Capítulo 18 Líneas difusas
Subir a su auto fue una capitulación absoluta ante mis propios nervios.
En cuanto cerré la puerta de entrada, el habitáculo me recibió impregnado por completo en su perfume: una fragancia intensa, con notas amaderadas y un magnetismo peligrosamente varonil que parecía adueñarse del aire.
El bullicio del campus y el ruido del mundo exterior se desvanecieron por completo detrás de los cristales insonorizados.
Me quedé estática en el asiento del copiloto, incapaz de apartar la mirada de sus manos mientras sujetaba el volante de cuero con firmeza.
Tenía los dedos largos, fuertes, con venas ligeramente marcadas que subían por sus antebrazos.
Un pensamiento intrusivo y audaz me golpeó la mente en un segundo de debilidad: me pregunté cómo sería acortar la distancia, buscar refugio en su cuello y respirar directamente ese aroma que me ponía de los nervios.
Abrí los ojos de golpe, espantada de mis propias divagaciones, sin haberme dado cuenta de que contenía la respiración.
Sentí que el mundo me daba vueltas. ¿Yo teniendo ese tipo de intenciones con este sujeto?
Estaba fantaseando a plena luz del día en medio de una avenida principal.
Definitivamente el estrés del escape me estaba volviendo loca.
Una risa baja, profunda y rítmica me sacó bruscamente de mi debate interno.
—¿Qué estás analizando tanto, señorita? —preguntó él, sin apartar la vista de la carretera, pero con una sonrisa de suficiencia que encendió todas mis alarmas—. ¿Qué crees que puedo hacer con estas manos? ¿O prefieres que te regale un frasco de mi perfume para que lo puedas aspirar con más calma?
El muy desgraciado se puso a reír abiertamente, disfrutando de mi pánico evidente.
—No estaba pensando en absolutamente nada de eso —dije de inmediato, forzando una voz firme, distante y profesional que sonó muchísimo más falsa de lo que me habría gustado admitir.
—Claro... —ironizó él, disminuyendo la velocidad del motor al acercarse a una esquina residencial—.
Respirabas con una insistencia curiosa, Alexia.
Y no dejabas de detallar mis movimientos.
Si alguna vez quieres averiguar de lo que soy capaz, cariño, solo hace falta que me lo pidas.
Te aseguro que cumplo con las expectativas.
Me puse roja de la ira y de la vergüenza en una fracción de segundo. El calor me subió por el cuello como una llamarada incontrolable.
—¡No! ¡Claro que no! Mantén la distancia, por favor —exclamé, girándome bruscamente hacia la ventana del copiloto.
Pero cuando dije eso, ni yo misma me creí mis propias palabras de orgullo.
El aire dentro del vehículo se sentía tan denso, tan cargado de una química silenciosa, que me costaba respirar con normalidad.
—Claro... —repitió él con ese tono arrastrado, burlón y profundamente seguro de sí mismo—. Repítelo todas las veces que sea necesario para que te lo creas tú misma. Mi oferta sigue en pie.
Me guiñó un ojo a través del reflejo del espejo retrovisor. Era insufrible. Totalmente insufrible y consciente del efecto desestabilizador que causaba en mí.
—Ufff... hace demasiado calor aquí adentro —murmuró, abanicándome la cara con la mano en un intento desesperado por cambiar de tema y disipar la tensión.
—¿Prefieres que baje la ventana para enfriar tus pensamientos?
—me ofreció, y cuando lo escuché reírse otra vez, bajito y divertido por mi incomodidad, sentí un escalofrío eléctrico recorrer cada fibra de mi cuerpo.
Estaba completamente indefensa ante su juego de seducción, atrapada por una tensión física que me aceleraba el pulso a niveles peligrosos.