Capítulo 12 El peso de las verdades
Iba a abrir la boca para aclararle la situación a la mujer y destruir su pequeña farsa, pero él no me dio el tiempo.
Con un ademán frío y una mirada tajante, despachó a la desconocida, quien se retiró ofendida.
En cuanto nos quedamos solos en la mesa, la frialdad de su rostro se esfumó por completo, reemplazada por esa coquetería que me ponía de los nervios.
—Pero, cariño... —dijo él, apoyando los codos en la mesa con una sonrisa ladeada—. Ahora que se fue, terminemos de servirnos nuestros pedidos. Cuéntame, ¿cómo te ha ido en esta ciudad? ¿Ya te inscribiste en la universidad? Hablemos un rato. Total, el "viejo" no está aquí para vigilarte.
Me quedé estupefacta, apretando los labios. Sabía demasiadas cosas para ser un simple desconocido del bajo mundo. Se acomodó en su silla y continuó, clavando sus ojos de tormenta en mí con una seriedad repentina que congeló el ambiente juguetón de la cafetería.
—Por lo que sé, tus padres aún no se han dado cuenta de tu ausencia en la mansión. Pero... ¿qué pasará cuando se enteren de que desapareciste? ¿Qué pensará tu prometido corporativo? ¿Has pensado seriamente en las consecuencias?
Un nudo doloroso se me formó en el estómago, pero sostuve la mirada con orgullo, negándome a que me viera temblar.
—Sí, lo he pensado —le dije, intentando que mi voz no delatara la adrenalina que corría por mis venas—.
Pero la verdad es que no me interesa lo que piensen o sientan.
Mis padres querían venderme como si fuera un lote de acciones.
La noche que me escabullí, ellos ya estaban sacando números en el comedor y revisando las ganancias millonarias que traería ese maldito matrimonio arreglado.
Apreté los puños sobre la mesa, recordando la frialdad de la jaula de cristal de la que había escapado.
—Ahora que me fui y que no tendrán esas ganancias, lo más probable es que mi padre intente mover cielo y tierra para encontrarme por todos lados.
Si me atrapan y me traen de vuelta, me castigarán encerrándome en el sótano para darme azotes...
o sea, nada nuevo para mí. Me quitarán la oportunidad de estudiar.
Para mi padre, las mujeres que van a la universidad son solo una pérdida de tiempo y dinero.
Confesarlo en voz alta ante un extraño dolió como una herida abierta, pero era mi cruda realidad.
Esperaba ver burla, indiferencia o incomodidad en el rostro de este hombre, pero su expresión cambió drásticamente.
Sus facciones afiladas se endurecieron tanto que parecieron talladas en piedra y sus ojos grises se volvieron tan oscuros como una noche de tormenta.
Los músculos de sus hombros se tensaron visiblemente bajo la ropa y apretó la mandíbula con una furia contenida tan salvaje y letal que me dejó completamente sin aliento.