Atada al destino Capítulo 19 El precio de un tutor
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Capítulo 19 El precio de un tutor

Él estacionó el vehículo a una cuadra de mi pequeña casita, en una zona residencial apartada, bajo la sombra protectora de unos grandes árboles nativos neozelandeses.

Apagó el motor, pero el silencio repentino que inundó el habitáculo solo sirvió para intensificar la atmósfera cargada que vibraba entre los dos.

Se desabrochó el cinturón de seguridad y se giró en su asiento para mirarme de frente, apoyando un brazo con soltura en el respaldo del copiloto.

—Dejando las distracciones de lado por un momento...

—dijo, y su tono de voz abandonó la burla para recuperar la gravedad del hombre serio que mandaba en el despacho—.

Sé perfectamente lo del tutor porque conozco al derecho y al revés las estrictas políticas de la Universidad de Lincoln para los alumnos internacionales.

Y sé, con la misma certeza, que estás planeando desesperadamente pedírselo al dueño de tu casa esta tarde.

Lo miré sorprendida, apretando la correa de mi mochila. De verdad parecía tener la alarmante capacidad de leerme los pensamientos.

—Es un trámite legal de alta responsabilidad, Alexia —continuó, fijando sus ojos de tormenta en los míos con una seriedad absoluta—.

Un casero común y corriente no va a estampar su firma en un formulario donde se hace responsable legal y financiero de ti ante el gobierno de este país en caso de una emergencia médica, un problema migratorio o un accidente.

Ningún ciudadano se va a arriesgar de esa manera por una inquilina extranjera que acaba de conocer hace tres días.

—Tengo que intentarlo de todas formas —respondí, intentando mantener una postura firme a pesar de que sus argumentos eran aplastantes—.

No tengo a nadie más a quien recurrir en este rincón del mundo.

No puedo permitir que me suspendan la cuenta de la universidad mañana al mediodía. Mi libertad depende de esa carrera.

Él no dijo nada de inmediato. Extendió su mano larga hacia la guantera del auto, la abrió con un movimiento pausado y extrajo un documento oficial doblado en tres partes. Luego, lo extendió en mi dirección.

—Ya está firmado —sentenció con voz plana y segura—. Mi nombre real, mi firma legal verificada y el registro de mi corporación aquí en Nueva Zelanda están impresos en ese papel. Preséntalo mañana a primera hora en la oficina de registro internacional.

Me quedé mirando el documento sin atreverme a tocarlo de inmediato, sintiendo que el corazón me daba un vuelco violento.

—¿Por qué... por qué harías algo así por mí?

—le pregunté, clavándole la mirada, intentando descifrar las intenciones ocultas detrás de su mirada gris—.

Convertirte en mi tutor legal significa que la universidad te llamará a ti ante cualquier inconveniente.

Significa vincularte a mí de manera oficial ante las autoridades de este país.

¿Qué es lo que verdaderamente ganas tú con todo esto?

Él guardó silencio por unos segundos, analizándome con una intensidad tan profunda que me erizó la piel.

—Te dejé muy claro que tenemos un trato, cariño —murmuró, acortando la distancia entre nuestros rostros, permitiéndome respirar su perfume directamente—.

Tú aceptas mi compañía cuando yo esté en la ciudad, y yo me encargo de que tu padre no te encuentre, de que nadie te ponga una mano encima y de que puedas estudiar con absoluta tranquilidad.

Míralo como una inversión a largo plazo.

* * *