Atada al destino Capítulo 24 En la guarida del lobo
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Capítulo 24 En la guarida del lobo

El auto se adentró en las zonas residenciales más exclusivas y costosas de la ciudad, deteniéndose finalmente en el estacionamiento privado de un imponente edificio de cristal y acero.

Subimos en un ascensor de alta velocidad que nos llevó directo al penthouse, requiriendo un código de seguridad para abrir las puertas.

Cuando el elevador se deslizó hacia los lados, el espacio me recibió con una estética imponente y profundamente varonil: líneas minimalistas de diseño europeo, muebles de cuero oscuro pulido, ventanales gigantescos de piso a techo que mostraban un tapiz de luces pacíficas de la ciudad y, sobre todo,

ese perfume amaderado y especiado que me volvía loca y que aquí flotaba en el aire como una neblina invisible y embriagadora.

Fue en ese preciso instante, cuando el eco de la puerta principal al cerrarse resonó con fijeza en la estancia, que la adrenalina del escape comenzó a bajar de golpe y la cruda realidad me abofeteó la cara.

"¿Pero qué demonios acabo de hacer?", pensé, abriendo los ojos de par en par mientras apretaba la mochila contra mi pecho con fuerza renovada.

Había cometido un error monumental. Presa del pánico y el desespero de mi pasado, había huido de una jaula de cristal familiar para meterme por voluntad propia en la guarida de un hombre del que no sabía absolutamente nada.

Un hombre peligrosísimo que jugaba en los límites de la ley, que dominaba su entorno con un parpadeo y que me deseaba abiertamente sin esconder sus intenciones.

Estar aquí, bajo su techo, a solas en la penumbra de la noche y con los nervios destrozados, era el equivalente literario a jugar con fuego en una habitación llena de pólvora.

Alistair se quitó el abrigo oscuro y lo arrojó sobre el sofá de cuero con total desparpajo, dejándome ver la tensión de su espalda ancha y cómo sus músculos se marcaban a la perfección bajo la fina tela de su camisa gris de sastre.

Se giró lentamente sobre sus talones para mirarme de frente, atrapándome una vez más con sus intensos ojos de tormenta.

Analizó el temblor residual de mis manos y el descontrol de mi respiración en silencio.

El suspenso en el aire del penthouse era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.

Estaba atrapada en su órbita, y lo peor de todo, lo que verdaderamente me aterraba de mi propia naturaleza, era que una parte muy profunda de mí no quería escapar de allí.