Capítulo 32 El nido de las víboras
(Perspectiva de Alexia)
El penthouse de Alistair se sentía inmenso, pero extrañamente acogedor.
La señora Aria, una mujer neozelandesa de sonrisa maternal y manos tibias, me había preparado un pastel de carne delicioso que devoré en la barra de la cocina mientras conversábamos sobre las calles tranquilas de Lincoln.
Tras terminar, me retiré a su dormitorio principal.
Abrí el inmenso armario de madera oscura y me quedé estática por un momento.
Había hileras de trajes perfectos, pero en los cajones inferiores encontré camisetas de algodón limpias y suéteres de lana gruesa que gritaban su nombre con solo verlos.
Tomé uno de sus suéteres grises y me lo puse.
Me quedaba gigantesco; las mangas me cubrían las manos por completo y el ruedo me llegaba a los muslos, pero me envolvía en ese aroma amaderado tan característico que me hacía sentir protegida en medio de la nada.
Me senté en el borde de la inmensa cama, mirando el teléfono celular.
"Cenaré hoy en la noche con su familia y mi abogado", me había dicho Alistair por teléfono hacía una hora.
Deje escapar un suspiro suave y sonreí levemente.
Imaginé que Alistair debía estar lidiando con empresarios aburridos y familias corporativas de esas que sólo hablan de números, acciones y márgenes de ganancia.
Qué alivio tan grande sentía de estar tan lejos de ese mundo artificial.
Me recosté en los almohadones de lino, disfrutando de la paz infinita del penthouse, profundamente agradecida de que mis propios padres estuvieran al otro lado del océano Pacífico y de que su codicia ya no pudiera alcanzarme.
Me acomodé el suéter gris, sintiendo cómo el calor de la tela me relajaba los músculos por completo.
Mañana sería mi cumpleaños número dieciocho. Mañana sería, ante la ley del mundo, una mujer libre. Estaba lista para dejar atrás el pasado, concentrarme en mis planos de Arquitectura Paisajista y empezar a construir mi propio camino con mis propias manos.
No tenía la menor idea de que, a miles de kilómetros de distancia, Alistair Blake estaba cruzando en ese mismo instante las puertas de la mansión de mis padres, con George a su lado y el tablero de ajedrez listo para estallar en mil pedazos.