Atada al destino Capítulo 8 Alas hacia la libertad
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Capítulo 8 Alas hacia la libertad

¿Por qué había pensado inmediatamente en él?

¿Por qué mi mente había dibujado con tanta nitidez el rostro afilado del hombre del despacho?

No tenía ningún sentido lógico. Podría haber sido un mensaje de cualquier otra persona, una broma pesada de algún conocido del instituto.

¿El inversionista de Nueva York? No, era imposible; ese hombre ni siquiera sabía que yo existía como individuo, solo me conocía como un porcentaje en un contrato.

Al final, sacudí la cabeza con fuerza para alejar los fantasmas que amenazaban con paralizarme en medio de la terminal.

No importaba quién demonios hubiera enviado ese texto.

En cuanto crucé el filtro de seguridad, caminé directo al baño más cercano, saqué la tarjeta SIM de mi teléfono móvil y la dejé caer en el fondo del contenedor de basura.

Mi vieja vida se quedaba en ese aeropuerto internacional, sepultada bajo el plástico y el olvido. No le daría más importancia.

El viaje hacia el extremo sur del planeta resultó ser una odisea de proporciones monumentales.

Fue un trayecto larguísimo, físicamente agotador y con una cantidad abrumadora de horas de vuelo acumuladas entre escalas eternas en aeropuertos asiáticos y cambios drásticos de zona horaria.

Sin embargo, a pesar del cansancio que arrastraba en los músculos y de la falta de sueño, me sentía completamente renovada cada vez que el avión despegaba de una nueva pista.

Cada kilómetro que la aeronave avanzaba sobre la inmensidad del océano Pacífico era un eslabón roto de mi cadena.

Mirando las nubes a través de la pequeña ventanilla mientras cruzábamos la línea del ecuador, una sonrisa involuntaria pero cargada de una profunda ironía se dibujó en mis labios.

Mis padres no tenían la menor oportunidad de encontrarme.

Estaba volando hacia el rincón más aislado y pacífico de la Tierra bajo un nombre legal que nadie en mi círculo familiar había escuchado jamás: Alexia.

Me reía en mis adentros al imaginar la reacción de mi padre cuando notara mi ausencia definitiva el día de nuestro cumpleaños número dieciocho.

Pensé en el caos corporativo que se desataría en la mansión Ferrer al darse cuenta de que su peón de negocios más silencioso se había esfumado sin dejar rastro antes de firmar el acuerdo.

Ahora, Borgia Ferrer tendría que hacerse cargo de las consecuencias, dar la cara ante un inversionista poderoso de veintiocho años y explicarle con humillación que su prometida sumisa se había rebelado contra el imperio.

Mis padres se habían pasado la vida recordándome que yo era invisible, exigiéndome que imitara el brillo artificial de Adeline y relegándome a la oscuridad de sus decisiones.

No querían que fuera una sombra, pero ahora, irónicamente, me había convertido en una.

Una sombra inalcanzable, libre, que se desvanecía en el aire del Pacífico y que era completamente dueña de su propio destino.

* * *