Capítulo 22 El silencio que precede a la tormenta
La noche cayó sobre Lincoln con un silencio casi fantasmal, un frío denso que parecía filtrarse por las rendijas de las paredes.
En la seguridad aparente de mi pequeña habitación, el segundero del reloj de pared parecía sonar con un eco exagerado, incrementando la inquietud que me arañaba el pecho.
Me senté en la orilla de la cama, con los papeles que Alistair Blake me había entregado esparcidos sobre las mantas oscuras.
Mis dedos rozaron la tarjeta de presentación negra con letras de plata.
Alistair Blake. El nombre flotaba en la penumbra del dormitorio como una presencia física y dominante.
Desdoblé el contrato de trabajo con una mezcla de sospecha y desesperación, esperando encontrar una trampa oculta entre las cláusulas legales.
Pero lo que leí me dejó sin respiración.
El puesto asignado era el de Asistente de Gestión de Proyectos de Diseño y Enlace de Información.
Un cargo que encajaba a la perfección con mis horarios universitarios y que, misteriosamente, parecía diseñado a la medida exacta de mis capacidades.
Sin embargo, lo que verdaderamente hizo que el corazón se me diera un vuelco fue la cifra del salario mensual impreso al final de la página.
Era un monto exuberante. Una cantidad de dinero que no solo cubriría mis materiales de arquitectura y mis comidas diarias, sino que duplicaría mis ahorros en cuestión de meses.
Era la independencia absoluta en una bandeja de plata.
"¿Por qué un hombre tan poderoso me ofrecería esto a cambio de un par de cenas y algunos reportes por correo?"
, me pregunté, sintiendo un escalofrío helado recorrer mi espalda.
En el mundo del que yo venía, nadie daba nada gratis.
Mi padre me había enseñado con crueldad que todo ser humano tiene un precio de compra en el mercado.
¿Cuál era el precio que Alistair Blake esperaba cobrarme a mí?
Un crujido repentino fuera de la casa, sobre la grava del jardín, me hizo ponerme de pie de un salto. El trauma de la sumisión y el miedo a ser arrastrada de vuelta al sótano de mi padre se activaron al instante.
Me acerqué a la ventana a paso lento, conteniendo la respiración para no hacer el menor ruido, y aparté la cortina apenas unos milímetros. La calle estaba desierta, iluminada a medias por los faroles amarillentos de la avenida. No había nadie. O al menos, eso quería creer para mantener la cordura.
De repente, una sombra alta se recortó con fijeza bajo la copa de uno de los grandes árboles del frente.
No era Alistair; su postura era diferente, acechante.
Era alguien más, un hombre de chaqueta oscura que miraba fijamente hacia mi ventana antes de desvanecerse con agilidad en la oscuridad del callejón lateral.
El pánico absoluto, ese viejo conocido que creí haber dejado al otro lado del océano Pacífico, volvió a instalarse con una fuerza brutal en mi pecho, impidiéndome respirar.
Cerré la cortina de golpe y pegué la espalda a la pared, con el contrato de trabajo apretado con fuerza contra mi pecho.
Estaba libre, en el fin del mundo, pero la certeza de que el peligro me acechaba desde las sombras se volvía cada vez más real.
Alistair Blake me había entregado las llaves de mi libertad, pero al mismo tiempo, sentía que acababa de firmar un pacto invisible con el mismísimo demonio.