Capítulo 14 El precio de la desconfianza
—Ah, por favor... ¿Y tú de verdad crees que yo puedo confiar en un hombre al que, con esta vez, solo he visto en tres ocasiones y del que no sé absolutamente nada?
—le espeté, intentando con todas mis fuerzas recuperar el control de la situación y no dejarme intimidar por su presencia—.
Dime cómo voy a confiar en ti, en que no le dirás nada a mis padres y en que no intentarás chantajearme más adelante con alguna de tus ideas raras, ¿eh?
Mientras le hablaba, me crucé de brazos con fuerza bajo mi pecho en un gesto instintivo de defensa.
El movimiento involuntario elevó mi silueta bajo la chaqueta y, de inmediato, la fría mirada de tormenta de él descendió hacia ese lugar con una lentitud deliberada.
Aunque yo no poseía las curvas exuberantes de Adeline, tenía mi propio atractivo, y notar su escrutinio directo hizo que un rubor violento encendiera mis mejillas como una llamarada.
—¡Los ojos los tengo aquí arriba, no ahí abajo! —exclamé en un susurro furioso, acomodándome la chaqueta de golpe para cubrirme, sintiéndome avergonzada pero también molesta conmigo misma por haber reaccionado de forma tan obvia ante su toque visual.
Él soltó una risa baja, un sonido ronco y rítmico que me caló hondo en los sentidos y que incrementó la electricidad en el aire.
—Además, ¿qué sacas tú con todo esto? —le reclamé, clavándole la mirada, obligando a mi mente a concentrarse—. Dime cuál es tu ganancia.
Él me miró con esos ojos grises tan intensos que me hicieron rogar internamente: "¡Por Dios, concéntrate, Alexia!". Me costaba respirar con normalidad cuando me analizaba de esa forma.
—A ver... —dijo él, acortando la distancia entre nosotros al apoyarse con firmeza sobre la mesa de madera.
Mi corazón empezó a latir a un ritmo completamente descontrolado—.
Mis negocios aquí en Nueva Zelanda me tomarán algunas semanas.
Además, tengo que viajar constantemente a este país por temas de mi empresa principal.
Así que lo único que te pido a cambio de mi silencio es que, cada vez que yo venga o que esté en la ciudad, compartamos las comidas juntos.
¿No te parece un trato justo? Así tú tienes un amigo con quien hablar aquí en el fin del mundo y yo me encargo de ponerte al tanto de cada movimiento que intente hacer tu padre en tu contra. ¿Qué te parece la propuesta, cariño?
Lo quedé mirando fija, en absoluto silencio.
De verdad quería negarme con orgullo. Quería gritarle que no, que me dejara en paz en mi burbuja de Lincoln.
¿Quién era yo para acompañar a un hombre que exudaba semejante magnetismo, un aura salvaje que me atraía como un imán pero que mi mente me gritaba que era peligrosa?
No podía arriesgar la libertad que tanto me había costado conseguir.
—Está bien —le dije finalmente, forzando una voz neutra y apartando la vista para evitar el contacto visual directo con él—.
Pero debes saber que algunos días no podré acompañarte.
Tengo clases muy estrictas en la universidad y, además, estoy en busca de un trabajo a tiempo parcial para mantenerme sola.
No sé cómo estará organizado mi tiempo más adelante, así que no creo que vaya a ser una buena compañía para tus cenas.