Capítulo 16 El costo de la independencia
El lunes por la mañana, las imponentes puertas del campus de la Universidad de Lincoln se abrieron finalmente para mí.
Caminar por los senderos arbolados con mi mochila al hombro, respirando el aroma del césped recién cortado y observando los planos arquitectónicos expuestos en las vitrinas de los pasillos, me dio una descarga de pura adrenalina.
Me había inscrito formalmente en la carrera de Arquitectura Paisajista, el lienzo perfecto para combinar mi amor por la tranquilidad, la naturaleza y el diseño de espacios estructurales.
Gracias al desvío estratégico de dinero que había realizado durante meses desde la cuenta de manutención de mi padre, tenía cubierto por completo todo este primer año académico.
El alivio financiero era enorme, pero no absoluto.
Como estudiante extranjera, la institución me exigía pagar el arancel completo del año por adelantado para asegurar el visado, lo que había absorbido una parte sumamente importante de mis fondos ocultos.
Aunque todavía me quedaban varios ceros en mi cuenta secreta, sabía que no podía confiarme ni derrochar.
Necesitaba conseguir un trabajo a tiempo parcial lo antes posible para cubrir mis gastos diarios de alimentación, transporte y materiales de dibujo, protegiendo mis ahorros como un respaldo económico de emergencia.
En mi situación, el dinero no era un lujo; era sinónimo directo de libertad.
Me dirigí a la oficina de registro internacional para terminar de firmar mi acta de matrícula definitiva. La secretaria, una mujer neozelandesa de mediana edad con una sonrisa amable, revisó mis papeles falsos bajo el nombre de Alexia.
—Todo está en perfecto orden con tu visa de estudiante y tus pagos, Alexia —dijo, tecleando rápidamente en su computadora—.
Solo nos falta un último requisito obligatorio por parte del gobierno para activar tu credencial del campus y darte acceso total.
Necesitamos los datos impresos de un tutor legal o un contacto de emergencia que sea residente definitivo en el país.
En caso de cualquier accidente o situación médica de urgencia, la universidad debe tener a alguien legalmente responsable a quien notificar de inmediato.
Un balde de agua helada me congeló en el asiento de la oficina. No tenía a nadie en este país. Estaba completamente sola en el extremo sur del mundo.
En ese preciso instante, de manera automática e involuntaria, la imagen de unos intensos ojos color plomo y una sonrisa pícara cruzó por mi mente con fuerza.
"No, no y no", me regañé internamente, sacudiendo la cabeza con furia contenida.
¿Cómo podía pensar en él? No podía pedirle a un hombre misterioso que operaba en los límites de la ilegalidad que firmara como mi tutor responsable ante una institución educativa oficial.
Sería una absoluta locura que pondría en riesgo mi anonimato.
—Qué rabia —murmuré entre dientes en español, ganándome una mirada confusa y extrañada por parte de la secretaria.
—¿Disculpa? —preguntó ella en inglés.
—Oh, nada. Es que... no tengo un familiar directo residiendo en Nueva Zelanda —improvisé rápidamente—. ¿Habría alguna posibilidad de que traiga el formulario firmado mañana por la mañana?
—Por supuesto. Tienes hasta el mediodía de mañana para registrarlo en el sistema; de lo contrario, tu cuenta estudiantil y tu matrícula quedarán suspendidas temporalmente por las estrictas políticas de seguridad del país —advirtió con amabilidad profesional.
Salí de la oficina internacional con el estómago hecho un nudo insoportable.
Tenía menos de veinticuatro horas para resolver el problema antes de que mi sueño se derrumbara.
Mi mente descartó de inmediato al falsificador y busqué una opción mucho más lógica y segura: el dueño de la pequeña casita acogedora que había alquilado.
Parecía un hombre mayor, correcto, tranquilo y respetable.
Tendría que hablar con él esta misma tarde, explicarle con delicadeza que soy una estudiante extranjera sola y rogarle que acepte ser mi contacto de emergencia en este país. No tenía otra opción.
* * *