Atada al destino Capítulo 25 El peso del pánico
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Capítulo 25 El peso del pánico

(Perspectiva de Alistair Blake)

Sé perfectamente que no soy un hombre virtuoso. He tenido que moverme en terrenos donde la piedad es una debilidad mortal, pero verla así de asustada en medio de mi sala, bajo mi absoluto techo, despierta en mí un instinto posesivo y protector que me cuesta horrores contener.

Mírala. Está parada como una pequeña estatua de marfil, apretando esa mochila contra su pecho como si fuera el único escudo capaz de salvarla del mundo exterior, con sus ojos plomos abiertos por el desespero y las mejillas encendidas por el frío y la adrenalina.

Tiembla de pies a cabeza. Y aunque detesto con cada fibra de mi ser el sufrimiento que arrastra por culpa de su maldita familia, una parte oscura, egoísta y territorial de mi naturaleza está profundamente satisfecha.

Me buscó a mí. Cuando el mundo se le vino encima y las sombras de su pasado la paralizaron, su mente no pensó en acudir a la policía local, ni en rogarle ayuda a su casero, ni en nadie más. Me llamó a mí en medio de la madrugada. Corrió directo a mi guarida en busca de refugio.

Ella no tiene la menor idea de que este penthouse, el mismo lugar que hoy contempla con tanta desconfianza y fascinación, se convertirá en su hogar definitivo en cuanto deje de luchar contra lo inevitable.

Porque va a dejar de luchar. Tarde o temprano comprenderá que aquí no hay cadenas corporativas, sino un santuario diseñado exclusivamente para ella.

El imbécil que vio en el callejón era un rastreador de George.

Mi orden de vigilarla las veinticuatro horas del día fue ejecutada con demasiada torpeza por ese maldito infeliz; se dejó ver en el perímetro y terminó desatando el trauma de su pasado.

Tendré que hablar seriamente con mi hermano en cuanto pise Nueva York.

Necesito profesionales de primer nivel en Lincoln, fantasmas invisibles que la cuiden desde las sombras sin que ella note un solo parpadeo, porque ya está lo suficientemente asustada y lo último que quiero es que asocie mi protección con el acoso.

—Déjala ahí —le dije con una voz suave, modulada con cuidado, dando un paso lento en su dirección para no alterar sus alarmas—. La mochila. Déjala en el suelo, Alexia. Estás a salvo aquí.

Ella me miró, tragando grueso, con esa terquedad tan suya grabada en las facciones de su rostro, pero sus nervios estaban completamente destrozados.

El tiempo corre en mi contra y las piezas del tablero tienen que moverse con una precisión milimétrica.

Mañana por la mañana debo tomar mi avión privado de regreso a los Estados Unidos.

Tengo que coordinar esa dichosa reunión de negocios con mi adorado futuro suegro y ver qué cara pone cuando me reciba en su despacho presidencial.

Pasado mañana es el cumpleaños número dieciocho de mi gata.

Ese es el Día Cero. La fecha exacta en la que la bomba va a estallar en esa opulenta mansión de Nueva York, justo cuando se den cuenta de que la boda perfecta y el contrato del cien por ciento de ganancias se han ido directo al demonio porque la novia simplemente no está.

Aprovecharé mi estancia allá para infiltrar a mi propio equipo táctico en las propiedades de los Ferrer.

Quiero un mapa estructural completo de su residencia.

Necesito saber con exactitud matemática qué demonios esconden en ese sótano, cuáles son los secretos más oscuros y asquerosos que resguarda Borgia Ferrer.

Para jugar al ajedrez con tipos de su calaña, tengo que mantener el tablero completamente despejado y los movimientos claros.

Le voy a dar donde más le duele: en el flujo de dinero, en el estatus social y en su miserable orgullo aristocrático.

Ellos no se van a quedar de brazos cruzados cuando descubran la huida, lo sé perfectamente.

Moverán cielo y tierra para encontrarla.

Y no solo ellos; la familia del prometido de su gemela, esos ricos corruptos que financian sus adicciones con el lavado de activos, también se verán salpicados por la mierda que voy a desenterrar.

Nadie toca a mi mujer y se sale con la suya. Nadie.

* * *