Atada al destino Capítulo 20 El peso de un nombre
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Capítulo 20 El peso de un nombre

Extendí la mano y tomé el papel doblado, notando que las yemas de mis dedos temblaban levemente al rozar los suyos.

Lo desdoblé despacio en mi regazo y mis ojos escanearon las líneas del formulario oficial del gobierno neozelandés hasta detenerse, con fijeza, en el recuadro asignado para el tutor legal.

Ahí estaba. Escrito con una caligrafía firme, elegante y de trazos imponentes: Alistair Blake.

Era un nombre que parecía llenar el habitáculo con solo leerlo en silencio.

Sonaba dominante, aristocrático; el tipo de apellido que cargaba con el peso invisible de imperios financieros y un respeto absoluto capaz de poner de rodillas a cualquiera en el mundo corporativo.

El magnetismo de esas letras impresas me atrapó sin remedio, generando una mezcla de peligro y extraña seguridad en mi pecho.

—Alistair Blake... —susurré, y el solo hecho de pronunciar su nombre en voz alta hizo que una corriente eléctrica me recorriera la espina dorsal—. ¿De verdad eres consciente de la responsabilidad que estás asumiendo por una chiquilla que apenas conoces?

Levanté la vista para sostenerle la mirada, pero mi orgullo flaqueó ante la cercanía de su cuerpo.

Mis ojos, traicionando mis defensas, se desviaron sin control hacia la firmeza de sus brazos, la línea de su torso marcado bajo la tela fina de la camisa gris y el poder que emanaba de su anatomía.

"Es pecado, es una locura...", me repetía a mí misma en un mantra desesperado para recuperar la cordura. No debía mirarlo de esa manera.

Él notó de inmediato la dirección de mi escrutinio. Con una arrogancia insufrible, pasó una de sus manos lentamente por su propio pecho, delineando su silueta con una sonrisa cargada de picardía.

—¿Quieres tocar con confianza, cariño? —me provocó con esa voz ronca que me trastornaba.

Antes de que pudiera formular una respuesta cortante o procesar el peligro inminente, Alistair se movió con la agilidad felina de un cazador experto.

En un parpadeo, sus manos de acero se cerraron en mi cintura y, venciéndome por completo el peso, me subió directamente sobre su regazo, quedando sentada sobre él.

No hubo un toque indebido; mantuvo sus manos firmes en mis costados, sosteniéndome segura contra su cuerpo mientras el espacio en el auto se reducía a nada y nuestras respiraciones se mezclaban.

—Toca todo lo que desees —murmuró desde abajo, con sus ojos plomos oscurecidos por una promesa peligrosa.

El pánico y un deseo abrasador que jamás había experimentado se mezclaron en mi pecho, causándome un cortocircuito mental. Presa de los nervios, comencé a removerme sobre él en un intento desesperado por liberarme de su agarre y regresar a mi asiento de copiloto.

De repente, el agarre de Alistair en mi cintura se volvió una prensa de acero. Su respiración se cortó de golpe y, con una voz muchísimo más gruesa, profunda y rasgada de lo normal, me advirtió con firmeza:

—Cariño... no te muevas ahí.

Me congelé en el acto, con la respiración suspendida.

Lo miré a la cara y él me apretó todavía más contra la dura anatomía de su cuerpo.

Fue en ese milisegundo de fricción cuando lo comprendí todo de golpe al sentir la inequívoca reacción de su cuerpo debajo de mí.

Mis mejillas ardieron como si les hubiera caído fuego directo y abrí los ojos como platos.

—¡Eres... eres un pervertido! —le espeté, completamente escandalizada y con el pulso a mil por hora.

—En el aviso de contratación no hay engaño, nena —respondió él con una sonrisa ladina y una soberana autosuficiencia.

Me soltó con suavidad, permitiéndome regresar a mi asiento de copiloto.

Se reía de una forma tan limpia y genuina que, por un microsegundo, me fascinó descubrir ese lado humano en él; sin embargo, el orgullo y la vergüenza ganaron la batalla en mi mente.

Me crucé de brazos haciendo la ofendida y clavé la mirada fijamente en el vidrio de la ventana, intentando ocultar el descontrol de mi propio corazón.