Capítulo 13 El pacto implícito
El silencio que siguió en la mesa fue sepulcral. El aire juguetón de hacía unos minutos se había evaporado por completo, reemplazado por una densidad que hacía que el ambiente en la cafetería se sintiera helado.
—¿Azotes? —repitió él, y su voz bajó un octavo, sonando peligrosamente ronca, como el rugido sordo de una fiera contenida—. ¿Tu padre te ponía una mano encima por no encajar en sus planes corporativos?
—Te dije que mi casa era una cárcel —las palabras salieron con un hilo de voz.
Aparté la mirada hacia la ventana, sintiéndome profundamente incómoda por haber revelado una verdad tan íntima y dolorosa—.
Por eso necesitaba una nueva identidad con urgencia.
Prefiero terminar en el fin del mundo antes que volver a pisar ese sótano.
Por eso tengo que estudiar, para valerme por mí misma y asegurar que nadie, nunca más, decida por mí.
Sentí su mano cubrir la mía sobre la mesa.
Su tacto no era el de un criminal descuidado; era una palma cálida, firme y extrañamente protectora que me transmitió un anclaje que jamás había experimentado.
Al levantar la vista, me encontré con una intensidad en sus ojos grises que me aceleró el pulso de inmediato, pero esta vez no fue por miedo a él, sino por el peso de sus siguientes palabras.
—Nadie va a llevarte de vuelta a ese lugar, Alexia —dijo, pronunciando mi nuevo nombre con una seriedad absoluta y una firmeza de acero que me estremeció—. Te aseguro que tu padre no te va a encontrar en este país. Y si lo intenta, se va a topar con una pared demasiado alta para sus influencias.
—¿Por qué te importa tanto mi situación? —le pregunté, retirando mi mano lentamente, asustada de lo mucho que me gustaba su cercanía y el calor de su tacto—. Solo eres el hombre que me vendió unos papeles falsos en un almacén. Ni siquiera sé tu verdadero nombre.
Él sonrió de medio lado, recuperando un poco de ese misterio que lo envolvía como una armadura, aunque sus ojos seguían fijos en mí, ignorando el resto del lugar.
—Te dije que pronto sabrás quién soy —murmuró, inclinándose un poco más hacia adelante—.
Digamos que tengo mis propios motivos personales para detestar a los hombres que tratan a las mujeres como trofeos o mercancía de cambio.
Concéntrate en tus estudios, ve a tus clases el lunes y vive tranquila.
Mi negocio aquí me tomará un tiempo, así que nos seguiremos viendo, quieras o no.