumido por una ira ciega porque sus hombres no lograban encontrar a Alina por ninguna parte.
La habían buscado en sus lugares conocidos, en aeropuertos locales, en terminales de autobuses, y no había ni un solo rastro de ella desde hacía una semana.
—¡¿Cómo no me di cuenta antes?! —se lamentaba el viejo Ferrer entre dientes, dándole un puñetazo a su escritorio de caoba—. Esos días que no bajó a comer debí sospechar algo. ¡¿Ahora qué carajos hago con Blake?!
Sonreí con frialdad mientras caminaba por el sendero principal de la entrada.
Justo cuando el pánico de la familia Ferrer estaba en su punto más alto, las puertas dobles del salón principal se abrieron de par en par y entré junto a George, quien vestía un traje de sastre impecable que camuflaba a la perfección su imponente contextura.
—Buenas noches —solté con mi voz más profunda y calculadora, rompiendo la tensión del lugar—. ¿Interrumpo algo importante?
—No, para nada, señor Blake —respondió el viejo Ferrer, tragándose la bilis de inmediato y forzando una sonrisa de complacencia absoluta.
A su lado estaban su esposa, Adeline y el patético prometido de esta.
En cuanto entramos, la gemela superficial me miró de arriba abajo y se lamió los labios de una forma descarada.
Luego desvió los ojos hacia George, escaneándolo con la misma mirada hambrienta; mi amigo es igual de alto, corpulento y dominante que yo.
"Qué asco", pensé para mis adentros, sintiendo una profunda repulsión.
Mientras mi gata era pura, inocente y genuina, en esta casa solo había pura podredumbre.
—¿Y mi prometida? —pregunté directamente, clavando mis ojos de tormenta en el viejo Ferrer, fingiendo demencia absoluta.
—Está terminando unos proyectos escolares de última hora —se apresuró a responder Adeline, intentando cubrir el agujero con una mentira barata—.
Como estamos terminando el año, hay demasiados trabajos acumulados.
Y como ella siempre deja todo para el final, se quedó con sus compañeros en el departamento de uno de ellos.
La mentira era tan burda que casi me resulta ofensiva. El viejo Ferrer, notando la frialdad en mi rostro y temiendo que me marchara de la oficina o de la casa antes de firmar el acuerdo financiero, intervino de inmediato.
—Pero pasemos al comedor, por favor. La cena está servida —insistió, guiándome hacia la mesa principal.
Inmediatamente, George se desvaneció del grupo.
Ese maldito infeliz es un verdadero fantasma cuando entra en modo de trabajo táctico.
Mientras yo captaba toda la atención de los Ferrer, él se escabulló por los pasillos oscuros para colocar los micrófonos de alto alcance y los rastreadores satelitales en los puntos estratégicos de la propiedad, incluyendo la entrada bloqueada hacia el sótano.
Cuando me senté a la mesa, Adeline se acomodó justo a mi lado, buscando cualquier excusa barata para rozar su hombro con el mío. Ni siquiera la tomé en cuenta; no era mi mujer y la diferencia entre ella y Alexia era abismal, como comparar un pedazo de plástico brillante con un diamante real.
Apenas nos sirvieron los aperitivos, sentí una vibración sutil en mi comunicador del oído derecho. Era la señal encriptada de George: todo el equipo de escucha estaba perfectamente instalado y transmitiendo en vivo a nuestros servidores privados. Todo listo.
Me levanté de la silla lentamente, llenando el comedor con mi imponente estatura, y clavé una mirada gélida y fulminante sobre el viejo asqueroso.
—Señor Ferrer —dije con una seriedad absoluta que borró la sonrisa hipócrita de todos los presentes—.
Como mi prometida no se encuentra presente esta noche, considero que esta velada no tiene ningún sentido legal ni comercial.
Por lo tanto, el contrato de marketing y todas las inversiones asociadas de mi firma quedarán completamente pendientes hasta después de la boda. Buenas noches.
El rostro de Borgia Ferrer se desfiguró por completo, volviéndose de un gris cadavérico por el impacto. Había movido mi primer peón en el tablero, y el jaque definitivo al portafolio de mi suegro acababa de comenzar.
* * *