Capítulo 28 El roce del amanecer
Al salir de la ducha, el silencio absoluto del penthouse me confirmó que Alistair ya se había retirado de la habitación principal para darme espacio.
Me miré en el gran espejo del tocador vistiendo únicamente su camisa de vestir de seda blanca.
Me quedaba enorme, cubriéndome con holgura hasta la mitad de los muslos, pero lo mejor era que mantenía intacto su perfume amaderado en las costuras.
"Uf, qué delicia", susurré para mí misma, aspirando el cuello de la tela con los ojos cerrados, sintiéndome extrañamente protegida en medio del fin del mundo. Me reí sola en la penumbra del baño, avergonzada pero divertida por el rumbo tan audaz que estaban tomando mis propios pensamientos.
Salí al dormitorio y me deslicé entre las sábanas oscuras de su inmensa cama.
Su fragancia estaba impregnada en cada rincón del colchón y de las almohadas de lino, envolviéndome como un escudo invisible contra las amenazas de mi padre.
Fue mágico. Por primera vez en años, cerré los ojos y logré conciliar el sueño de manera profunda, tranquila y sin la sombra constante del miedo acechándome en la oscuridad.
Horas más tarde, a mitad de la madrugada, un estímulo sutil y sumamente delicado me obligó a salir lentamente del sueño. Desperté sintiendo unas caricias increíblemente tiernas en mi mejilla. Al abrir los ojos por completo en la penumbra, me topé directamente con su mirada de tormenta.
Alistair estaba sentado en el borde del colchón, perfectamente vestido con un traje de sastre oscuro que resaltaba su imponente porte corporativo, pero me miraba con una expresión de absoluta dulzura que me robó el aliento.
Al notar que lo había descubierto contemplándome con el cabello revuelto sobre la almohada, me regaló una media sonrisa limpia y genuina, una imagen que supe en ese instante que recordaría para siempre.
—Me voy al aeropuerto, cariño —anunció en un murmullo ronco, apartando con delicadeza un mechón de pelo de mi frente—. Cualquier cosa que pase o cualquier detalle que necesites, me avisas de inmediato a mi número privado. ¿Está bien?
—Está bien —logré asentir, todavía un poco adormilada por el cansancio acumulado.
Pero antes de que mi cerebro procesara la distancia mínima que nos separaba, las palabras salieron de mi boca sin ningún tipo de filtro o prudencia:
—Avísame en cuanto aterrices, por favor.
En cuanto la frase flotó en el aire del dormitorio, me quedé completamente tiesa debajo de las sábanas.
¿Por qué demonios acababa de decir eso? ¿Con qué derecho le estaba pidiendo a un hombre como él que me reportara sus movimientos de viaje?
, me recriminé internamente, sintiendo un repentino calor encender mis mejillas.
—Disculpa... —comencé a decir, tratando de retractarme rápidamente por mi audacia.
Sin embargo, Alistair me detuvo volviendo a acariciar mi rostro con la yema del pulgar, frenando mi disculpa. Su expresión se volvió aún más suave en la penumbra.
—No tienes que disculparte por eso jamás, Alexia —me interrumpió con total calma—. Te avisaré apenas el avión toque tierra.
Y entonces, hizo algo que jamás esperé de un tiburón de los negocios.
Alistair se inclinó un poco más hacia mí en el colchón y redujo la distancia a cero.
No fue un beso demandante, ni posesivo, ni agresivo; fue un roce de labios sutil, breve, pero cargado de una intensidad eléctrica tan brutal que me dejó acalorada y completamente congelada en el sitio a la vez.
El mundo entero pareció detenerse por un segundo en esa presión suave y perfecta.
Me agradó tanto sentir el tacto de su boca contra la mía que, en mi fuero interno, comprendí la inevitable verdad: estaba irremediablemente perdida por él.
—Sigue durmiendo, nena —añadió Alistair con voz pastosa y baja, sellando el momento con un último beso en la frente antes de ponerse de pie con elegancia y caminar hacia la salida.
La silueta de su imponente contextura se desvaneció en el pasillo y, segundos después, el eco de la puerta principal al cerrarse me indicó que se había marchado al fin hacia los Estados Unidos.
Me quedé flotando en el espacio de la cama, tocándome los labios con la yema de los dedos, con el corazón martilleando desbocado contra mis costillas. Me había besado de verdad.