Atada al destino Capítulo 26 La fragilidad del cristal
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Capítulo 26 La fragilidad del cristal

(Perspectiva de Alexia)

El silencio del penthouse me envolvía como una armadura pesada, amortiguando los latidos desbocados de mi corazón.

Alistair se movía por el espacio minimalista con una confianza felina que me intimidaba y me atraía a partes iguales, recordándome que estaba en el terreno de un depredador Alfa.

Se acercó a mí despacio, manteniendo las manos a la vista, como quien intenta no asustar a un animal acorralado.

—No te voy a hacer daño, nena —murmuró, y por primera vez su voz gruesa sonó extrañamente cálida, desprovista de cualquier asomo de burla o arrogancia—. Dame la mochila. Suéltala.

Mis dedos se aflojaron casi sin mi consentimiento, cediendo ante el tono de su orden.

Él tomó la mochila con una suavidad asombrosa para el tamaño de sus músculos y la dejó sobre una mesa de cristal cercana.

Luego, sin romper el contacto visual que nos unía, me guió con un toque sutil hacia el enorme sofá de cuero oscuro.

Me senté de inmediato, hundiendo las manos entre mis rodillas para ocultar el temblor residual que todavía no lograba controlar.

El aroma de su perfume amaderado estaba en todas partes, metiéndose en mis sentidos y mareándome la razón.

Miré el ventanal gigante que mostraba la ciudad de Lincoln de noche, un tapiz de luces pacíficas que se sentía tan lejano a la tormenta de paranoia que yo llevaba por dentro.

—Mañana tengo que salir del país por unos días.

Asuntos impostergables de la empresa corporativa —anunció Alistair, parándose firme frente a mí, cruzando sus brazos sobre su imponente pecho—.

Pero no te quedarás desprotegida. El edificio cuenta con seguridad máxima de circuito cerrado y mi personal local se encargará de traerte cualquier cosa que necesites.

Nadie puede entrar aquí sin mi autorización expresa.

Ni siquiera tu padre si de milagro cruzara el océano Pacífico.

Lo miré hacia arriba, sintiendo una opresión extraña en el centro del pecho ante la perspectiva de su ausencia inmediata.

—¿Por qué tienes que viajar precisamente ahora? —pregunté, intentando con todas mis fuerzas que mi voz sonara firme, aunque el hilo de sospecha me tensaba la garganta—. ¿Tiene esto algo que ver conmigo? ¿Con el mensaje de auxilio que te envié hace unas horas?

Alistair arqueó una ceja, y esa sonrisa enigmática, peligrosa y coqueta que me desvelaba por las noches volvió a instalarse en sus labios perfectos. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el respaldo del sofá, atrapándome una vez más en su espacio personal de forma asfixiante.

—Digamos que tengo que cerrar un trato de alta prioridad en los Estados Unidos, cariño —susurró, con sus ojos de tormenta brillando en la penumbra de la sala—.

Un acuerdo definitivo que garantizará que nadie en esta vida vuelva a ponerte una mano encima.

Duerme tranquila esta noche. Tu nueva vida comienza ahora, y yo me encargaré de romper las olas antes de que lleguen a ti.

Se enderezó con elegancia y caminó hacia el pasillo, dejándome sola con el eco de sus palabras flotando en el aire.

Mañana sería el día antes de mi cumpleaños.

El día en que legalmente dejaría de ser una menor de edad bajo el estricto control de mis padres.

Pero mientras contemplaba las luces doradas de Lincoln, un presentimiento helado me recorrió la columna vertebral.

Alistair Blake ocultaba demasiadas piezas en su tablero, y el juego en el que me había metido por pura supervivencia era muchísimo más grande y peligroso de lo que mi pasaporte falso podía proteger