Capítulo 23 La noche del pánico
El frío de la noche neozelandesa me caló los huesos mientras seguía pegada a la pared, inmóvil, como si el menor movimiento pudiera delatar mi posición ante la amenaza exterior.
El teléfono celular me temblaba en la mano de una manera incontrolable.
La sombra en el callejón se había desvanecido en la penumbra, pero la paranoia me arañaba el pecho con garras afiladas, desenterrando los recuerdos del sótano, las amenazas y el dolor físico que tanto me habían quebrado el espíritu.
En un acto de pura desesperación, buscando el único anclaje que mi mente reconocía como seguro en este país desconocido, busqué la tarjeta de presentación negra y digité su número privado con dedos torpes. Mis lágrimas de frustración empañaban la pantalla táctil mientras escribía a toda velocidad.
"Hola, soy yo. Alexia. ¿Sabes si mi papá descubrió dónde estoy? Hay alguien vigilando fuera de mi casa. Tengo mucho miedo de que sea su gente."
No pasaron ni diez segundos cuando la pantalla se encendió, cortando la oscuridad de la habitación con un brillo blanco. La respuesta fue directa, autoritaria y desprovista de cualquier burla:
"Quédate adentro. Cierra los pestillos de las puertas. Voy por ti."
Fue una cuestión de minutos. El silencio sepulcral de la calle residencial se rompió por el rugido sordo y potente del motor de su auto, que se detuvo de golpe justo frente a mi porche.
Alistair bajó a grandes zancadas, cruzando el jardín con una prisa arrolladora que jamás le había visto.
En cuanto abrí la puerta principal, la luz del farol exterior me permitió ver su rostro: se notaba visiblemente agitado, con la mandíbula tensa por la furia contenida y su mirada gris convertida en puro fuego letal.
—Vamos —sentenció, tomándome con suavidad pero firmeza del brazo.
No lo pensé. No razoné las consecuencias de mis actos.
El pánico absoluto me había nublado por completo el juicio y mi cuerpo reaccionó por puro instinto de supervivencia.
Tomé mi mochila, metí a toda prisa mis documentos escolares reales, el contrato de trabajo de su corporación, mis libros de arquitectura paisajista y salí detrás de él, dejando la pequeña casita a oscuras.
Ya dentro del habitáculo insonorizado del vehículo, el viaje de regreso hacia el centro de la ciudad fue un torbellino de nervios y adrenalina.
Yo no paraba de mover la cabeza hacia todos lados, escaneando obsesivamente los espejos retrovisores y las esquinas oscuras de las avenidas de Lincoln, convencida de que los hombres de Borgia Ferrer saldrían de cualquier rincón para arrastrarme de vuelta al infierno.
El pánico me tenía respirando de forma rápida y entrecortada.
De repente, una calidez firme, grande y segura envolvió por completo mi mano derecha. Alistair había soltado el volante con una mano para entrelazar sus dedos largos con los míos. Su agarre fue un ancla de acero instantánea que me detuvo el temblor.
—Tranquila, cariño. Mientras yo respire, nada malo te va a pasar —dijo con una voz profunda, desprovista de su habitual tono burlón. Era una promesa absoluta, el pacto silencioso de un protector que no pensaba dar un solo paso atrás.
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